23/03/1993 | 385

Salud y medicina, hoy

La crisis de la salud en la Argentina no tiene precedentes. Es evidente que no son sus causas la aparición de nuevos virus, como el SIDA, sino la existencia de orígenes perfectamente previsibles y controlables: cólera, intoxicaciones masivas, malnutrición, falta de agua corriente y cloacas, aumento de la mortalidad infantil, diarreas estivales, tuberculosis, enfermedades mentales.


Pero se necesita una política de salud, una real preocupación por el pueblo para corregir esto. Y decimos una política y no otra política, pues este gobierno hasta ahora no demostró ninguna política, coherente o no, en el plano sanitario. Sin embargo, la falta de una política, también lo es, es decir, se corresponde con la política global toda de este gobierno, profundamente economicista y reaccionaria, contraria a todo progreso en el estado de salud, cultural o educacional de las masas.


Dos preguntas surgen: ¿Por qué todo esto? ¿A quién beneficia este estado de cosas?


No es muy explicable cómo ocurre esta situación en un país donde se gastan unos 7.000 millones de dólares en salud. La explicación está en que esa suma no llega a ser utilizada en una eficaz prestación sanitaria, y que se diluye, o dilapida, o desvía a otras manos o fines antes de su correcto empleo.


Un elemento esencial en el mantenimiento de la salud es el buen funcionamiento hospitalario y el control de medicamentos y alimentos. Ninguno de esos tres aspectos cumple su función hoy. La verdadera destrucción del tradicional sistema sanitario, ya insinuada anteriormente, alcanza hoy dimensiones de desastre.


Y esto ocurre no sólo en salud o educación: siderurgia, ferrocarriles, aerolíneas, son otros ejemplos de sectores vaciados, destinados a ser reemplazados por las privatizaciones de turno.


El decreto desregulador de obras sociales, tiende a mostrar a quiénes beneficiará esto: los sistemas de prepago privados, futuros herederos del vaciamiento hospitalario, serán los que reciban una cuota mayor o menor de aquellos 7.000 millones. Y ¿cómo será esta medicina del futuro? ¿Será altamente calificada, tecnológicamente mejor y más accesible, garantizará un mejor acceso a la salud?


Creo que no. Por el contrario, puede resultar peligrosa. En efecto, la tendencia actual de la enseñanza no es a calificar especialistas en mayor número para ponerlos al alcance del público y a menor costo, aumentando la oferta. NO. Actualmente se desarrolla una educación médica que pretende médicos “básicos” con mayores conocimientos en una cantidad mayor de materias o especialidades: pediatría, partos, traumatología, cardiología, cirugía, etc., con el fin de que ellos “resuelvan” un mayor número de consultas en las visitas de los enfermos, y que no se deba derivar a los especialistas, como ocurre hoy, pues con ello se abaratarían costos, pues la consulta del especialista es más cara, que la del generalista o no especialista. El peligro es obvio: no se enseña más de cada especialidad para indicar con más frecuencia, la consulta especializada, sino, para lo contrario, para desalentar dicha consulta y hacer sentir al joven médico su “capacidad” en resolver el mayor número de casos.


Normalmente debería ser al revés: cuanto yo más sepa de algún tema, me permitiría detectarlo más precozmente, o con menos síntomas, en mejores condiciones del paciente, y cuanto antes lo pondré en manos de quien con mayor responsabilidad y seguridad pueda resolver el problema. Es inimaginable, que un joven médico, por más preparado que esté en sus clases, pueda operar abdómenes (y no apéndices, pues, cuántos de estos diagnósticos resultan otra cosa, sobre la marcha), con toda la complejidad que ello comporta. Para ser más claro: no puede prepararse a un médico a resolver esguinces “simples” de rodilla o tobillo o muñeca, o a operar apéndices o hernias “simples”, “sencillas” o “evidentes”, o a tratar partos “normales”, pues nadie garantiza el hecho que, lo “simple” o “sencillo” esconde otra cosa, por ejemplo un tumor, o una variación en la forma anatómica, que puede terminar en catástrofe, si no la trata el idóneo, el especialista.


Estoy de acuerdo no con enseñar más, sino mejor, estoy de acuerdo con que el alumno aprenda, y enseñe al público, los avances portentosos de la medicina de hoy, pero no acuerdo con esta peligrosa mezcla de “pseudo modernismo”, con el mayor desprecio por la experiencia de lo ya adquirido.


Modernicemos nuestros hospitales, nuestra enseñanza, mejoremos las redes de derivación y la comunicación y el transporte de pacientes, evitemos demoras en realizar estudios y gestos salvadores, pero no improvisemos con médicos neófitos, aprovechando de la crisis imperante, para imponer modelos masivos de atención médica, que sólo representan un salto atrás en el avance y un peligro para la salud de la población. Y aún otros peligros se ciernen, esta vez sobre el propio médico:


– Por un lado, la posibilidad de hacer una “mala praxis”, o sea una práctica errónea, pues está demostrado que más errores se cometen por hacer, por acción equivocada, que por omisión, por no hacer. Y siempre queda el recurso, que alguien resuelva el caso sobre la marcha.


– Por otro lado, el descorazonamiento, la desilusión, la pérdida de interés. Nada hay que congele el entusiasmo que el mal resultado por propia negligencia. Sólo el triunfo luego del esfuerzo laborioso y preparatorio, alienta a continuar el esfuerzo.


Después de todo el trabajo realizado en pos de un título profesional, que derroche, que despilfarro, resultaría que el mismo se malogre por una acción imprudente y aventurada.


Si se sigue con esta política de “ahorro” en consultas de especialistas, más caros, más costosos resultarán luego los resultados. Si no, ¡¿Cómo podemos calificar ya, lo que en vidas humanas (y costos judiciales), resultará de haber “ahorrado” en técnicos e inspectores que controlaban vinos y propóleos tóxicos antes de la catástrofe?!


 


Marzo de 1993

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