Al compañero Jorge Altamira


Acompaño frecuentemente las publicaciones del Partido Obrero y tengo una profunda admiración por el método adoptado por el Partido al analizar la situación argentina y mundial, así como también la actuación desarrollada en la práctica revolucionaria.


Sin embargo, en el artículo «Fusilamientos en Cuba», publicado en la última edición de Prensa Obrera (N° 747, 17/4), el escritor portugués fue descripto como «escritor stalinista»; la forma en que fue construida la frase, en la argumentación, atribuía la posición política de Saramago a la misma del escritor y artista Saramago – pues la adjetivación de stalinista asume implícitamente la forma de «tendencia» literaria del escritor, una especie de «realista socialista» semejante a la línea burocrática, empírica y mecanicista de la ex URSS u orientada dentro de los Pc en todo el mundo a lo largo del siglo XX, donde el proletariado sólo podría cultivar un arte generado en su medio social.


Creo que la crítica fue dirigida a la posición política de Saramago, pero a primera vista, al caracterizar al escritor como stalinista, ello alcanza a la obra artística, que está, indudablementa, disociada de cualquier tendencia estatista o burocrática; por el contrario, su célebre libro Todos los nombres es un manifiesto declarado contra la burocracia estatal que transforma al ser humano en máquina pasiva de opresión del Estado – siendo un gran marco, tanto estético como filosófico, con la metáfora narrativa de un hombre solitario sin nombre, sin bienes materiales y afectivos, con una dignidad inalienable: se ven ahí inquietudes humanas en oposición a la actual situación mundial – .


Sin embargo, la expectativa que Saramago asumió frente al régimen estatista y burocrático cubano es absolutamente ilusoria y limitada, y contradice su obra artística, así como los puntos de vista favorables, asumidos con el gobierno Lula aquí en Brasil – pues ignora el significado real del Frente Popular del PT como una «última carta en la manga de la burguesía nacional» frente a la crisis actual – , pero ésa es una limitación política de Saramago y no del escritor Saramago. Al atribuir un carácter stalinista al escritor, el compromiso de la obra artística y literaria es inevitable; obra que, al contrario del mecanicismo stalinista, es altamente compleja porque emana el significado real del individualismo y de la alienación en el sistema capitalista expresados en Ensayo sobre la ceguera y El hombre duplicado.


Un ejemplo histórico de las contradicciones entre la posición artística y la política de un mismo autor es el verificado brillantemente por Rosa Luxemburgo al reflexionar sobre el significado de la obra de Dostoievsky. El escritor ruso muchas veces hacía caricaturas groseras de los socialistas de su tiempo, pero su obra toma esas posiciones inexpresivas frente al terrible drama humano contenido en Crimen y Castigo, Los Hermanos Karamazov y Memoria de la casa de los muertos, pues lo que importa es la fuente de su arte y de su inspiración; ahí está la capacidad revolucionaria del arte: la irreprimible libertad interpretativa, cuando sale de las manos del autor, que puede aniquilar su fin consciente muchas veces, dialécticamente, contradiciéndolo.


Antes de negar una obra de arte, sea ella «burguesa» o stalinista, se debe buscar lo positivo a partir de lo que, a primera vista, se presenta como negativo – ése es un punto fundamental para verificar que el arte supera, incluso, su medio social de origen y puede ser apropiado (en momentos históricos distintos) por manos absolutamente aviesas y opuestas a su autor original – . Así, la metáfora de los «ciegos que ven» en medio de un mundo caótico, como aparece en el libro Ensayo sobre la ceguera, es altamente ilustrativa, porque los sionistas israelíes – ante la posición de Saramago frente a la masacre de Jenin (2002), al compararla con las ocurridas en Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial – atribuyeron al autor, y no a sí mismos, una «ceguera incurable».


Así, compañero Altamira, admito que sobrepasé lo que pretendía resaltar al iniciar este pequeño texto: el problema de atribuir a Saramago la adjetivación de «escritor stalinista» distorsionando su obra artística. Pero, como mis posiciones ante el mundo actual son convicciones, sentí un ímpetu irreprimible de resaltar también que, al contrario de lo que vende la burguesía en sus vitrinas alienantes y fetichizantes, el arte no es una perfumería del sector cultural encerrada en sí misma, sino uno de los medios más complejos y legítimos de despertar a los «ciegos que ven» (como está en el libro de Saramago) para una salida concreta y real del caos y de la barbarie actual.


Saludos,


 


Abril de 2003