17/12/2021

bell hooks (1952-2021), semblanza de un feminismo desde los márgenes

La escritora estadounidense falleció a los 69 años. Fue una docente, activista e intelectual relevante del feminismo de clase y antirracista.

Dueña de una prosa excepcional, deliberadamente simple y explicativa, el legado de bell hooks es incalculable, como también son incalculables las discusiones que abre. Escribió sobre el amor y la rabia, sobre la interrelación de los sistemas de opresión y explotación, sobre el arte, la sexualidad, la familia y los medios de comunicación combatiendo lo que ella identificó como “un supremacismo patriarcal, capitalista y blanco”.

Pionera de la interseccionalidad, integró las perspectivas racial y de clase a los estudios de género en un momento en que el movimiento feminista se mostraba hostil a aceptarlas. Su ética y su pensamiento, que revalorizan la experiencia de las mujeres negras y obreras, le valieron el mote de “traidora” y “provocativa” pero encontraron luego una vía de expresión en más de 40 libros, artículos, documentales, literatura infantil y poemas. Dos de estos libros, Teoría feminista: de los márgenes al centro (1984), obra fundacional, y El feminismo es para todo el mundo (2000), que reactualiza los debates, fueron publicados en español en 2020 por la editorial Traficantes de sueños bajo licencia no comercial.

Si el feminismo (blanco) puede significar todo, no significa nada

En Teoría feminista: de los márgenes al centro, hooks cuestionó al feminismo blanco y burgués que dominaba la escena académica. Denunciaba un pensamiento elitista que se concentraba en los intereses de una fracción privilegiada y que se alejaba de las vidas de las mayorías oprimidas. Este libro fue, al principio, ignorado por “demasiado radical” y “demasiado crítico”.

En aquel tiempo, obras como La mística de la femininidad de Betty Friedan (1963) habían acaparado todos los elogios de la academia. En particular, Friedan describió como “el malestar sin nombre” a la situación de las mujeres blancas, con formación universitaria y casadas que habían resignado sus expectativas profesionales para asumir el rol de amas de casa. Tal como la propia hooks señala, no se planteaba en estos escritos cómo se liberaría a la mujer blanca de las “obligaciones domésticas” propias de la familia patriarcal si no era por medio del trabajo de las obreras negras. Para hooks, en la medida en que el feminismo de la segunda ola iba reflejando dilemas personales y no de clase, «lo personal es político» se subsumía en la ideología burguesa y favorecía la apropiación de las luchas de todas las mujeres para servir a los intereses de las conservadoras y liberales.

Vida y pensamiento

Gloria Jean Watkins nació el 25 de septiembre de 1952 en el estado de Kentucky. Asistió a escuelas segregadas pero llegó a estudiar en las universidades de Stanford y Wisconsin, para finalmente doctorarse en Literatura por la Universidad de California. El seudónimo que eligió es un tributo a la ancestralidad de su madre, Rosa Bell Watkins, y a su bisabuela materna, Bell Blair Hooks. Algunos analistas sostienen que lo escribía en minúsculas para cuestionar el canon gramatical dominante y visibilizar la opresión, aunque ella se encargó de explicar que lo hacía «para resaltar la sustancia de su obra» antes que la identidad de la autora. Probablemente, como señala la activista Ochy Curiel, lo hacía por ambas razones.

Su primer gran trabajo, inspirado en el discurso de la afrodescendiente abolicionista y feminista nacida en 1797 en la esclavitud, Sojourner Truth, la posicionó como crítica de influencia en los estudios feministas. Se trató de ¿Acaso no soy una mujer?: Las mujeres negras y el feminismo, escrito durante sus estudios de pregrado y publicado en 1981. En él ya aparecen varios temas que van a ser desarrollados en su obra posterior.

En el prólogo a la primera edición de Teoría feminista: de los márgenes al centro, la activista recuerda cómo vivía la segregación de raza, género y clase en su ciudad natal:

Al otro lado de las vías, las calles estaban pavimentadas, había tiendas en las que no podíamos entrar, restaurantes en los que no podíamos comer y personas a las que no podíamos mirar directamente a la cara. Al otro lado de las vías, había un mundo en el que podíamos trabajar como criadas, conserjes, prostitutas, siempre que fuera en régimen de servidumbre.
Podíamos entrar en ese mundo, pero no podíamos vivir en él. Teníamos siempre que regresar al margen, al otro lado de las vías, a las cabañas y las casas en ruinas del borde de la ciudad.

Como ella misma reconoció, su conciencia de la lucha feminista fue estimulada por las circunstancias sociales de haber crecido con sus cinco hermanas y su hermano en un hogar sureño, negro, dominado por el padre, de clase obrera. La furia contra las múltiples tiranías que atravesaban su experiencia personal la llevó a cuestionarse las políticas de dominación masculina.

La estructura de clases en los Estados Unidos -señala hooks- ha sido conformada por la política racial del supremacismo blanco. En este sentido, ambas están imbricadas en el marco de un sistema patriarcal-capitalista y, por lo tanto, mientras este sistema persista, las conquistas feministas están siempre en peligro: en el feminismo “la lucha de clases está inextricablemente ligada a la lucha para terminar con el racismo”.

