A 80 años de la Semana Trágica de enero de 1919

El mundo se encuentra en 1919 sumido en la crisis de posgurra. Media Europa capitalista se derrumba, mientras se levantan las masas obreras instaurando el primer gobierno socialista perdurable. En la Argentina se sienten los efectos de la crisis: han caído las exportaciones y el nivel de inversión no se recupera. La carestía y la desocupación golpean los hogares de la clase trabajadora.


El movimiento obrero estaba dividido en dos grandes centrales sindicales: la FORA sindicalista, mayoritaria, y la FORA anarquista.


Desde la asunción de Yrigoyen a la presidencia en 1916 se producen dos fenómenos: por un lado, una explosión de la sindicalización. La FORA sindicalista pasa de 20.000 afiliados en 1915 a 500.000 en 1919. Por otro lado, un crecimiento enorme de la conflictividad obrera, donde los distintos sindicatos presentan sus reclamos largamente postergados al nuevo gobierno ‘democrático’.


Yrigoyen tiene, frente a la clase obrera, una actitud oscilante. Frente a algunos conflictos actúa como mediador entre los trabajadores y los patrones, en otras situaciones envía a la policía a reprimir. La FORA sindicalista establece un entendimiento directo con el Estado, adoptando una política contraria a la generalización de cualquier conflicto.


La tendencia a la huelga


A fines de 1918, la ciudad hierve de conflictos. Marítimos, tranviarios, petroleros de Patagonia, frigoríficos, ferroviarios, obreros municipales, hasta la policía de Rosario hace huelga por salarios. A eso se suman las manifestaciones en favor de la Revolución Rusa. Durante todo diciembre ha ido creciendo la huelga de los obreros de la fábrica metalúrgica Vasena, cuya patronal se distingue por la negativa a tratar con el sindicato de los trabajadores, adherido a la FORA anarquista. La clase obrera se siente con confianza. El gobierno oscila entre la represión y la conciliación obligatoria. La derecha conspira, pero en la oscuridad, y está dispuesta a dar el zarpazo si Yrigoyen no responde a sus deseos.


En medio de esta situación, el 7 de enero del nuevo año, los rompehuelgas que la patronal de Vasena lleva a su fábrica se enfrentan a tiros con un piquete de trabajadores. La policía, desde una fábrica aledaña (provocación preparada), también descarga su salvajismo sobre los huelguistas, produciendo 4 muertos y 40 heridos


La indignación cunde en las filas obreras de Buenos Aires. La FORA anarquista llama ese mismo día a la huelga general en repudio a la matanza. El miércoles 8 de enero se pliegan varios sindicatos y los marítimos han comenzado un día antes su propia lucha. El clima de la ciudad ya empieza a evidenciar la tendencia a la huelga general. Los piquetes recorren calles y talleres reclamando la adhesión al paro.


El jueves 9 por la tarde se realiza el entierro de las víctimas en una procesión que cruza la ciudad de Buenos Aires totalmente paralizada. Se producen escaramuzas y tumultos alrededor de la fábrica Vasena. A partir de las 13 horas, decenas de miles de personas acompañan los féretros de los caídos el martes 7 en Vasena. La precede un automóvil con los miembros de la FORA sindicalista y 150 guardias armados para defenderse de los ataques policiales. Los tiroteos alrededor de la columna se suceden en todo el trayecto, pero es en la Chacarita, mientras los oradores se dirigen a la multitud, que se descarga el ataque más sangriento y cobarde: parapetados tras los muros del cementerio, policías y bomberos empiezan a disparar sobre la muchedumbre, provocando una desbandada general y una cantidad de muertos y heridos difícil de precisar.


Esa noche del jueves 9 se reúne la FORA sindicalista y decide convocar ya formalmente a la huelga general, aunque en realidad ésta ya estaba en curso desde esa mañana. El Partido Socialista adhiere a la huelga, pero publica un editorial en La Vanguardia reclamando “prudencia y sensatez” a la clase obrera y se pronuncia en contra de cualquier intento revolucionario. Los anarquistas, por el contrario, celebran que “el pueblo está para la revolución” y convocan a la extensión de la huelga, incluso nacionalmente.


Efectivamente la huelga se extiende, siendo su punto máximo entre el viernes 10 y el lunes 13. Se pliegan casi la totalidad de los gremios e incluso el interior del país. La indignación popular es tan grande como el afán de luchar por las propias reivindicaciones. Cada gremio presenta su pliego particular a las centrales sindicales, para que sea conquistado en la lucha.


Yrigoyen nombra a un nuevo jefe de policía (Elpidio González, radical) y decide la militarización de la ciudad. El general Dellepiane trae sus tropas de Campo de Mayo y le impone a Yrigoyen ser nombrado “jefe militar” de la represión, instalándose en el cuartel central de policía. El radicalismo promueve manifestaciones pro-yrigoyenistas y el gobierno en su conjunto permite que los conservadores se organicen en bandas armadas paramilitares, que recorrerán la ciudad persiguiendo huelguistas y, ya que está, judíos. Se combina en este acto el antisemitismo visceral de la oligarquía católica y la identificación de los ‘rusos’ con los comités de apoyo a la revolución soviética, donde efectivamente se destacaban los obreros judío-rusos.


En la ciudad de Buenos Aires reinará el estado de sitio sin que haya sido decretado, y es por eso que su discusión en el parlamento se demora. ¿Qué podría agregar el estado de sitio a la serie ininterrumpida de agresiones, detenciones y razzias que se están produciendo? El amparo legal no es algo que esté preocupando en estos momentos a los legisladores: prefieren actuar “legalmente” cuando ya la ciudad está “pacificada” por la vía de los hechos.


