Cultura
15/8/2026
Cuentos para quemar con un encendedor
Libro de Sebastián Fischer, recientemente editado por Orsai.
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Hay títulos que parecen una provocación. Cuentos para quemar con un encendedor, de Sebastián Fischer, es uno de ellos. Al principio sugiere humildad -o incluso desconfianza del propio autor hacia su obra- pero al terminar el libro, el lector descubre que el encendedor deja de ser un objeto y se convierte en un símbolo de la memoria.
Fragmentos del cuento Resistencia: "La marcha de la Resistencia la organizaban cada año las Madres de Plaza de Mayo y consistía en dar vueltas al monumento durante 24 horas seguidas. Yo pensaba que como hijo de desaparecidos mi vida era un poco eso: resistir y dar vueltas siempre sobre un mismo lugar, una misma ausencia, un mismo dolor...".
En los cuentos, cuya lectura es ágil y entretenida, presenta situaciones de realidad y ficción en los ambientes con agudos detalles que nos transportan al momento descrito. Son relatos de infancias, adolescencias, barrio, militancia y amoríos frustrados, calles porteñas. También calles del insilio* y del exilio, político y económico.
Algunos datos biográficos ayudan a iluminar la lectura de estos cuentos: nació en 1972, pertenece a una generación que se crió hasta la adolescencia bajo el régimen de restricciones y terror de la dictadura y empezó a caminar la calle en democracia. La historia que marcaría toda su vida comenzó cuando tenía apenas dos años: su padre, Jorge Fischer fue fusilado por un grupo de la Triple A por ser delegado sindical clasista.
Sebastián Fischer tuvo recorridos como fotógrafo , militante, actor. Como fotógrafo, Fischer parece narrar desde el encuadre antes que desde la explicación. Cada escena está construida con detalles precisos que permiten al lector completar el resto de la imagen.
Mediante una escritura cuidada nos lleva a compartir alegrías, aventuras y frustraciones que esta generación vivió en situaciones tranquilas, trágicas y a veces desopilantes.
Sus cuentos no hablan solamente del pasado. Hablan de cómo ese pasado sigue filtrándose en la vida cotidiana, en los afectos y en las decisiones de varias generaciones.
Hay relatos marcados por la melancolía y el amor recibido y perdurable, donde imágenes que el protagonista retiene desde su más tierna infancia le aparecen como espejos que se le reflejan en cada momento y no se olvidan. Otras donde el absurdo y el peligro conviven repitiendo cuadros que transportan a distintos lugares en que los personajes juegan con la vida y la libertad con una liviandad inexplicable, Hay sorpresa cuando se usan recursos en episodios que muestran estrategias que solo a un adolescente creativo se le pueden ocurrir para llegar a la meta propuesta.
Los relatos llevan a lectores de diversas edades a sentirse identificados o descubrir contradicciones que vivimos y muchas veces nos pasaban desapercibidas. En los relatos se rompen mitos sobre la transparencia supuesta que distintas generaciones transitaron con padres o hijos. Aparece el rol de los mandatos familiares y los secretos.
La obra puede leerse en cualquier orden pero el primero y último cuento tienen una lógica de orden que no sólo explica el título: invita al lector a preguntarse qué lugar ocupa hoy la memoria cuando las tragedias del pasado parecen alejarse con el tiempo. Quizás, por eso, estos cuentos, en realidad NO fueron escritos para ser quemados. Fueron escritos para recordar qué ocurrió cuando hubo quienes quemaban nombres, libretas y vidas enteras. El encendedor deja de ser un objeto cotidiano para convertirse en un símbolo de aquello que una sociedad nunca debería volver a naturalizar. Esa es, quizá, la mayor virtud del libro: recordar sin solemnidad, con una nostalgia que nunca inmoviliza y con una advertencia que nunca cae en el panfleto.
*Insilio: refiere a quienes no pudieron exiliarse del país entre el 76 y 82 siendo que estaban en alto riesgo de ser desaparecidos y acomodaron su vida a una forma clandestina y huidiza dentro de las fronteras.



