22/04/2021

45 años del primer disco de los Ramones

Endurecerse sin perder la ternura jamás.

Nueva York, la «capital del mundo» que ha sido presentado por tantos artistas como un lugar de ensueño, atravesaba en la década de los ‘70, una etapa oscura y de profunda crisis. La ciudad tenía una deuda fiscal impagable; estaba sumida en un caos de violencia y miseria. Sus barrios plagados de narcos y tratantes de personas, racismo y brutalidad policial la llevaron  a ser considerada la ciudad más peligrosa del mundo. Fue en esa gran manzana podrida donde emergieron cuatro gusanos de Queens, agobiados por el aburrimiento y la depresión del gris cemento, que transformaron esa decadencia en una obra de pop art repulsivo y minimalista al alcance de cualquier paria. Los Ramones dejarían un primer registro de esta obra con su primer disco, homónimo, que el 23 de abril cumple 45 años de su lanzamiento en 1976.

Hazlo tú mismo

Guitarras “moto sierras”, baterías de “martillo neumático”, sonido “chicloso”, todos adjetivos repetidos y trillados que –con metáforas relacionadas con los ruidos de la cotidianidad urbana- a  lo largo de décadas buscaron describir la performance ramonera como si esta se tratara de una obra propia del futurismo italiano más que rock and roll.

¿Pero en definitiva, que hace el primer disco de los Ramones sea una producción tantas veces calcada pero al mismo tiempo algo único y fácilmente reconocible en la música contemporánea?

El primer LP fue sin duda alguna una obra que logro deconstruir la música pop teen de los ´50 y ´60, las baladas melodramáticas de grupos como las Shangri-Las , el surf rock de los Beach Boys, las bandas de sonido garage/psicodélico como The Trashmen, el lado más pesado de la invasión británica como The Kinks y The Animals, como así la furia proto punk de Detroit de Los Stooges y MC5 y la transgresión decadente de Lou Reed y los New York Dolls.

Todo eso comprimido en unas sucias y veloces canciones inferiores a los tres minutos de duración que describían la insoportable cotidianidad de los jóvenes “ni-ni” de los suburbios de New York, cuyas vidas oscilaban entre la violencia familiar, la afición por los comics y el cine clase B, las drogas “low cost” y la locura urbana de una ciudad que se iba a pique junto a los EEUU en plena época pos Vietnam, crisis del petróleo y el escándalo del Watergate.

Por entonces, los años ´70 habían hecho del rock un arte que ponderaba el virtuosismo y la complejidad sonora. A finales de los ´60, músicos como Jimi Hendrix, Los Beatles en su etapa experimental y Led Zeppelin habían dejado la vara muy alta en cuanto al nivel de composición, melodía y armonía, abriendo la escena a una camada de bandas enroladas en el rock progresivo y sinfónico como Pink Floyd, Yes, King Crimson, Emerson Lake & Palmer y Supertramp. Todas ellas obsesionadas por los solos de guitarras épicos, las zapadas y las estructuras de la música clásica.

Inclusive los más estridentes como Black Sabbath, Alice Cooper y principalmente Kiss habían llevado sus recitales a niveles de despliegue en infraestructura y puesta en escena, transformado la experiencia en casi una obra de teatro.

En definitiva el rock se había vuelto en algo inalcanzable, en un género de músicos de conservatorio con inquietudes filosófico-esotéricas y discos musicalmente pretensiosos repletos de canciones-suites de 20 a 40 minutos de duración, en una época donde la producción de vinilos se había encarecido como consecuencia del bloqueo de petróleo de los países de la OPEP en 1973.

Ramones, con su módico costo de 6.400 dólares y su tiempo de grabación y edición reducida al tiempo récord de una sola semana, se transformó en esa antítesis que buscaba devolver al rock and roll a las calles y al alcance de cualquiera teniendo en cuenta que los discos del mainstream de la época llegaban a costar medio millón de dólares y entre dos y tres años de grabación.

A través de un sonido en el que desaparecían todos los elementos y recursos estilísticos del blues, la batería -la cual es casi desprovista de cualquier redoble- ya no iría al compas del bajo sino de una guitarra tocada en modo “downstroke” y con un tempo que no bajaría de 180 beats por minuto, donde prevalece la utilización de acordes en I, IV y V sin ningún tipo de solos en los que se pudiera descansar ese frenesí.

Todas las canciones comparten su posición de ataque de la guitarra como una estructura melódica simple y definida, las cuales son acompañadas por la melosa voz de Joey Ramone, por momentos secundada por recursos vocales como el doo-wop (muy utilizado en décadas anteriores por el rockabilly, el soul y el surf rock).

El primer disco de los Ramones se destaca por sus canciones. La producción es rudimentaria, volviendo a las mezclas por pistas de principio de los´60, lo que explica como el paneo hacia la derecha de la guitarra como así el bajo y la batería hacia la izquierda terminan mutilando a las canciones en caso de producirse un desperfecto en cualquier equipo con altavoces estéreo.

No sé lo que quiero, ¡pero lo quiero ya!

