23/12/2021

“Diciembre”, el documental

Se estrenó el film de Alejandro Bercovich y César González sobre el Argentinazo.

Esta semana se estrenó el documental Diciembre, con dirección compartida entre Alejandro Bercovich y César González, y con guión de Nahuel Prado. A 20 años del Argentinazo, la obra se coloca inequívocamente en el terreno de la reivindicación de la rebelión popular. Por un lado, el film recoge testimonios de protagonistas “de abajo” de aquella jornada. Con el recurso ficcional de presentar a una joven nacida el 20 de diciembre de 2001, se desarrolla un recorrido de relatos de aquellas jornadas en boca del propio Bercovich -presente en la plaza-, de un motoquero -al frente de la “primera línea” del bando popular contra la policía-, de la compañera de Gastón Riva, una de las víctimas de las balas estatales, y de diversas personas presentes en los saqueos sucedidos en el conurbano bonaerense. Por otro lado, se eligieron testimonios políticos, que incluyen protagonistas del poder del Estado en aquel entonces (como Duhalde, Ruckauf o Colombo), periodistas y dirigentes de diversas extracciones, como el kirchnerismo o el autonomismo (Grabois y Zamora, por ejemplo).

Uno de los méritos que tiene el documental es la denuncia contundente de la responsabilidad política con relación a los crímenes policiales de esas jornadas. La recopilación de material fílmico ilustra con crudeza la salvaje represión, que incluyó no solo disparos a mansalva con municiones de plomo, sino también detenciones ilegales y torturas, como las que sufrió el entonces militante del gremio judicial y de la organización H.I.J.O.S. Eduardo “Wado” De Pedro (actual ministro del Interior). Es significativa la cerrada defensa que hace Duhalde de la “falta de responsabilidad” de De la Rúa al respecto. Como bien señala María del Carmen Verdú en su entrevista, es una defensa propia, pues él también debería rendir cuentas por los crímenes de Kosteki y Santillán, que son colocados, así, como una continuidad de la represión del diciembre previo.

Otro acierto original del documental es la forma en que son presentados los saqueos, con relatos de personas que participaron de ellos en los barrios más castigados del conurbano, como el Carlos Gardel de Morón. Para el Partido Obrero, el saqueo no es una salida para los explotados; por eso, siempre llamamos a “pasar de largo los supermercados” y dirigirnos hacia el poder político. Sin embargo, hacemos este planteo como una perspectiva superadora y de ninguna manera desde la condena. En este punto, el documental ilustra correctamente el drama social que desemboca en el saqueo, apartándose de la moralina burguesa o pequeñoburguesa que evita comprender un fenómeno bajo el peso de los límites que exigen las relaciones sociales vigentes. “Si no había saqueos, esa navidad y ese fin de año no sé lo que hubiéramos comido” dice un testimonio estremecedor. Trabajadores y trabajadoras privados siempre de lo más elemental relatan que “pudimos una vez comer asado en navidad”.

Hay señalamientos interesantes sobre los paralelismos entre los diciembres de 2001 y 2021. Soledad, la joven de 20 años, habita el conurbano, está desocupada e ingresa en escena tras una entrevista de trabajo -otra más-. El motoquero de 2001 es emparentado con la juventud precarizada y superexplotada de las aplicaciones. A la vez, la visita al barrio Carlos Gardel refleja la actual presencia intimidatoria y represiva de los controles de Gendarmería, que “nos para a cualquier hora, en cualquier momento”.

La película deja picando ciertos problemas políticos que no profundiza. De la entrevista con Ruckauf, por ejemplo, está el registro de una frase casi al pasar que tiene un enorme significado. Hablando sobre el “que se vayan todos”, el exgobernador bonaerense afirma con sorna “me fui yo solo”. En efecto, es el gran problema inconcluso del Argentinazo. Tras la enorme convulsión, se produjo un reciclaje mediante el cual permaneció todo el personal político del régimen que eclosionó en 2001, desde quienes aparecen en el documental y fueron protagonistas principales del desastre de la Alianza -como López Murphy o Bullrich- hasta quienes no, pero fueron partícipes necesarios de las listas de Cavallo (como el actual presidente Fernández o su ministro Béliz) o de diversos cargos en el aliancismo (Feletti, Giorgi). En el documental, el duhaldismo es adecuadamente ubicado como continuidad represiva del gobierno de la Alianza, lo cual amplía la lista de quienes “se quedaron”, como Solá o Aníbal Fernández. “Ni Grosso ni Manzano, basta de delincuentes” rezaba un cartel de la Plaza de Mayo del 19 de diciembre que se ve en la película: ambos continuaron haciendo negocios diversos con el macrismo y el oficialismo actual. Lo mismo vale para la burocracia sindical, por eso es una importante elección del film recordar el momento en que las personas que manifestaban en las puertas de la Rosada gritaban “adonde está, que no se ve, esa famosa CGT”.

