28/07/1993 | 397

Sobre el VIII Encuentro Nacional de Mujeres (II)

Quiero comenzar agradeciendo a la compañera Lucía su carta sobre el VIII Congreso, ya que nos da la posibilidad de abrir una discusión muchas veces poster­gada, soslayada y hasta desestimada. Más allá de quienes organicen estos en­cuentros, que 6.000 mujeres de todo el país se convoquen en torno a sus genuinas reivindicaciones, y que existan (aun con resistencias) debates ideológicos, revela un movimiento potente con posibi­lidades de desarrollarse y profundizarse. En el convencimiento de la necesidad de abrir la discusión en el seno del partido y también de elaborar una línea de inter­vención en estos encuentros, me permito exponer mis hasta ahora solitarios puntos de vista.


Que el sistema capitalista no explota ni oprime de forma idéntica a hombres y mujeres de la clase obrera, es ya una verdad indiscutible.


Que la lucha por nuestros derechos la tenemos que tomar en nuestras manos, una necesidad impostergable.


Pero… el tener el mismo sexo… ¿nos unifica?


Yo creo que no. En el gremio docente, por ejemplo, nuestro enemigo N° 1 es una mujer, Mary Sánchez. Es una burócrata que sostiene el sistema, por lo tanto una enemiga de clase, lo mismo que Irma Roy, la diputada justicialista que dice de­fender desde su banca a las mujeres, y la Liga de Amas de Casa, que aplaude a Menem y aconseja comprar comestibles al más bajo precio.


La condición de ser mujeres para de­fender nuestros derechos no parece ser suficiente. Baste como muestra un botón: durante el mandato de Susana Farías de Castro, una docente suplente embaraza­da no sólo no podía acceder a su licencia por maternidad, sino que quedaba cesan­te. La burocracia de Mary Sánchez no dio respuesta a esto ni a ningún reclamo docente, porque responde a una política contraria a nuestros intereses.


Es irreal, entonces, preservar una igual­dad que no existe. Porque, por encima del sexo, existe la lucha de clases, allí sí hay algo que nos unifica, la condición de mu­jeres superexplotadas. Porque nada nos une a Amalita Fortabat, Irma Roy. María Julia y Mary Sánchez, sostenedoras de este sistema. En cambio hay muchas cosas que nos unen a las que sufrimos los ataques del gobierno patronal:


¿O no son nuestros hijos los que concurren a escuelas públicas derrui­das?


¿O no somos nosotras las que lleva­mos el dinero al hogar frente a la desocu­pación a la que este gobierno condena a nuestros compañeros?


¿O no son nuestras compañeras las que arriesgan sus vidas al someterse a abortos en las peores condiciones, gra­cias a una iglesia sostenedora de este gobierno que dice defender la vida?


¿O no son nuestros hijos los que están apareciendo en cualquier barrio con un tiro en la cabeza, víctimas de una policía de gatillo fácil, asesina e impune?


¿O no son nuestras queridas compa­ñeras jubiladas las que, después de toda una vida de trabajo, víctimas de una miseria desesperante, no ven otra salida que el suicidio?


¿O no somos nosotras, las que luchamos, o nuestros hijos que luchan, las víctimas del espionaje político?


¿O no son nuestras compañeras las que lo han perdido todo bajo las aguas, no una sino varias veces, víctimas de las inundaciones que este gobierno no quie­re frenar?


Entonces… ¿cómo evitar hablar del sistema que nos conduce a esta vida? No seamos ingenuas. Detrás de una pretendida autonomía, una aparente autoconvocatoria, se esconde un mezqui­no interés: quieren usar nuestras poster­gaciones, nuestro hambre de debate, nuestra necesidad de análisis sobre nues­tros derechos, para entretenernos evi­tando así el Debate Imprescindible: el tema del poder. Porque allí se van a dividir las aguas. Porque caben sólo dos posiciones: sostener este sistema o com­batirlo.


Y se lo combate concurriendo organi­zadamente a todas las marchas por rei­vindicaciones salariales de todo el país, porque son nuestras reivindicaciones.


Y se lo combate pronunciándose contra la reforma laboral, contra la refor­ma previsional, contra la ley de educa­ción, contra el espionaje ideológico.


Y se lo combate concurriendo organi­zadamente a todas las marchas por los esclarecimientos de los asesinatos de nuestros chicos, por el juicio y castigo, contra la impunidad.


Y se lo combate exigiendo a cada uno de nuestros sindicatos medidas de luchas concretas, y denunciando el papel traidor de las burocracias.


La lucha por el derecho al aborto, la igualdad de los derechos laborales, ex­tensión de la licencia por maternidad, guarderías gratuitas y tantos otros recla­mos deben darse en este contexto y de manera concreta.


Pero llevar este debate a los encuen­tros es necesario pero no es suficiente. Lo que se vuelve imprescindible es cons­truir un partido de la clase obrera que luche de conjunto por el poder. Y cons­truir este partido es necesario pero no es aún suficiente. Para que se discuta nues­tra problemática y se defina una política para nuestro sector tenemos que luchar por ocupar nuestro lugar. Porque aun cuando la dase obrera ocupe su lugar, el lugar del poder, tampoco va a ser suficiente.


Ese será sólo el comienzo.


Lo demás es tarea nuestra.


A organizarse, compañeras.

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