31/07/2020

“Desplazados”: la crisis de los migrantes y refugiados en centros de detención

La miniserie de Netflix se basa en una historia real sucedida en Australia.

Un centro de detención obligatoria, para inmigrantes ilegales que ingresan a tierra australiana, es el escenario de Desplazados, una miniserie de Netflix de seis capítulos, coproducida por la actriz Cate Blanchett y estrenada recientemente. Se basa en la historia real de una ciudadana australiana, Cornelia Rau (Sofie en la ficción), que estuvo detenida ilegalmente entre 2004 y 2005, durante 10 meses, como parte del programa de detención obligatoria de su país. El escándalo de su caso destapó la olla de cientos de detenciones ilegales y otros abusos por parte del gobierno y su Departamento de Inmigración y Asuntos Multiculturales e Indígenas (DIMIA).

La historia gira en torno a la detención de Sofie, que está intentando huir de su país con un pasaporte falso y, a la par, de la de una familia de afganos que están escapando del régimen talibán y son estafados por un traficante de personas. Durante el encierro convivirán con una amplia gama étnica de detenidos que incluye iraníes, coreanos, afrodescendientes y kosovares; un policía que acaba de sumarse al equipo del centro de detención y la jefa del equipo de migración. Al estar centrada en la joven blanca australiana, la serie pierde la fuerza de la denuncia al no meterse más de lleno en la crisis de los migrantes. A pesar de ello, está presente la crítica a la burocrática y represora política migratoria.

¿Qué son los centros de detención de migrantes?

Se trata de cárceles que buscan disuadir a las personas que migran en búsqueda de asilo. Familias enteras pasan años encerradas esperando que les asignen una Visa o finalmente decidan deportarlos. “Los grupos de derechos humanos los consideran [a los centros de detención] una violación a las leyes internacionales. El gobierno australiano dice que son esenciales para regular el flujo migratorio” (The New York Times, 30/6/19). Esta denuncia se encuentra presente en la trama de la miniserie y no es de extrañar, ya que Cate Blanchett es activista por los derechos de los refugiados.

Cabe destacar que quienes son detenidos son inmigrantes ilegales, pobres, que huyen de guerras y dictaduras. A nivel mundial, se atraviesa una crisis histórica en materia de desplazamientos. Acorde a un informe reciente de las Naciones Unidas para los Refugiados de la ONU (18/6), a fines de 2019 eran 79,5 millones de personas las que habían sido “forzadas a huir de sus hogares” y se encontraban desplazadas, entre las que estaban en otras áreas de sus propios países (45,7 millones), en otros países (29,6 millones) y las que esperaban el resultado de solicitudes de asilo (4,2 millones). El 80% se encuentran en países o territorios afectados por inseguridad alimentaria aguda y desnutrición; muchos de ellos también provienen de territorios que enfrentan riesgos climáticos y de desastres naturales. El 40% de los desplazados “son niños y niñas, lo que equivale a las poblaciones enteras de Australia, Dinamarca y Mongolia juntas”. Se trata de cifras muy preocupantes que tienden a aumentar año tras año, empujadas por las políticas de los Estados imperialistas -y sus cómplices en territorio- de incentivo a las confrontaciones bélicas y ahogo económico y sanitario de las poblaciones.

La miniserie se hace eco de las movilizaciones que buscan persuadir a los gobiernos para que brinden libertad y asilo a los refugiados, a la vez que intenta mostrar la burocracia que hay detrás de las oficinas gubernamentales que deben atender los asuntos de los migrantes. Dependencias atestadas de legajos que nadie atiende conviven con la brutalidad de un sistema que trata a quienes migran como delincuentes.

En el enfoque de la ficción, no todos los funcionarios y policías son iguales en la mano dura y el abuso de poder, pero aquellos que no aparecen, con todo, adaptados al sistema podrido y no lo combaten. Incluso con la concesiva línea de que “hay policías buenos y policías malos”, reconoce que los primeros nunca encarnarán un proceso de cambio. En el mejor de los casos harán la vista gorda a la violencia que ejercen sus superiores, o terminarán por renunciar.

El Estado es responsable

Sin dudas la serie responsabiliza al Estado australiano por la situación en la que se encuentran los aspirantes a ser asilados. En varias escenas muestra cómo son los funcionarios de altos mandos los que se preocupan por tapar los vejámenes que se producen en estos centros de detención. Y como la presión de la prensa y la intervención y denuncia de los organismos de derechos humanos son los que intentan echar un poco de luz sobre esta enorme tragedia social.

Las múltiples denuncias de los organismos de derechos humanos señalan también que muchos refugiados no solo son víctimas de golpizas y torturas, sino que además intentan suicidarse dentro de los centros de detención. La ficción muestra un poco el abandono, el desamparo y la desesperación que sienten las personas que terminan allí marginadas. Aunque elige no hacer hincapié en los distintos tipos de violencia física y psíquica que padecen los refugiados, no dejan de estar presentes. Se pierde bastante en contar historias personales que, si bien acompañan al relato, también amortizan lo que contado de otro modo significaría un cachetazo de realidad que difícilmente pudiera ser consumido en el pochoclo del streaming.

Algo que destaca la serie es la precariedad sanitaria de estos asentamientos. Esta situación es aún más explosiva en la crisis del coronavirus. El aislamiento social y las medidas de prevención son imposibles de adaptar en los contextos de encierro, como lo vienen demostrando los contagios en las cárceles. Sumado a esto, como informan diversas ONGs, estas personas “ya soportan la carga de muchas enfermedades infecciosas, incluida la neumonía, la malaria y el cólera, y sus familias ya luchan por obtener una atención médica adecuada” (Save The Children, 2020).

Con sus aciertos y límites, Desplazados aparece como un emergente de un fenómeno catastrófico, de migraciones masivas en las que muchas y muchos pierden la vida escapando de las torturas de sus tierras natales, y de las burocracias y violencias con las que son recibidos. Una durísima realidad que está lejos de ser potestad de Australia, y se vive a diario en el mundo, inclusive en los países que posan de “democráticos” como Francia y Estados Unidos. El resultado de un nefasto sistema, el del capital, contra el cual debemos organizarnos y rebelarnos quienes luchamos por la libertad en un mundo de iguales.

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