“Tierra y libertad”

La verdad abriéndose paso a través de una nueva estética

“La verdad siempre es revolucionaria”, dice un viejo axioma. Pero nunca la verdad pareció tan revolucionaria como con la exhibición de la película ‘Tierra y Libertad’, de Ken Loach. El simple hecho de mostrar algo que sucedió y que la ‘historia oficial’ stalinista ocultó sistemáticamente, con ese arte tan propio de ellos que consiste en mezclar la mentira, la calumnia, el asesinato y el lavado de cerebros masivo; el sencillo acto de afirmar ante un público de masas (y no ante el público aislado del libro) que la romántica historia de un pueblo que lucha por su libertad en realidad se basó, primeramente, en el sacrificio de todo el impulso revolucionario de ese mismo pueblo; ese solo acto llevó a que un sector de la izquierda reviviera y recreara en la pantalla una verdadera gesta revolucionaria y, por otro lado, las momias stalinistas resurgieran como venidas de las tinieblas, indignadas de que se denuncien los crímenes que cualquier conocedor de la guerra civil española sabe que cometieron.


Como dijeran en el juicio Videla y Massera (que no por coincidencia recibieron su apoyo), los stalinistas  claman: “No hemos hecho nada, y nos responsabilizamos de todo”. Mandan cartas a los diarios protestando contra la película que los muestra como unos traidores, afirmando que ellos fueron unos santos, no hicieron ninguna de las perrerías que se les imputa, y que además los trotskistas y los anarquistas querían ir demasiado lejos, estaban demasiado apurados, eran sectas, no comprendían que España no estaba madura para la revolución, de lo que se desprende que si los mataron, bien hecho estaba.


¿España no estaba madura para la revolución? La revolución llegó sin que nadie la convoque. ¿Qué otra prueba de madurez se necesita? Para derrotarla se necesitaron varios meses de maniobras políticas y chantajes internacionales. ¿Qué otra prueba de fortaleza? Pero parece ser que España sí estaba madura para soportar a la GPU en su territorio, para el asesinato de centenares de izquierdistas, para ilegalizar al POUM, para voltear y luego detener a Largo Caballero (primer ministro hasta la subida del PC, líder de la central obrera socialista y líder del ala izquierda del socialismo). España estaba madura para que el general comunista Líster y su famoso 5º Regimiento (¿o era la 5ª Columna?) entraran a sangre y fuego a Aragón para derrocar a la junta de gobierno anarquista de Joaquín Ascaso.


El film de Ken Loach tiene el gran mérito de mostrar el primer año de la guerra civil española, cuando frente a la sublevación del franquismo el pueblo se levantó en armas, formó las milicias populares, se hizo cargo de la producción en las fábricas ante la ausencia pavorosa de sus dueños, transformó la propiedad del campo y planteó, por primera vez, la posibilidad de que la revolución socialista se extendiera más allá de las fronteras rusas y con los mismos métodos del bolchevismo. Ese solo mérito ya pone a la película en un sitio preferencial del arte sobre la guerra de España, al menos desde el punto de vista político.


Por otra parte, se muestra el trabajo sucio que los stalinistas desarrollan: el chantaje con las armas (las dan a las milicias a cambio de subordinación en varios sentidos), el armamento preferencial de la policía en las ciudades republicanas, la represión a los opositores, las calumnias que se hacen circular en el ejército ‘regular’ sobre las milicias y sobre las mujeres de las milicias, el mismo hecho de desarmar y detener a aquellos que desde el primer día estuvieron en la primera línea de fuego. La brecha entre el stalinismo y la izquierda de la revolución ya no puede pasar como  meras ‘diferencias’, ‘discusiones’, ‘disensos’. Aquí se muestra la sórdida realidad del trabajo envenenado, que combinaba la calumnia con el asesinato. Mucho podrán protestar los nostálgicos de la GPU acerca del ‘apresuramiento’ de los poumistas y anarquistas, el ‘salto de etapas’ y la eterna cantinela antirrevolucionaria que asomó en cada proceso insurgente de este siglo. Pero aquí no se trataba de evitar que la revolución salte o no etapas, sino de atravesar la asquerosa etapa de desandar el camino que la revolución ya había transitado: deshacer las colectivizaciones, desarmar las milicias, reprimir a los partidos que habían forjado esa revolución, acallar las disidencias, consolidar el rol dirigente del minúsculo partido comunista y hundir a España. Porque las acciones del PC no eran una ‘táctica diferente’ para llegar a la revolución socialista sino que fue el punto clave que llevó a la victoria de Franco.


Otro gran mérito del film de Ken Loach es mostrarnos la evolución ideológica de un militante stalinista. Dave Carr, miembro del PC inglés, escucha en su país una conferencia de un español reclamando ayuda concreta. El se entusiasma con la gesta liberadora y termina gritando como los demás: “¡No pasarán!”. El empieza con el grito romántico, con la unidad contra el fascismo. Subordinar todo a la guerra.