La situación represiva implica un cierto cambio en la actitud de Yrigoyen, que a través de la FORA sindicalista había querido ofrecer una imagen de conciliador entre el capital y el trabajo. Pero toda veleidad democrática se termina cuando el proletariado se insubordina, y entonces la clase dirigente promueve la represión, legal o ilegal, para terminar con las protestas. La oposición conservadora, apoyada por el capital inglés, planteaba hasta 1919 que el gobierno radical tenía “mano blanda” con los obreros, pero con la semana trágica Yrigoyen va a demostrar que es capaz de combinar negociación con “mano dura”.


La huelga retrocede


La huelga tiene una enorme fuerza, pero la dirección de la FORA sindicalista busca desesperadamente una forma de levantarla. Mientras los anarquistas de la FORA anarquista recorren las calles para garantizar el paro y sumar nuevas voluntades, los de la central mayoritaria recorren los pasillos ministeriales tratando de forzar a un acuerdo a la patronal de Vasena. Finalmente, logran entrevistarse el 11 con el propio Yrigoyen, reclamando la libertad de todos los detenidos y el pliego de Vasena y los marítimos. Yrigoyen fuerza a Vasena esa misma tarde a aceptar el acuerdo con sus obreros, si bien después de la huelga van a renegar de algunos puntos. El gobierno se compromete a liberar a los detenidos por la huelga cuando ésta finalice. En cuanto a otros presos políticos anteriores, el trámite se dilatará. Con respecto a los marítimos, la situación queda inconclusa.


La FORA sindicalista considera que la huelga ha triunfado: se ha forzado a la patronal de Vasena a un acuerdo. Esa misma noche (sábado) decide el levantamiento de la huelga general. Sin embargo, no todos los sindicatos comparten el análisis de los sindicalistas.


Acatan las decisiones de la FORA sindicalista los sindicatos más ligados a esta central: gráficos, ebanistas, canillitas, empleados del Estado. Sin embargo, la huelga continúa firme el lunes 13, cuando debía retomarse el trabajo. Aun cuando muchas direcciones acatan la resolución de la central, las bases consideran que aún no se ha ganado nada y todos siguen en el paro por sus propias reivindicaciones. Además, el hecho de que los principales sindicatos sigan en huelga (marítimos, ferroviarios, transportes y todos los anarquistas) hace materialmente imposible el acceso de los obreros a sus lugares de trabajo.


Pero varios factores hacen su tarea antiobrera. Primeramente, la represión de la policía, el ejército y las bandas armadas, que siembran el temor en las filas proletarias. Además, la influencia que ejerce la dirección de la FORA sindicalista y el Partido Socialista, quienes a partir de ese momento sólo se dedican a actuar de bomberos ante el incendio general. Entre el lunes y el martes, la casi totalidad de los dirigentes anarquistas están presos. Poco a poco se van retomando las tareas en todo el país, lo que lleva a que también la FORA anarquista levante la huelga el martes por la noche, después de la detención de la redacción de La Protesta.


Recién el 15 levantan la huelga los ferroviarios y los marítimos seguirán con su lucha particular que se va a extender aún varios meses.


Un balance


La gran huelga de la semana trágica no fue, sin embargo, una derrota violenta para el conjunto de la clase obrera, como lo fue la derrota de las huelgas de 1910. Si bien la represión cumplió un papel en el levantamiento del paro, el factor definitorio le cupo a la acción sindicalista de la FORA, que apenas comenzada la huelga buscó el pretexto para poder levantarla. Que la clase obrera no la vivió como una derrota se observa en que durante 1919 siguen los conflictos laborales y en que continúa la afiliación sindical en número ascendente.


Lo que es derrotado en la semana trágica es una forma de lucha que había caracterizado a la clase obrera argentina desde comienzos de siglo y es la tendencia insurreccional que encabezaban los anarquistas. La Semana Trágica aparece como el último coletazo de las tendencias a la huelga general que se viven en la primera década del siglo. Pero la combatividad que los anarquistas aplicaban en la consigna de huelga general, carecía totalmente de política, de perspectivas, de estructuración. En la Semana Trágica de 1919 no hubo consignas de poder, no se llamó a marchas contra el poder político, no hubo consignas unificadoras para el conjunto del movimiento obrero. Es decir que los anarquistas, a pesar de su gran combatividad, no constituían la cabeza pensante o la dirección del movimiento, eran sólo su motor. Lograda la huelga general, ya no sabían qué más hacer.


En la Semana Trágica se empieza a consolidar el sindicalismo reformista, que prefiere la negociación a la huelga, que evita siempre la generalización de los conflictos, que no concuerda con los paros en solidaridad con un conflicto determinado. El llamado “sindicalismo revolucionario”, nacido en 1906 con una verborragia izquierdista, se ha convertido en 1919 en la expresión política de la burocratización de los sindicatos, basándose en los gremios más privilegiados y, dentro de éstos, en la capa más aristocrática de la clase obrera. El anarquismo, que recibió un golpe serio con la derrota del Centenario, recibe ahora un golpe mortal y desde la Semana Trágica irá desapareciendo como dirección obrera.


La clase obrera argentina, a 80 años de esos sucesos, debe recuperar esa época de independencia obrera y sobre todo la tendencia a insurreccionarse contra el poder político y económico. Pero superando la grave falencia que tuvo la dirección anarquista: dotándose de un partido de todo el proletariado, que centralice y generalice las luchas, que las dote de un programa y de un objetivo político concreto: la toma del poder y un gobierno de trabajadores.