12/05/2021

Cuando el terror se vuelve real

Crítica del libro "Sacrificios humanos", de María Fernanda Ampuero.

¿Cómo narrar la catástrofe? ¿Cómo representar un presente de terror? María Fernanda Ampuero elige hacerlo colocando a lo cotidiano, lo micro, como escenario de los doce relatos fascinantes que componen Sacrificios Humanos, editado recientemente por Páginas de espuma. Y con la construcción de personajes que forman un amplio elenco de monstruos o, lo que es lo mismo, mujeres y hombres que -desbordados de humanidad- pendulan entre dos roles siempre posibles y siempre actuales: sacrificar o ser sacrificados.

Es con ese marco, el de espacios que aparecen como conocidos por todos: un barrio, un estacionamiento de un centro comercial, distintas casas de familia, un cementerio para pobres, un callejón oscuro, una pensión para inmigrantes en un país extranjero, etc. que se desarrollan estos relatos donde la monstruosidad es tan familiar como posible, tan fascinante como cercana e insoportable.

Un realismo del terror

En Sacrificios humanos hay un ambiente de pesadilla, de muy mal sueño. En él el terror no tiene que ver con lo sobrenatural ni con lo inhumano sino con todo lo contrario. Escritos entre julio y septiembre de 2020 en pleno confinamiento por el Covid-19 en Guayaquil -uno de los lugares donde el virus mostró más rápidamente sus peores consecuencias: muertos en las calles, pronto colapso del sistema sanitario, etc.- estos relatos condensan la experiencia del terror con una prosa dura, filosa y con un alto poder de atracción.
“Qué imprudente, qué loca, dirán, pero quisiera que me vieran sin documentos en un país extranjero contando y alisando los pocos billetes para poder pagar la habitación y comprar una barra de pan y un café solo”, narra Ampuero en Biografía, el primer relato del libro, donde ficcionaliza una situación de exposición al peligro que ella experimentó, llevada por la necesidad más elemental, luego de intentar vanamente conseguir trabajo. No cualquier trabajo sino aquellos pocos que están habilitados por la clase, el género y la inmigración ilegal.

Cuestiones todas que marcan a fuego el límite de lo posible y que exponen con particular poder de síntesis la realidad de una mujer indocumentada en un país extranjero. Ampuero apuesta a describir esas situaciones con el recurso simple y sobrecogedor de enumerar verbos en infinitivo: “limpiar, cuidar, cocinar, lavar, coser, vender, repartir, clasificar, recolectar, apilar, reponer, cultivar, atender, vigilar”… Esa marca de estilo, ese modo de contar, vuelve su prosa un imán al cual se dirigen un sinfín de elementos que van armando una constelación profundamente realista y que es el mejor modo de construir una atmósfera de terror, que no es otra cosa más que el peligro cercano y conocido del sacrificio humano y de la permanente exposición al mismo en la vida de hoy.

Algunas lecturas de la crítica han reparado y destacado un supuesto naturalismo en Sacrificios Humanos por su innegable y evidente apuesta por lo micro y el detalle. También han visto en estos relatos una filiación con el gótico en su modo de construcción del terror. Pero más que filiaciones con movimientos literarios lo que primero aparece en la lectura es un gran uso del registro realista propio de varias zonas de la industria cultural.

Ampuero parece poder verlo todo, registrar lo importante y contarlo de manera simple y directa. En sus descripciones de espacios, problemáticas y situaciones aflora un ojo crónico que sabe mirar con el auxilio de un oído predispuesto a escuchar, ambos elementos fundamentales del buen periodismo y de la crónica urbana. La literatura llega después, y lo hace muy bien, pero pisa sobre el sólido terreno de lo visto y escuchado, esto es de los materiales, eso se nota.
Así, a través de guiños de una realidad multiforme pero conocida, se interpela desde lo vivido y experimentado, como la crueldad de la infancia que recluta secuaces y no amigas para atacar a una chica diferente por ser gorda, como sucede en Hermanita -uno de los relatos- o la brutalidad heterosexual de otros niños que obligan a su hermano a “esquivar cocachos”, a aguantar que le digan “marica, maricón, maricueco, mariposa”, etc. y a ensayar maneras de terminar con eso como “aguantar la respiración tanto que parece que el aire ya no es necesario”, como en Freaks.