Pero ya en España, comprobará que el PC no subordina ‘todo’ a la guerra. La misma guerra es subordinada a los designios políticos de Stalin. El PC español no mantiene la situación ‘tal cual’ se encuentra a partir de luchar contra el fascismo. No hay ninguna ‘unidad’ entre los stalinistas y las milicias populares, y la unidad la rompen los stalinistas, que en pocos meses buscan convertir al gobierno español en su instrumento, no para consolidar la revolución sino para derrotarla. Cuando siempre parecen decirle a la izquierda: “Posterguemos todas las reformas hasta que alcancemos la victoria sobre el fascismo”, aquí se encargan de apurarse a hacer un sinfín de reformas, todas con el objetivo de destruir a la izquierda, destruir la revolución, afirmar el papel del PC en el Estado y consolidar la democracia burguesa en España.


Consecuentemente con el aspecto político, el planteamiento cinematográfico de Ken Loach también se separa del stalinismo y su ‘realismo socialista’. Aquí no hay grandes héroes, no hay épica. La guerra y la revolución son mostradas en sus aspectos cotidianos. Cuando los campesinos discuten si colectivizar o no la tierra, no hay grandes discursos, no hay palabras preparadas, nadie se para sobre un pedestal de mármol para hablarle a la historia. Los actores parecen estar improvisando sus palabras, no siempre dicen la palabra exacta. Los personajes hablan todos a la vez. No hay una ficción de lengua común: como es una brigada internacional se habla en inglés, y a los campesinos se les deben traducir las palabras de los milicianos. Lo cual no solo es una muestra de realismo sino también demuestra el internacionalismo de la revolución socialista.


El realismo de Loach muestra la vida tal cual es. Y en ello se separa tanto del ‘realismo socialista’, que idealiza a los personajes ‘revolucionarios’, puros e inmaculados, como del cine bélico norteamericano, donde el Schwarzenegger de turno se levanta por sobre los perdigones de sus enemigos y él solo derrota a un ejército de miles de gusanos. En ‘Tierra y Libertad’ la guerra tiene su vida cotidiana, sus bromas, sus cartas, los insultos a los fascistas desde la trinchera, sus confusiones, sus vacilaciones y sus dudas.


Aquí el ‘héroe’, además del héroe colectivo de la milicia, es sencillamente un personaje en busca de claridad ideológica, que quiere ubicarse en el resbaloso terreno de la revolución. Lo que lo lleva a romper su carnet de afiliado al PC británico no es la discusión de las grandes estrategias que dividen aguas: avanzar hacia la revolución socialista o consolidar el estado democrático burgués. Su evolución se opera por las mentiras y las calumnias con que se enloda a las milicias. Por el pequeño trabajo sucio con que se va armando una ‘opinión pública’ contra la revolución. Por lo que él ve cotidianamente y se muestra como un reflejo de que la revolución retrocede frente a los embates del enemigo interno. Lo que Ken Loach nos muestra es una pequeña historia en el marco de una gran revolución.


Y también debemos agregar que, confirmando que no se muestra una historia de ‘buenos y malos’, en el ámbito de la milicia del POUM también hay contradicciones ideológicas. Primeramente, no son todos militantes del POUM, se ven opiniones de diverso tipo. La milicia acoge en su seno a todos los que quieren combatir al fascismo. Cuando se toma un pueblo en Aragón, no se viene con una idea preconcebida de qué hacer con la tierra. Los mismos campesinos la discuten y los miembros de la brigada participan en la discusión como camaradas.


Por otra parte, el acoso del ejército regular, el chantaje de las armas, la obediencia a las órdenes del estado mayor, el desarme y la detención son vividas contradictoriamente. Como si el POUM y el anarquismo hubieran tenido un rol pasivo respecto a la agresiva política de poder del PC. Las políticas militares aparecen ‘como caídas del cielo’, para utilizar el título de otra película de Loach, no como naturales del propio desenvolvimiento de los sucesos. Son políticas venidas de Madrid, de Moscú, casi inesperadas para sus víctimas. Simbólicamente, cuando desarman a la milicia, sus miembros no aciertan más que a gritar, insultar y llorar desesperadamente. Están acorralados, aislados y no aciertan un camino para combatir su aniquilamiento.


Pero “las revoluciones son contagiosas”, como dice el protagonista. Y cuando se asiste al entierro de Dave Carr ya viejo (en el tiempo presente), su nieta está retomando su historia, así como Ken Loach retomó la historia de la revolución española. Asistíamos a una escena que parecía un entierro familiar, pero en segundo plano se ve a los otros viejos que despiden el cuerpo del veterano militante con el puño alzado. La revolución española (Blanca) queda enterrada en su pueblo natal, pero la revolución internacional sigue su camino