24/11/2020

“Alabama”, de Coltrane: una balada en la que grita el horror, pero también la lucha

57 años atrás, el jazzero daba forma a esta canción de duelo y despertar.

El 18 de noviembre de 1963, el saxofonista y compositor John Coltrane grabó en estudio su balada “Alabama”, escoltado en la sesión por tres improvisadores de fuste, con los que formó uno de los cuartetos señeros en el rumbo de experimentación radicalizada que adquirió el jazz a partir de la segunda mitad del siglo XX: el baterista Elvin Jones, el contrabajista Jimmy Garrison y el pianista McCoy Tyner (fallecido en el pasado mes de marzo, antes que el coronavirus ensombreciese el mundo).

La intencionalidad expresiva, el cálculo y la precisión del saxofonista, oriundo del estado sureño de Carolina del Norte, se tradujeron en la necesidad de repetir cinco veces la interpretación de la pieza. Un atisbo de ese fervor meticuloso -mediante el cual se empecinó en atrapar bellos detalles, prescindiendo de los caprichos de la fortuna- se desprende de las meditaciones que vertió en la entrevista que le realizó el historiador marxista estadounidense Frank Kofsky: “Yo creo que lo mejor que puedo hacer en este momento es intentar ponerme un poco en orden y conocerme. Si lo consigo, me pondré simplemente a tocar. Creo que lo conseguiré si logro profundizar en mí y ser como creo que debo ser y tocarlo”. La última de las tomas registradas quedó posteriormente incluida dentro del álbum Coltrane live at Birdland, publicado por el sello Impulse! en 1964.

Apuntados de tal manera, seca y concisa, estos datos no parecen revelar nada espectacular. John Coltrane dejó una voluminosa producción a pesar de haber muerto a la edad de 40 años, cuando su salud -estropeada por la heroína y el alcohol- claudicó ante la agresividad de un cáncer hepático. Empero, el leitmotiv de “Alabama” invoca la memoria de las cuatro niñas que mató un atentado infame: Addie Mae Collins, Cynthia Wesley, Carole Robertson y Carol Denise McNair.

Había sido solo unos meses antes de esa grabación, el domingo 15 de septiembre de 1963. Diecinueve cartuchos de dinamita -a la hora en que la feligresía afrodescendiente abarrotaba el templo- explotaron en el sótano de la iglesia baptista de la Calle 16 de Birmingham, la ciudad más poblada del estado de Alabama (donde hasta el presente se cuece un caldo de segregacionismo, indigencia y colapso social). La banda que planificó y ejecutó el ataque contaba con la vista gorda que hacía el FBI respecto del Ku Klux Klan. Un maridaje en el que el odio racista sembraba terror y J. Edgar Hoover, director de dicha agencia e inexorable esbirro del establishment, coordinaba el exterminio de la amenaza bolchevique. El poder político resguardó a los culpables materiales; las dilaciones y los encubrimientos complicaron la investigación judicial del cobarde crimen. Uno de los cuatro sospechosos, Herman Frank Cash, se mantuvo impune, yéndose a la tumba sin recibir ninguna condena. Ulteriores procedimientos concluyeron -en 1977, 2001 y 2002, respectivamente- con las tardías sentencias a prisión perpetua de Robert Edward “Dynamite Bob” Chambliss, Thomas Edwin Blanton Jr. y Bobby Frank Cherry.

Movilización por las víctimas del atentado.

Martin Luther King les habló a las familias de las víctimas y a la comunidad negra en general mientras eran velados los restos de las cuatro niñas. Las palabras exactas del pastor y activista se esfumaron de los oídos de John Coltrane. Pero tampoco adujo sordera absoluta. “Trane” conocía de antemano la formulación que muchísimo tiempo después propondrá el filósofo contemporáneo François Regnault para la música: “Un discurso latente vuelto manifiesto permaneciendo incomprensible”. Por lo que, a través del armazón rítmico de la composición, reconstruyó las inflexiones y modulaciones de la voz que dio aquel mensaje que no logró retener. La melodía recurrente de “Alabama” se enrolla, al igual que la angustia, alrededor de los cuerpos ausentes, aloja la noche cerrada del duelo. Efecto quizá de la perplejidad frente a la masacre, su suave tonalidad está lejos del intento de adormecer: en ella grita el horror. El tramo final de la balada ingresa en un sorpresivo crescendo. Detrás de unas largas notas del saxo tenor, contra las que rebotan los golpes rápidos de batería, el contrabajo y el piano se aúnan en un mismo temblor. Sube el clamor del gigante que se desperezó y ha elegido luchar -parafraseando el título del primer disco, lanzado en 1969, del pianista Horace Tapscott, entonces líder de la imponente Pan Afrikan Peoples Arkestra.

El jazz tiene una historia repleta de sonidos surcados por las huellas de acontecimientos cruciales. Así lo confirman las cinco décadas que cumplen en este 2020 dos álbumes del género, un recordatorio ineludible también de que sus legados siguen vigentes: el homónimo debut discográfico de la Liberation Music Orchestra (fundada por el contrabajista Charlie Haden, y que tiene hoy a su perfecta albacea en la pianista Carla Bley) y la obra conceptual Bronca Buenos Aires del contrabajista argentino Jorge López Ruiz, la que -censurada al principio por la dictadura de Onganía- pudo estrenar en vivo, por primera vez, recién en 2015.

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