Aunque existen varios puntos de contacto entre el pensamiento de hooks y el feminismo socialista, ella siempre le objetó el haberse centrado en la clase como explicación última y exclusiva de la desigualdad. Desde su punto de vista, los tres factores -raza, género y clase- se imbrican en el sistema opresor. Hay, sin embargo, una visión compartida que rechaza lo que ella denomina «el estilo de vida feminista» entendido como una manifestación meramente y autónomamente cultural: el movimiento debe centrarse en la experiencia colectiva, a modo de compromiso político y de praxis revolucionaria. La forma particular de imperialismo cultural -dice hooks- que refuerza los valores capitalistas sin liberar económicamente ha reproducido históricamente el feminismo liberal. Esta forma nos lleva a poner por delante el bien individual por sobre el cambio colectivo:

En tanto los hombres no son iguales entre sí en una estructura de clases supremacista, capitalista y patriarcal, ¿con respecto de qué hombres quieren ser iguales las mujeres? ¿Comparten las mujeres una visión común de lo que significa la equidad?

Esta idea la llevó a cuestionar el concepto de sororidad: «Es improbable que las mujeres se unan al movimiento feminista únicamente bajo el argumento de que somos biológicamente iguales». No hay ni que decir que son las feministas blancas burguesas las que, para ella, sostienen el sueño romántico de la opresión común, «una plataforma falsa y corrupta» que disfraza y tergiversa. Las mujeres -sostiene hooks- nos enfrentamos por los privilegios de clase, por las actitudes sexistas y por el racismo. Solamente podrá haber un vínculo sostenible y duradero cuando estas tres modalidades de opresión hayan desaparecido. En esta línea de pensamiento, para construir un solo movimiento feminista de masas, las mujeres deberíamos trabajar duro para superar la alienación, desaprender la socialización sexista y superar la homofobia; mientras tanto, no podemos evitar el conflicto, a lo sumo podrá haber «solidaridad política» con ciertos fines.

Ser hembra, para hooks, tampoco es ser víctima. Las mujeres no pueden identificarse con las “señoras” que buscan eludir la confrontación y ser protegidas, aisladas, contra todas las realidades negativas; no pueden vincularse como víctimas pasivas porque esto las llevaría a eludir la responsabilidad de enfrentarse a la complejidad de su propia experiencia.

Los hombres, “camaradas en las luchas”

Otra idea interesante es el papel de los obreros negros en las luchas feministas. Para empezar, ha rechazado los sentimientos antimasculinos: según hooks, las experiencias vitales de las obreras negras les han enseñado que tienen más en común con los varones de su misma clase y raza que con las mujeres blancas burguesas; a pesar del sexismo, han compartido con ellos la responsabilidad de la lucha antirracista en los movimientos para la liberación. Entendía que, mientras el varón no atacara al sexismo y al capitalismo, sería un enemigo tanto de las mujeres como de sí mismo, en la medida en que ayuda a mantener un sistema de opresión. Por el contrario, los hombres que activamente luchan contra él “tienen un lugar en el movimiento feminista, son nuestros camaradas” y las mujeres partidarias de la liberación deben reconocer su valor.

La escritora tampoco planteaba la abolición de la familia en tanto entendía que este lazo podía constituir el único sistema de apoyo y protección prolongado para las personas explotadas y oprimidas, pero sí predicaba la necesidad de liberarla de la opresión sexista y de sus dimensiones abusivas. Su obra nos inspira a valorar la crianza como trabajo importante y valioso para la sociedad, que debe ser reconocido pero que no puede convertirse en experiencia obligatoria de la vida femenina. La naturalización y la sentimentalización de la maternidad impiden, para ella, otorgar a las mujeres que maternan el respeto que merecen. La autora propone un concepto de crianza real que no haga distinciones entre el cuidado materno y paterno, en el que ambos participen equitativamente. Enfatiza en la necesidad de socializar y extender la crianza a las comunidades y de crear centros de educación infantil públicos y gratuitos. Discutió, de este modo, con el pensamiento burgués que consideraba que los niños pertenecían únicamente a sus progenitores y a su entorno, que eran su propiedad o su posesión.

Contribuciones en el campo de la educación

Se declaró seguidora y crítica de Paulo Freire. Tomó de él su “pedagogía revolucionaria”, que la ayudó a desarrollar en juventud una conciencia política, pero al mismo tiempo señaló sus limitaciones y su tendencia a hablar de la liberación de los pueblos como una liberación masculina, crítica que el mismo Freire llegó a reconocer, compartiendo la idea de que una educación comprometida con la revolución feminista debía abordar las maneras en que los hombres pudieran desaprender el sexismo.

También era importante para hooks que las educadoras feministas fueran tanto creadoras de teoría como líderes en la acción, capaces de traducir el conocimiento científico- académico para hacerlo accesible a un público de edad, sexo y grado de alfabetización variado. Señaló, precisamente, la dificultad de acceso a las ideas revolucionarias como un obstáculo para las conciencias y sugirió que la comunicación y la alfabetización, entendidas como la capacidad de leer, escribir y pensar críticamente, son cruciales para el desarrollo de comunidades que no se vean afectadas por la desigualdad. Se lamentó, sin embargo, que la conciencia feminista de su tiempo no hubiera impulsado significativamente a las mujeres en la dirección de educar hacia una política revolucionaria, para entender cómo funciona el capitalismo como sistema que explota el trabajo de manera global e imaginar, a partir de allí, un nuevo orden social. Sin todo ello, el feminismo podrá ser una rebelión lograda pero no un movimiento revolucionario de masas.

Obras publicadas con licencia no comercial de atribución:

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