Cultura

8/6/2026

Banderas en tu corazón

Los 30 años de la publicación de Luzbelito (1996) de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota se dan en el contexto de la muerte del Indio Solari.

Indio Solari.

Sostiene Pereira, un periodista cultural encarnado magistralmente por Marcello Mastroiani, se dedica a escribir obituarios. Los escribe por adelantado, así cuando sucede la muerte de la persona en cuestión el texto ya está escrito. Y no está mal la idea. La muerte siempre sorprende, llega adelantada y sin aviso. Tener que escribir algo inteligente en un momento así es difícil. Son muchos los textos que circulan desde la noticia de la muerte del Indio Solari que parecieran escritos hace tiempo, o, al revés, con el apuro de quien necesita tiempo para reaccionar, recordar, decir. Abundan entonces los lugares comunes, palabras como “misa”, “mística”, “misterio”, “leyenda”, “mito”, “pogo”, “Ji-ji-ji”.

Esta nota no es un obituario. Pretende ser un homenaje de la forma más simple: una invitación a la escucha atenta, una celebración de la creación artística.

Un sonido único, una poética deslumbrante

Año 1996. Había pasado una década de la publicación de Oktubre y cinco discos en el medio hasta la llegada del último mejor álbum de Los Redondos. Acaso el mejor, el más logrado, el más conceptualmente perfecto. Se trata de una obra cargada de novedades que también recupera canciones de la época de Gulp! que habían quedado fuera de las grabaciones.

Desde la primera canción del álbum se marcan características particulares: oscuridad, profundidad, riffs inolvidables, giros armónicos, minimalismo y escasez de recursos con una eficacia excepcional. La poética del Indio Solari deslumbra en esta obra cumbre de uno de los poetas populares más destacados, particularmente de la década de los noventa en la Argentina.

Una oscuridad la de todo Luzbelito que muchos vinculan con el contexto político, social y económico, en plena década menemista.

El inicio del álbum, ningún “canto de sirenas”

Las tres primeras notas del riff de “Luzbelito y las sirenas” (si-do#-re) generan una atmósfera oscura y tensa. La canción está en mi menor. El riff arranca en el quinto grado de mi y ya la segunda nota presenta una extrañeza, es una nota inesperada, un do con una alteración de sostenido, una nota fuera de la escala natural. Pareciera una sustitución de la tónica por un si menor, tomando prestada su escala y comenzando por la tónica (si-do#-re), es decir, primero, segundo y tercer grado de la escala natural de si menor. El oído no se habitúa fácilmente, la frase musical nos suena envuelta en una atmósfera enrarecida, cargada con una textura densa. Está, por supuesto, la controversia respecto al riff, si fue un plagio a Kiss o, lo que parece más probable, una coincidencia desafortunada.

Si es como dijo García Márquez respecto de las primeras líneas de una novela -que definen “el tono, el estilo, el carácter de los personajes y, sobre todo, la imagen o el sentimiento central que sostendrá toda la obra”-, en las primeras notas del riff de la primera canción del álbum, con tan solo esos pocos recursos de bajo, batería y guitarras, ya se deja establecido un estilo que se sostendrá en todo el trabajo.

El primer verso de esa primera canción es también de una efectividad notable. “Luzbelito sabe que su destino es de soledad”. Una síntesis de todo el recorrido que hará el protagonista a través del álbum, un álbum -se ha dicho hasta el hartazgo- conceptual.

La soledad es un destino inapelable. Luzbelito no se lamenta. En un gesto no sabemos si de valentía o deliberada inconsciencia, se burla, se ríe de su propia fatalidad.

El derrotero de un alma buscando su libertad

Un posible plan de lectura sería analizar la obra como si estuviera planteada en tres partes: tesis, antítesis, síntesis.

Tesis: el devenir de Luzbelito, su caída, o, más bien, su decisión de rebelarse contra Dios, de insubordinarse. Dios pretende reducirnos a esclavos que lo idolatran, imponiendo la negación de nuestro ser. Negar lo que nos niega es un acto noble.

Antítesis: Zippo. Si el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones, el infierno mismo está empedrado de vicios y bajezas. No hay nada romántico en el descenso al infierno. En el infierno hay tipos jodidos, despreciables. Pero tampoco hay opción: aceptar el régimen servil bajo el ala de Dios no tiene nada de deseable ni digno. Zippo también ríe. En el gesto de reírse hay una diferencia esencial. La risa de Luzbelito es rebeldía, la de Zippo es de psicópata.

