23/04/1998 | 582

Sobre Bertolt Brecht

Me parece excelente el artículo de Hernán Díaz («Cien años de B. Brecht»), por reivindicar a artistas intelectuales que pretendieron —con suerte diversa— entroncar el desarrollo de sus áreas artísticas e intelectuales con el marxismo y la revolución.


Con respecto a la polémica Brecht-Lukacks, es indudable que el segundo con su teoría (o mejor dicho, «teorización») del «realismo socialista» (stalinista) era el defensor de la fisonomía del «héroe» que tanto la burguesía como los stalinistas defendían, con matices diversos y que trasuntaba los límites de la concepción artística, para convertirse en un arma política: el «héroe» no se equivocaba, las contradicciones de la sociedad no se reflejan en su persona, y la conciencia es una y «monolítica» (¡!) … algo muy parecido al funcionario ciego obediente e ignorante, que el stalinismo presentó como el paradigmático»cuadro».


Sin embargo, aunque Hernán Díaz se limita a reproducir las premisas de la teoría del «entrañamiento», ésta merece un comentario aparte.


Pues en verdad, y esto ha ocupado un interesante debate en las páginas de En Defensa del Marxismo, el arte tiene un componente de ‘ilusión’, y no la representación objetiva de la realidad.


Cuando Brecht crítica (¿o si lo hace Hernán Díaz?) la ‘ilusión’ artística, critica otra cosa que es el factor más reaccionario del arte, como producto de las culturas clasistas.


Consiste en que el espectador se ‘despeja’ de sus problemas y canaliza —en el artista o su obra— la satisfacción —ficticia— de sus necesidades. Pero eso no es producto de la ‘ilusión’ que genera la obra, sino del contenido que a esta ‘ilusión’ se le imprime.


La expresión ‘desnuda’ de las contradicciones sociales corresponde a la lucha política, si bien el arte las refleja —subjetivamente, es decir de acuerdo a la ideología— y a la capacidad del artista de consustanciarse tanto conciente como subconcientemente con su ideología.


Aquí el interés para el movimiento revolucionario de la existencia y proliferación de un arte revolucionario.


¡Que no es la cultura socialista!, como lo señalaba Trotsky en Literatura y Revolución, la ‘cultura proletaria’ es una contradicción desde la base: la dictadura proletaria es un régimen estatal que tiende a desaparecer junto a «su» Estado, tiende a su autoextinción, es transitorio entre capitalismo y socialismo y no puede —por larga que sea esta transición— generar una base cultural propia. Tiene este régimen, la función de dotar al proletariado de los aspectos más ricos de la cultura burguesa, y servir de instrumento para la supresión de clases.


La cultura socialista (o simplemente ‘cultura’) será la resultante de la vigencia de dicha supresión, tarea aún por delante.


Pero esto no mengua, más bien realza, el interés que tiene la creación artística revolucionaria, porque para que el proletariado pueda tomar el poder, su vanguardia debe tener un partido, un programa para todos los aspectos de la vida, entre ellos el arte; escuela para la vanguardia revolucionaria, luego para las masas en general de una concepción integralmente revolucionaria del mundo.


Cuando los charlatanes denostaban a Owen, Fourier (los «utopistas»), por sus elucubraciones reformistas, Marx y Engels los defendieron, criticándolos: eran progresivos porque se dispusieron a criticar y a reformar los males que los oprimidos sufrían en el naciente capitalismo; y eran utopistas porque no tenían una visión científica de la estructura social que criticaban. Los que atacaban a los «utopistas», criticaban en realidad su vena revolucionaria.


Esta analogía es plenamente aplicable al arte. Por radicales que sean las visiones del artista, dista mucho aún del «arte socialista» (¿o simplemente arte?). Pero aquél verá como su predecesor al arte de vanguardia actual.


Por otra parte, esta es una necesidad política: no puede negarse que el «arte» pasatista, efectista, y deliberadamente estúpido y estupidizante que nos brindan a baldes, tiene una finalidad (individualismo, insensibilidad, evasión de los problemas, cinismo, etc.). La burguesía no domina a las masas solo por el discurso político clásico, sino por la penetración política que logra en todos los poros de la vida social, entre ellos el arte, ante el cual la izquierda no tiene en general política.


Por eso es una falacia caracterizar la actuación de Brecht o W. Reich como «subterfugios para evitar la discusión de la contrarrevolución stalinista». En particular, este último, desarrolló en su obra «La revolución sexual», cómo en la URSS, la liberación familiar y sexual de 1918 se replegaba, convirtiéndose aún en abierta reacción, parejamente al avance del stalinismo.


Es una falacia caracterizarlo de subterfugio, porque abarcaban aspectos distintos —si bien ligados— de la lucha política.


Porque el comunismo (hablamos de un partido comunista revolucionario) tenía efectivamente esos ‘vacíos culturales’, que al margen de su política, también los separaba de las masas, y que —más que completar— había sencillamente que fundar ese movimiento cultural. En ese sentido, y para no abusar de las páginas de Prensa Obrera, creo que Hernán se equivoca gruesamente.

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