El mundo lirico (e idílico) ramonero está plagado de un sinfín de deseos, frustraciones, violencia contenida y observaciones callejeras, todos ellos vagando en un universo pop plagado de infantilismo, sarcasmos y nihilismo.

Con el culto por la provocación a través de expresiones políticamente incorrectas y referencias provocadoras y kitsch al nazismo en algunas canciones, de alguna manera retomaban la cruzada de Iggy Pop y los Stooges contra el espíritu del “flower power” en la convulsionada Norteamérica de 1969.

Esta impronta de matones de barrio no les daría éxito comercial en Estado Unidos. Si tendría una enorme influencia sobre el movimiento del punk ingles que, influenciado por corrientes artísticas como el “situacionismo”, recogerían el arte de la provocación –también con el uso de símbolos nazis- como forma de cuestionar la noción de lo bello y lo feo sin que esto signifique una adhesión política e ideológica.

No había en los Ramones un trasfondo político ni filosófico elaborado. Simplemente era una invocación a la percepción instantánea y caótica del extremo aburrimiento y violencia en el que la juventud vivía en ese entonces, el sentimiento de no ser “popular” en la escuela, de ser rechazado por las chicas por ser raro y un sinfín de anhelos no resueltos que se verían reflejadas en la gran cantidad de canciones con la clásica dualidad ramonera “I wanna/ i don´t wanna” (quiero/no quiero) que marcaría una importante parte de sus letras.

Desde su primer corte “Blitzkrieg Bop” (aquel de “Hey Ho, Let’s Go) hasta el tema final “Today your love, tomorrow the World”, todas las canciones  son la carta de presentación de un estilo que se perpetuara, al igual que su look de chicos vándalos, a lo largo de sus más de dos décadas de carrera.

Blitzkrieg Bop considerado hoy una pieza icono del rock, es un llamado a la “guerra relámpago” por el rock and roll, una especie de “Yihad” de la juventud contra el aburrimiento que provocaba la escena musical y cultural predominante. La misma, compuesta por su primer baterista Tommy, se inspiró en una exitosa y pegadiza canción “Saturday  Night” del grupo teen Bay City Rollers, éxito de los charts de 1975.

Entre otras se destacan “Beat on the brat”(Golpear al mocoso), tema que describe con sarcasmo una típica escena de violencia familiar en Queens; “Judy is a punk”, la cual cuenta las desventuras de una punk, término que le quedaría pegado a todo el movimiento musical, que llega a unirse a la guerrilla urbana Simbionese Liberation Army, que había secuestrado a la heredera millonaria Patti Hearst; “I wanna be your boyfriend” (Quiero ser tu novio), una balada romántica doo wop que -a pesar de ser compuesta también por Tommy- encaja con la extrema personalidad sensible de Joey. A los mismo se le suman “Chain Saw”(Motosierra), donde el grupo confiesa su afición por las películas de terror clase b como “Masacre en Texas”; “Now i wanna sniff some glue”(Ahora quiero aspirar pegamento), una proclama desde los bajos fondos que –al contrario del grupo The Clash que exhortaba a las revueltas sociales de la juventud de los barrios obreros- esta buscaba describir de forma visceral las “aspiraciones” sociales  en el “no future” norteamericano.

Por último se destacan también “Havana Affair”, una mirada absurda y jocosa sobre la guerra fría tomando como inspiración a la tira cómica de la revista Mad «Spy vs. Spy»; “53rd & 3rd”, tal vez la más morbosa y desquiciada de todas donde Dee Dee fantasea con escenas de violencia homofóbica desde su experiencia en la prostitución masculina. Su último tema “Today your love, tomorrow the World”, por sus referencias sarcásticas nazis les generó polémicas con la discográficas Sire Records y en las radios por considerar a los Ramones como filo nazi, algo poco creíble en un grupo con tres integrantes judíos. Se trataba solo de otro retorcido chiste punk.

En definitiva, detrás de esa búsqueda de diversión, el universo ramonero está cargado de frustración, odio y una extrema sensibilidad hacia una sociedad tan competitiva, exitista y con una pronunciada impostura moral como lo fue la Norteamérica de mitad de los ´70, la cual se encontraba –como en esos tiempos se solía decir- en una de sus peores “crisis de valores”: la de los conservadores valores del american way of life como así el ocaso del sueño liberador y contestatario hippie.

Welcome to the Jungle

Afirmar que Ramones fue una caja de resonancia de la realidad política, económica y social de los Estados Unidos del bicentenario no es ninguna exageración. De alguna manera los relatos ramoneros –todos ellos comparables con las morbosas aventuras de Alex y sus drugos de la Naranja Mecánica- hablan del estado de locura y conmoción que vivía el país en ese momento.

A la crisis del petróleo de 1973, la cual había golpeado fuertemente en una industria automotriz orgullosa de sus gigantescos, fálicos y poco eficientes motores V8,  se le había sumado el escándalo del Watergate que obligo la renuncia del presidente Nixon en 1974 como asi la derrota de la cruzada imperialista en Vietnam.

