26/07/2020

40 años de “Back in Black” de AC/DC: la autopista sin peaje del heavy metal

Las campanas suenan con un eco lúgubre y dantesco. El tañido de su badajo da lugar a los primeros punteos de una guitarra Gibson SG tan endemoniada como los cuernos de su cuerpo, creando un clima enrarecido entre los pausados golpes del plato ride y el bombo. El sonido de los toms de la batería dan la marcha del riff y la profecía está hecha.

Lo que suena es “Hell Bells”, primer corte de Back in Black de AC/DC, el disco que este 25 de julio cumplió 40 años y cambió no solo la historia de la banda sino inclusive las reglas del rock and roll, logrando que el hard rock -género al que pertenece- y el heavy metal -para el que tuvo una influencia clave- se abrieran paso en una década de hedonismo, glam y máquinas como lo fueron los años 80´s.

De vuelta desde la oscuridad 

Con más de 50 millones de copias vendidas, Back in Black se transformó no solo en el mayor éxito de la banda australiana sino en el segundo disco más vendido en la historia de la industria musical después de Thriller de Michael Jackson.

Su aparición en julio de 1980 fue un punto de inflexión para el hard rock y el heavy metal a escala mundial, pero también fue el renacer del ave fénix para AC/DC que, meses antes, había experimentado su mayor tragedia: la muerte de su primer vocalista Bon Scott, a causa de su alcoholismo y sus excesos con las drogas.

Por ese entonces AC/DC venía de su primer gran éxito Highway to Hell, un disco rabioso de rock and roll arraigado en los clásicos formatos del blues y con canciones referidas a los excesos y fiestas -marca registrada de la banda-, que en 1979 logró llegar al número 17 en los top 100 estadounidenses. La muerte de Scott replantearía la continuidad de la banda y la pondría en el desafío de dar un salto hacia un mayor profesionalismo.

Entre los tantos candidatos a reemplazar a Scott, quienes de forma curiosa coincidían uno tras otro en cantar en sus audiciones “Smoke on the water” de Deep Purple, apareció uno interpretando “Nutbush city limits” de Ike & Tina Turner. Su nombre era Brian Johnson, un tosco obrero inglés de actitud ruda y serios problemas económicos, cuyo único proyecto era una banda de fin de semana, Geordie, que turnaba con su trabajo de mecánico. Su arrolladora y potente voz de cascada, junto a su actitud, fueron elementos suficientes para convencer a la banda de no solo tener un nuevo cantante tan o más carismático que Scott, sino más profesional, que pudiera también superar el comportamiento inestable de su predecesor.

Así se sellaría un camino que sacaría a AC/DC de su performance de “banda de pub” para convertirlo en una de las principales exponentes del “Arena Rock”, género referido a los grupos de rock and roll de grandes estadios y shows con mega infraestructuras.

Cuernos y headbanging  

Grabado en las Bahamas, tanto por su clima de tranquilidad como por sus muy beneficiosas facilidades impositivas, Back in Black fue un disco que cambió las reglas del juego tanto en los proyectos anteriores a la banda como en el propio heavy metal.

A diferencia de lo que se venía haciendo en el género, que en los 70´s se caracterizaba por ritmos más lentos y largos solos de guitarra, Back in Black se nutrió de la energía minimalista propia del punk rock. Se le atribuye a su productor Robert “Mutt” Lange alejar a la banda del clásico formato blusero y orientarla hacia una dinámica más propia del pop y una mayor eficiencia rítmica de las guitarras por delante de los solos. La batería pasó de un sonido natural a otro con recursos de reverb haciéndola más gorda en su sonoridad. La nueva voz de Brian Johnson, con su performance de blues desquiciado al estilo Robert Plant, terminaría de cerrar al nuevo AC/DC, ampliando así una nueva periferia de adolescentes con sus oídos acostumbrados a nuevas tendencias más chocantes y directas que darían inicio a la conocida cultura del “headbanging” del metal, encarnada en los 90´s por la tira de MTV “Beavis and Butthead”.

Entre todas sus canciones hay una que se transformará en el ícono atemporal de la banda y cuyo nombre compartirá la tapa del disco: “Back in Black”. Una curiosa estructura de blues combinada con una métrica lirica propia del rap y el hip hop, cuya letra es un homenaje al fallecido Bon Scott. Su riff es hoy reconocido y disfrutado entre jóvenes y ancianos sin necesidad de ser fanáticos del rock o el heavy metal, atravesando inclusive los límites de la industria musical, como ocurrió al ser integrada como soundtrack de la famosa película “Iron Man”.

Vista de punta a punta, su lista de 15 canciones oscila entre referencias a fantasías machistas y sexo no consentido (que hoy impacta que hayan pasado con tan pocas objeciones) y un permanente juego con la violencia y la muerte, elementos trillados hasta en el hartazgo en el rock and roll de la nueva década. Y en el caso de una gran vertiente del heavy a la que pertenece AC/DC, combinándose con las odas a la delincuencia juvenil y otros excesos y con el uso “provocativo” de simbologías nazis y satánicas (como se verá en otros discos de la banda): un género musical sucio, blasfemo e irreverente, forjado en un ambiente de marginación, brutalidad y opresión, donde el único sentido de la vida es divertirse.