Esta continuidad, sin embargo, no es un hecho “natural” -debe ser explicada-. Según dice Grabois al ser entrevistado, “el peronismo era algo decadente y vaciado, carente de pueblo”, pero “Néstor Kirchner supo interpretar ‘la música que sonaba’” con relación a ponderar a las Madres de Plaza de Mayo e integrar a los movimientos sociales. Es curioso que no explique por qué las mismas personas que habían privatizado todo, indultado a los genocidas y endeudado al país con el menemismo hacía muy pocos años a partir de esa rebelión popular debieran modificar la forma de encarar su gobierno, con diversas medidas de contención social. Para eso, es necesario señalar el carácter reaccionario de esa cooptación, que integró al Estado a organizaciones históricas de lucha, llevándolas a silenciar los reclamos del presente. Desde luego, Grabois es protagonista de esa integración.

Como se sugiere en el film, es cierto que tanto el kirchnerismo como el macrismo son a su turno consecuencias de la rebelión popular. De un lado, mediante una política para integrar a parte del movimiento del Argentinazo a una política de la clase capitalista – “reconstrucción de la burguesía nacional”-, valiéndose de una “transversalidad” frente a la disgregación de los partidos tradicionales. Del otro, con un ángulo derechista, “antipolítica”, de defensa del orden y la “gestión”. En ambos casos, sin embargo, no hubo creación profunda de movimientos políticos nuevos -y los que existieron, se integraron al pejotismo, como La Cámpora-. Es decir, no hubo superación cualitativa del pasado. Todos se nutrieron de los viejos aparatos de los partidos tradicionales de la burguesía y la pequeñoburguesía; por eso en el Pro está lleno de “punteros” pejotistas (Santilli, Ritondo) o radicales. El kirchnerismo, por su parte, armó una “concertación” con residuos de la Alianza (radicales y frepasistas) y nunca se independizó del aparato histórico del PJ (finalmente, su origen). De fondo no hay simplemente cálculos: es la clase social a la que representan. La burguesía -sin entrar en detalles respecto de sus fracciones, divisiones y demás- “lee” la situación y busca formas de acomodarse para un mejor ejercicio de su poder. Así, los menemistas del pasado se calzaron el pañuelo de las Madres cuando fue necesario. A 20 años, el resultado de esos “experimentos” es tremendamente negativo: ni en los “mejores momentos” bajó la pobreza a menos del 30%; la precarización laboral tiene una extensión sin precedentes históricos y la autonomía nacional retrocedió varios casilleros. Quienes gobernaron en las últimas décadas deben rendir cuentas.

¿Qué hacemos, entonces, los trabajadores y trabajadoras frente a esa situación? No creemos que sea, como plantea Zamora en el film, mediante el movimientismo y una expectativa en la mera espontaneidad de las masas. Para evitar “que se queden todos” y avanzar en un “gobierno de las asambleas populares y los trabajadores”, como decía una bandera de 2001 que aparece en la película, lxs trabajadorxs debemos reforzar nuestra organización independiente, dotarla de un programa y pelear por un poder propio.

La reivindicación de la rebelión y su carácter combativo es un punto de partida ineludible, lo cual es un aporte de la película en cuestión. Para la pregunta que deja planteada al final (¿hay que pagar o no la deuda al Fondo?), compartimos la respuesta con varios de sus realizadores: no, y nos movilizamos para ello. La sombra de “Diciembre”, finalmente, condiciona al conjunto de la situación política, tal cual ilustra el recule del gobierno chubutense frente al levantamiento popular antiminero. Como fue dicho tantas veces, “20 años no es nada”.

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