15/10/2020

¿Corre el presente tras un futuro de ciencia ficción?

Sobre los anuncios del capitalista tecnológico Elon Musk y dos libros argentinos: “Hombres amables” de Marcelo Cohen y “Los cuerpos del verano” de Martín Felipe Castagnet.

Prosista impecable, el neurólogo inglés Oliver Sacks hizo que la viñeta clínica abandonase los márgenes de la redacción técnica y la revistió de un trepidante pulso de novela. A lo largo de los muchos libros que publicó, uno de ellos bajo el explícito título de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, se mostró como un experto en capturar el momento exacto en el que, para la persona aquejada del malestar que la condujo a su consultorio, el mundo comenzó a lucir un aspecto sofisticadamente perturbador. En el caso de una de sus pacientes, que describía sentir en los oídos un pitido inacabable, puntualizó de qué modo medió la lectura de un artículo sobre el compositor Dmitri Shostakóvich, y cómo este logró ordenar el fenómeno que experimentaría a partir de que una supuesta esquirla metálica, a causa de la explosión de una mina nazi, se alojara en su cabeza. Así, esta secuela del sitio de Leningrado (al fragor de tal enfrentamiento bélico de la Segunda Guerra Mundial concluyó su tremenda Séptima Sinfonía de 1941) instituyó un influjo cuando menos peculiar sobre la mente inventiva del compositor soviético: imprimiéndole al cuello ligeros movimientos de flexión y extensión, desde ese elemento extraño -el que decía portar dentro del cráneo- se propalaba una música inspiradísima que luego él, privilegiado primer auditor, transcribía a la notación del pentagrama.

Las derivas de un cerebro artístico ruso y su artefacto-huésped se acomodan al anuncio efectuado meses atrás por el magnate Elon Musk, uno de los mascarones de proa más rimbombantes de la ideología del emprendedurismo planetario. O quizá de un poco más allá: es un afamado promotor de los viajes comerciales al espacio. Usando como justificación las investigaciones llevadas a cabo por Neuralink, la empresa de neurotecnología que fundó en 2016, al exhibir el desarrollo alcanzado hasta la fecha en la producción de un chip que, implantado en el sistema nervioso central, aprehendería el mensaje encriptado de la actividad eléctrica de las neuronas y en tiempo real lo transmitiría de forma inalámbrica a una computadora, no escatimó locuacidad para sincerar los planes de transformar en materia dócil, fácil de mapear y accesible a intervenciones rápidas y eficaces, aspectos de la condición humana que todavía se descubren enigmáticos. Preventa del pasaje al porvenir que prescindirá de la fastidiosa memoria, de los sobresaltos de una pesadilla o del azaroso vaivén de las emociones.

Los alcances y las reverberaciones de este tipo de promesas pueden rastrearse en dos obras de la literatura argentina, que aparecieron separadas por un período de casi quince años. Sin imbuirse por completo de los tópicos habituales del género de la ciencia ficción, atisban a través de la rendija de un futuro dislocado hacia dónde el cientismo (vocablo que designa las tecnociencias al servicio del capitalismo) insinúa direccionar el presente.

La nouvelle «Variedades» es la primera de las «Dos incursiones de Georges LaMente», según detalla el subtítulo, que contiene Hombres amables (1998) de Marcelo Cohen. En ella existe un barón que junto a su compañera ejercen una curiosa pero innegable influencia pública, a consecuencia de lo cual surge la necesidad de que ningún contratiempo interrumpa las actividades sociales que realizan. El consorcio que está detrás del negocio encuentra en quien narra la historia el instrumento para garantizar esa constante exposición que se le demanda a la pareja. Personaje letárgico y abandonado al curso desapasionado de los días, sin reparo asume las funciones del actor que en la terminología cinematográfica se denomina «un doble de riesgo». De otorgarle un perfecto parecido físico con la celebridad que debe sustituir se ocupan el aséptico quirófano y el preciso bisturí.

Una suerte de interfaz atraviesa la novela Los cuerpos del verano (Factotum Ediciones, 2012) de Martín Felipe Castagnet. Las almas flotan en internet y tienen la chance de regresar a la realidad de carne y hueso. Transmigración que ya concretó, mediante la operatoria llamada «quemar», el protagonista, al que le cuesta mucho sudor lidiar con el sobrepeso del cuerpo viejo de mujer que ha conseguido y estrena, arrastrando la incómoda batería que lo alimenta. Sobrevienen, sí, desórdenes en la sucesión natural de las generaciones familiares, sin embargo un mensaje permanece inalterable: se adquiere la calidad de traje cuyo precio resulta posible pagar.

Corporaciones, una medicina que aparenta no visualizar límites, transhumanismo y fórmulas precarias de la inmortalidad. Tal vez no pasen de los afanes del susodicho multimillonario, remedos mercantilizados del ensayo de futurología fake que el director alemán Werner Herzog elaboró en el film La salvaje y azul lejanía (2005), donde un alienígena, con el rostro demasiado humanoide de Brad Dourif, discurre sobre las tentativas de colonizar el Planeta Tierra, mientras que en el paisaje de fondo avanza el crepúsculo, los autos circulan por la carretera y las impertérritas hélices de las torres eólicas continúan girando.

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