Esa primacía exclusiva del divertimento en la obra de la banda le dará margen para variados usos políticos, incluida la apertura de un acto de Bernie Sanders en octubre de 2019 con “Back in Black”, la presencia de sus canciones en actos del Partido Republicano y su tristemente célebre reproducción en los altavoces de los humvee del ejército norteamericano en la invasión a Panamá de 1989.

Pizza, Birra y Faso (y rock and roll…)

Si hay algo que Australia ha sabido exportar, además de carbón y una vaga idea colectiva de ser un país con una economía ordenada y beneficios sociales, es rock and roll.

Desde los tempranos años 50´s, el género arribó a las tierras oceánicas de la mano de los llamados “ten pound poms”, término referido a los inmigrantes británicos que luego de la Segunda Guerra Mundial emigraron de la Europa en ruinas y cuyos pasajes en barco, al costo de 10 libras esterlinas, era subsidiado por el Estado australiano. Con este aluvión inmigratorio llegaron los primeros discos de Bill Halley and the Comets y del propio Elvis Presley, cuyas influencias dieron origen a artistas y bandas de Rockabilly, entre los que se destacó Johnny O´keefe.

Llegado los ’60, el paradigma cambia hacia la “Invasión Británica” con los Beatles y la aparición de filiales discográficas de Norteamérica como la CBS y otras más locales como Festival Records. Todas estas apuntarán a la difusión de grupos más ligados al pop como los muy versátiles Bee Gees o los EasyBeats, los cuales contarán con amplia difusión en radio y TV, pero principalmente en la revista “Go-Set”, la cual se focalizará como un medio de difusión para los jóvenes.

Otras expresiones musicales más contraculturales como el garage protopunk, con bandas como The Missing Links y Purple Hearts, encontraran su mecenas en la productora Albert Productions.

Pero llegado los años ’70 el escenario rocker de Australia cambia por completo, provocando una crisis de difusión en los medios. Por entonces las radios eran dominadas por una camarilla de locutores con fuertes influencias en el Estado que evitaban la apertura de nuevas licencias de radio, monopolizando la difusión de música a las pocas existentes y así manipulando la difusión de grupos con netos fines comerciales. Esta situación llevo a un conflicto entre emisoras y discográficas que llevaría a que por varios meses del año 1970 se prohíba la divulgación de material discográfico importado de Inglaterra, así como el producido por las discográficas locales en conflicto. Este vacío provocó la aparición de una escena alternativa en el rock australiano alimentada por el Festival de Sunbury –émulo de Woodstock- y  programas de TV y radio como “Countdown” y “Double J” a mitad de los ’70. Con la apertura de pubs en ciudades como Sidney y Melbourne, le darán al rock de Australia una impronta más arraigada en una música visceral que vaya al grano, con una actitud de provocar y divertir al público con un par de cervezas sin muchas pretensiones intelectuales.

Es en este contexto en el que, además de AC/DC, aparecerán bandas de diversos géneros como The Angels, Midnight Oil y Jo Jo Zep and the Falcons en el rock; Mauricia Hines en el soul o The Saints, considerados hoy como la primera banda genuinamente punk que grabó un disco en la historia antes que Ramones y Sex Pistols. De ahí en más el rock tomará vuelo propio y traspasara los límites del Océano Pacífico con Nick Cave y los consagrados INXS.

Luchando por el metal

No es casual que Back in Black sea considerado una pieza clave para el heavy metal.

Para el año 1980 el género se encontraba en una encrucijada entre ser parte de los dinosaurios de los 70´s y las nuevas tendencias musicales en ascenso como el punk.

Bandas como Iron Maiden, Motorhead, Saxon, Tygers of Pan Tang, Def Leppard y Judas Priest rejuvenecerían al metal donde origen a lo que se conoció como la “New Wave of British Heavy Metal”, una camada de grupos que buscarían en la velocidad, los riffs y las letras distópicas –algo muy propio de la época de la “guerra fría”- un nuevo renacer entre la juventud.

Un renacer del que la Argentina no fue ajena, con grupos como Riff y V8, que parieron o abrieron paso a bandas con Hermética, Horcas, Logos y Almafuerte, encarnaciones perfectas de la catarsis de una juventud criada entre la dictadura militar y el menemismo. La convertibilidad y la proliferación de tribus urbanas en Capital y Conurbano lograrían que AC/DC viniera al país en dos oportunidades, la primera en 1996 y la más reconocida en 2009, visita a la que la propia banda le dedicó un disco en vivo ante un público argentino mundialmente famoso por su efervescencia, en el cual supo cosechar devotos.

Devotos que mas allá de las modas y las nuevas tendencias siguen (y seguirán) agitando sus cabezas, haciendo del heavy metal un género inoxidable.

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