"Que al milagro lo cambien / y se haga verdad"


El jueves 30 de diciembre, al atardecer, salí a caminar por mi barrio, el Once. Recorrí Corrientes y Pueyrredón hasta Rivadavia, mezclado con una multitud de argentinos pobrísimos, agobiados por un calor que no podían mitigar en ningún shopping o confitería con aire acondicionado. Pobres vendiéndoles a pobres, centenares de vendedores ofreciendo chucherías por pocas monedas. Escuché a una vendedora decir que la gente mira con lupa y lo piensa diez veces antes de comprar una remerita de cinco pesos. La pérdida del poder de compra se corresponde con el desmejoramiento de los negocios, con el poco valor de los artículos que están en venta. Atravesé la plaza, poblada de “ministros de la fe” que le hablaban a la nada, y de prostitutas –jóvenes y viejas– arruinadas por la vida y el hastío. En La Rioja y Rivadavia me senté a comer dos porciones de pizza (75 centavos las dos). El calor era insoportable, pero la marea humana me hacía pensar en otras cosas.


 


De repente veo atravesar la pizzería a dos chicas muy jóvenes agitando una bandera roja. Lamenté no haber podido leer lo que tenía escrito. Qué raro, piqueteros este día, pensé. Al ratito, cruza Rivadavia un joven con una bandera argentina atada a una caña. De nuevo, lamenté no poder leer unas letras negras que la atravesaban. ¿Qué pasaba? No lo pude descifrar.


 


Decidí volver a mi casa, pero cuando me dirigía a Anchorena, que es por donde siempre vuelvo, no sé por qué decidí doblar en la anterior, Jean Jaurés (¿sabrá alguien, hoy, que fue el más grande orador del socialismo francés?). Cuando estuve a metros de Bartolomé Mitre, encontré la respuesta a mi intriga: alrededor de doscientas chicas y chicos estaban haciendo una cola frente a un galpón. Allí estaban las banderas, decenas de banderas: Callejeros, la banda de Villa Celina y Lugano. Me quedé un largo rato mirando a esos chicos. Un rasgo distintivo era su enorme pobreza, el otro su alegría, su ansiedad por ir a compartir un ritual de su tribu. Una alegría que no logran apagar ni la marginación ni la humillación que viven cada día de sus vidas. Aún no habían abierto las puertas; ellos serían los primeros, estarían a pasos del escenario y de los músicos que cantan lo mismo que ellos piensan y sienten.


 


Iban a cantar a coro con sus Callejeros: “No olvidar, siempre resistir. / Que la idea sea el sol, que al milagro lo cambien / y se haga verdad. / No empezar a dejar de pensar, / que a las masas pensando / no las vencerán jamás... jamás”.


 


Me dormí temprano. A la mañana miro estupefacto las imágenes de la televisión. Esas chicas y esos chicos, ellos, los primeros en entrar, los más fanáticos, los más entusiastas, podrían estar todas muertas y todos muertos.


 


Llorar no sirve de nada. Sólo la lucha los vengará. ¿Chabán? Sí, Chabán es un gran culpable, sin la menor duda. Pero hay cientos y miles de Chabanes en nuestro país. Los auténticos culpables son los que posibilitan que esos mercaderes de la muerte puedan asesinar a mansalva. Ibarra debe renunciar ya. Pero Ibarra es un peón recambiable del capitalismo asesino. Tenemos que echarlos a todos. Que se vayan todos. Socialismo o barbarie.