02/05/2002 | 752

«Pan y Rosas», de Ken Loach

Por Diego

En esta película, como en todas las que realizó, Loach trabaja con actores no profesionales, protagonistas reales del medio que quiere retratar. En esta oportunidad, se trata de trabajadores de maestranza de unos grandes edificios en Los Angeles. La mayoría de ellos, al carecer de los documentos legales, se ven sometidos a un régimen de superexplotación, a la prepotencia patronal y del capataz lacayo, a la falta de obra social y la amenaza de despidos si osaran sindicalizarse. En este marco, la irrupción de un joven sindicalista combativo (de extracción estudiantil) será decisiva.


Uniéndose a los trabajadores de otros edificios y tomando las experiencias de lucha en sus respectivos países en la convulsionada Latinoamérica, iniciarán un proceso de lucha que se enmarcará, principalmente, en el método de los escraches. Resulta curioso para el espectador argentino darse cuenta de que los métodos de lucha se esparcen de manera internacional y que nuestra clase los usa indistintamente del país en que se encuentre.


Loach da cuenta de las vacilaciones propias de cualquier lucha y de los carnereajes de la burocracia sindical, de su oposición a llevar adelante un combate hasta el final. Finalmente, el endurecimiento de la acción directa, la movilización y la ocupación del edificio serán determinantes en el proceso. Llama la atención que no se nombre en ningún momento la palabra «huelga», ni se la vea como acción y esta es la crítica política necesaria. El sindicalista confía en que llamar la atención sobre los medios de comunicación será suficiente para triunfar. Pero, de una manera u otra, no se podrá evitar el uso de la acción directa.


Es recomendable ver esta película. Los trabajadores podremos sentirnos parte de la acción de estos laburantes en Estados Unidos, y desde el punto de vista de nuestra clase, intervenir desde un papel de espectadores activos. Para esto podremos usar la experiencia de nuestra clase en los conflictos que se desarrollan en el país.


La película tiene elevados picos de emoción. Es que asistimos a la concientización de un grupo de obreros. Desde las quejas que reproducen a baja voz debido a la invisibilidad a las que los someten las patronales hasta, ya visibles mediante la acción directa, a darse cuenta de que la lucha no debe limitarse al pan, que los trabajadores merecemos rosas también en este mundo y que la lucha debe apuntar a ello y no a la mera subsistencia. No es una película de final feliz: no hemos alcanzado todavía un estadio de laboriosidad y rosas, faltan algunas batallas para alcanzar el socialismo. Pero podremos salir convencidos de que es necesario alcanzarlo a nivel internacional.

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