El efecto es una lectura tensa, nerviosa y, por momentos, agobiante, pero de ojos abiertos frente a lo real. Como, por ejemplo, cuando lo que se pone frente al lector es el miedo a la inminencia de ser víctima de un femicidio apelando a cierta memoria de imágenes que, como fogonazos, reponen lo ya visto en alguna parte.

“Las que se comieron las hormigas, las que ya no parecen niñas sino garabatos, las muñecas descoyuntadas, las negras de quemaduras, los puros huesos, las agujereadas, las decapitadas, las desnudas sin vello púbico, las despellejadas, las bebés con un solo zapatito blanco, las que se infartan del terror de lo que les están haciendo, las atadas con sus propios calzones, las vaciadas, las violadas hasta la muerte, las aruñadas, las que paren gusanos y larvas, las mordidas por dientes humanos, las magulladas, las sin ojos, las evisceradas, las moradas, las rojas, las amarillas, las verdes, las grises, las degolladas, las ahogadas que se comieron los peces, las desangradas, las perforadas, las deshechas en ácido, las golpeadas hasta la desfiguración”.

Larga lista que hace imposible el recorte incluso frente a la evidencia de una cita textual tan larga. No hay manera de cortar porque estas imágenes que aparecen con la fugacidad del videoclip en su puesta en palabras se vuelven eslabones de una cadena que muestra que la adición es un buen recurso para visibilizar la imposibilidad de descomponer una totalidad descompuesta. “Ellas, todas ellas, pidieron ayuda a dios, al hombre, a la naturaleza”, señala la autora como un modo de entender a esa totalidad y a sus instituciones para rápidamente insistir en el desamparo de las víctimas: “Dios no ama, los hombres matan y la naturaleza hace llover agua limpia sobre los cuerpos ensangrentados, el sol blanquea los huesos, un árbol suelta una hoja o dos sobre la carita irreconocible de la hija de alguien, la tierra hace crecer girasoles robustos que se alimentan de la carne violeta de las desaparecidas”. No hay redención ni piedad ni en la sociedad descripta ni en la prosa de Ampuero, que quizá si tenga algo de catarsis o purga.

El cuerpo de las palabras

Ampuero escribe desde el cuerpo, pero no como un cuerpo moldeado por el poder, como el escenario de las operaciones de dispositivos, de tabúes y de leyes -aunque todo eso está. Tampoco su escritura es la respuesta a ese poder o a esos dispositivos. La de Sacrificios Humanos es una palabra más radical: corroe, destruye, rompe, desmenuza, pero no con la precisión y la asepsia del cirujano sino con la brutalidad del cuchillazo. Ese origen es lo que le permite ponerse todas las pieles en forma de narradores de estos relatos que abarcan un amplio abanico de débiles, marginales, mujeres violentadas y otras formas de lo hundido.

Hay dos relatos donde lo político enhebra la trama de modo directo: Creyentes y Lorena. En el primero una huelga general sin organización da comienzo al “todos contra todos”. De un lado los explotados de siempre le dan rienda suelta a la venganza directa, al asesinato cruel. “Nos están matando, María. Váyanse mientras puedan”, suplica un personaje. Del otro lado, la narradora cuenta que “la policía iba a los barrios de los obreros y violaba a sus madres y a sus hijas y a sus hermanas y a sus abuelas. Después se llevaban todo lo de valor y quemaban sus casas”, buena descripción de la última presencia del estado en el caos. El orden tan deseado vuelve como promesa, en la cabeza de una niña que ve en los creyentes que alquilaron una pieza en su terraza a hombres buenos que pueden terminar con el desastre, quizá por su vocación religiosa y a pesar de su pederastía.

En el segundo, Lorena se enamora de la persona precisa y en el lugar indicado de cualquier comedia romántica. Se enamora de un “gringo” y en EE.UU. siendo ella una extranjera ilegal. Muy pronto todo se volverá real. Será cuando ese “sueño americano con verga” muestre su verdadero rostro de imperialismo decadente, de violencia de exportación regada en Budweiser, devenida en combustible para la misma violencia puertas adentro. Sin embargo, no hay que confundirse: la política está en todo el libro como parte de ese ambiente terrorífico en forma de patriarcado, de capitalismo y todos sus monstruos.
La lectura de Sacrificios humanos reclama su fin como un modo de aliviar la tensión que producen estos relatos. El alivio llega al momento de cerrar el libro pero dura exactamente el tiempo que se tarda en volver a mirar por la ventana, salir a la calle o encender el televisor.

 

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