Los 30 años gloriosos del capitalismo de pos guerra se habían esfumado y la crisis golpeaba de lleno en el corazón del imperialismo mundial.

Particularmente la ciudad de Nueva York se encontraba en 1975 al borde la quiebra a raíz de una deuda de más de 14 mil millones de dólares y un déficit fiscal de 2200 millones,  una crisis que tuvo como respuesta del alcalde demócrata Abraham Beame los despidos en el sector público, el congelamiento salarial y la reestructuración de la deuda ante la negativa del presidente Gerald Ford de otorgar un préstamo.

La expansión de los carteles narcos, muchos de ellos regenteados por el propio FBI en el Harlem y el Bronx -con el fin de desarticular a la base social de las Panteras Negras- llevo a un recrudecimiento de los crímenes violentos, los hechos de racismos y la brutalidad policial .

Los  barrios periféricos, los cuales se asemejaban a una escena propia de la Europa de la Segunda Guerra Mundial, la falta de higiene urbana y la proliferación de prostíbulos y cines pornos contrastaban con la opulencia de los grandes rascacielos de Wall Street en Manhattan.

El malestar en las calles de la ciudad se expresaba en los asesinatos de “el hijo de Sam”, un empleado de correos llamado David Berkowitz conocido por matar con un calibre 44 por “encargo de su perro diabólico” y tuvieron otro hecho de caos urbano en el gran apagón  de julio de 1977, que dio lugar a extendidos saqueos.

Pero los Ramones no fueron los únicos en proyectar aquella barbarie a través de su arte.

Además de películas como “Serpico” (1973), “El justiciero” (1974), “Taxi Driver” (1976) e inclusive la propia “Fiebre de Sábado por la noche” (1977), las cuales pudieron captar ese clima de decadencia total, por los sótanos de la gran manzana emergían un grupo de artistas inconformistas que no encontraban espacios donde expresarse.

Desde la poesía nocturna de Patti Smith y el grupo Richard Hell & the Voidois, el garaje jazzero de Television, el revulsivo sonido de los Dead Boys, The Dictators y Johnny Thunders pasando por la irreverencia de los Talking Heads, el glamour new wave de Blondie y la performance de “Elvis electrónico” de Suicide, Nueva York se estaba transformando en una meca de la cultura underground concentrada en una serie de pequeños clubes.

Por fuera los grandes estadios exclusivos para las bandas dinosauros de los ´70 y las mas bacanas discotecas como Studio 54 o el club Max Kansas City, donde eran habitués artistas como William Burroughs y Andy Warhol, Nueva York carecía de lugares alternativos. El Mercer Arts Center se había derrumbado en 1973 en pleno recital de New York Dolls.

La apertura en ese mismo año del mítico CBGB le daría a todas esas bandas, pero principalmente a la cultura neoyorkina un espacio de poesía y música que vería, entre alaridos de “one, two, three, four!”, nacer a los Ramones entre esos pequeños y mugrientos escenarios, tan mugrientos como la ciudad misma.

 

Endurecerse sin perder la ternura jamás

Hablar del primer disco de los Ramones sin nombrar a la Argentina sería  una falta total para las generaciones de jóvenes que a través de casetes TDK, CD´s y sus 26 shows dados en Obras, Vélez y el mismo Estadio River Plate entre 1987 y 1996 vivieron una historia de amor profundo con la banda.

Una juventud que vivía sin perspectivas  la violencia estatal del ajuste menemista con la desocupación, las reformas anti educativas, las razias y el gatillo fácil de la policía.

Entre las miles de historias adolescentes de llevar los jeans a la modista de barrio para hacerlos chupines, el esfuerzo por llegar a los 25 pesos de costo de la entrada a fuerza de changas o “mangueo” en la cola del estadio y las miles de remeras, buzos y mochilas ramoneras que inundaban cada mañana en las escuelas, los Ramones pudieron recrear en tierras ajenas aquella fantasía vivida por ellos con los Beatles en los ´60.

No hay dudas que profetas en tierras ajenas fue una experiencia repleta de sensaciones encontradas, sobre todo porque en los EEUU ellos terminaron siendo una banda de culto de estudiantes universitarios, inclusive en el revival neo punk de 1994 con Green Day y The Offspring mientras que en la Argentina sus discos sonaban desde los típicos hogares de clase media porteña, en los barrios del conurbano e inclusive en las villas de los ´90. Ramones recién logro el tan preciado disco de oro en el 2014.

Pero 45 años después de su primer disco y 25 años de su último show en el país, los Ramones se transformaron en un icono, no solo del punk sino inclusive del arte pop. Su símbolo, aquella águila creada por el artista Alan Vega, viste el torso no solo de jóvenes sino de adultos, artistas de renombre y hasta personas ajenas a su música. Su simpleza y su crudo sonido, pero principalmente su extrema sensibilidad para captar el mundo que los rodeaba, fue la inspiración no solo de una cantidad de artistas y bandas sino inclusive de generaciones de adolescentes que no lograban (y no querían) encajar en los estereotipos establecidos por la sociedad.

 

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