Síntesis: caen, caen al fin, caen los disfraces. Con el “Blues de la libertad” hay un movimiento hacia afuera. Salir de la autocompasión. Ya en “La dicha no es una cosa alegre” hay un replanteo, una toma de conciencia de lo hondo que se ha caído. Hay que atravesar el dolor, salir a la superficie, a la calle, a la vida, a la lucha. Quedarse mordiendo el aire solo y sin dolor es peor que la soledad; es una anestesia que asegura no sentir, a costa de hundirse en una muerte en vida. Hay una apelación a abandonar la soledad como refugio para no sentir dolor, animarse a correr riesgos. Romper la cadena de mando, desarmar la autoridad de Dios mismo.

En ese esquema hay un cabo suelto: “Me matan Limón!”. ¿Por qué una canción que describe las últimas horas de Pablo Escobar en un disco como Luzbelito? Quizá porque era una especie de Zippo. El infierno también está poblado por tipos jodidos. Pablo Escobar contaba con una considerable simpatía popular: “Padrecito de nuestros pobres que / sangran por las tejas como vos, Limón”. La muerte de Escobar fue celebrada por los dueños del poder, no por el pueblo. El Bloque de Búsqueda, un arma de homicidios selectivos ilegales perpetrados por el imperialismo yanqui en territorio colombiano, lo acribilló en los tejados, por donde Escobar intentaba escapar con su fiel lugarteniente, Limón.

El rocanrol del país

El orden de los temas sugiere un derrotero del protagonista, y también puede percibirse en lo específicamente musical. Tanto el “Blues de la libertad” -que encaja perfecto en la temática y el tono del álbum- como los rocanroles “Mariposa Pontiac / Rock del país” son canciones que tenían quince o veinte años en 1996. Y son colocadas en un lugar muy preciso del álbum, en el de una necesaria transición hacia la culminación con “Juguetes perdidos”.

Los rocanroles son una suerte de catarsis, de celebración, de descarga, calientan la sangre y ponen los cuerpos en movimiento. predisponen la toma de conciencia y el pase a la acción.

En esa nueva toma de conciencia hay una intuición: el infierno que aguantamos es el régimen social alienante, insoportable. La mansedumbre del rebaño es locura, alienación. “Si el perro es manso / come la bazofia y no dice nada / le cuentan las costillas con un palo, / a carcajadas”.

El Indio había dicho en una entrevista: “Dios nos agrede cuando se torna medida que separa al mundo entre buenos y malos, Dios nos impide ser dioses, nos obliga a dejar de ser como somos, nos convierte en lo que tenemos que ser, instaura el mundo de los premios y castigos. Eso tiene un correlato social a nivel del disciplinamiento: los chicos hoy se someten al deber ser que se les impone, se incluyen en el superorganismo social, pero con desgano, con descreimiento”, decía el Indio. Hay una conexión entre la obediencia a Dios y el disciplinamiento social.

Podría decirse, siguiendo a Spinoza en su Tratado teológico-político, que “no hay medio más eficaz para gobernar a la masa que la superstición (…), en mantener engañados a los hombres y en disfrazar, bajo el especioso nombre de religión, el miedo con el que se los quiere controlar, a fin de que luchen por su esclavitud, como si se tratara de su salvación”.

Banderas en tu corazón

El camino trazado conduce a la rebelión popular, alzando las banderas, con una inevitable madurez para tomar el asunto en nuestras manos. “Juguetes perdidos” es la gran coda del disco y su punto cúlmine, la salida luminosa luego del letargo depresivo, oscuro y solitario del comienzo del álbum, una fuerza colectiva que se pone en movimiento contra el poder.

A mediados de los noventa tomó un nuevo impulso la lucha contra los genocidas de la última dictadura militar, con movilizaciones masivas y un método de lucha novedoso: los escraches populares. Se sucedían los piquetes, cortes de rutas y movilizaciones masivas contra la desocupación y el hambre en los barrios. Cutral Có y Plaza Huincul fueron los que más notoriedad tomaron ese mismo año 1996.

Una fuerza social, popular, desde abajo, con un fuerte impulso e intervención de la izquierda y una desconfianza y rechazo hacia el Estado y las autoridades, iban generando distintas expresiones organizativas y culturales.

Sin duda, la música de Los Redondos estaba presente en cada lucha y cada actividad de resistencia y lucha popular. El sonido ricotero era la música de fondo para toda una generación de jóvenes que crecimos durante los ochenta y noventa.

A 30 años de Luzbelito, y mientras una multitud está despidiendo al Indio, dejémonos sorprender como si recién lo descubriéramos.

“Cuando la noche es más oscura / se viene el día en tu corazón”.

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