18/09/2020

Dios era negro y zurdo: a 50 años de la muerte de Jimi Hendrix

Cuando se cumple una nueva década de su fallecimiento, compartimos el artículo publicado en Prensa Obrera en septiembre de 2010, en ocasión de los 40 años.

Hace 40 años, en una solitaria habitación del Hotel Samarkand de Londres, se apagaba la vida del hombre que musicalizó una de las etapas más convulsionadas y creativas de la historia contemporánea: Jimi Hendrix.

Nacido en un humilde barrio de Seattle, Hendrix vivió su infancia bajo los parámetros a los que el segregacionismo norteamericano condenaba a la comunidad negra de todo Estados Unidos, que limitaba a cualquier negro a conseguir los trabajos peores pagos, a la actividad religiosa, a la vida castrense o, con más suerte, a ser un músico de blues en búsqueda de un puñado de dólares que le permitieran pasar el mal trago.

Guitarrista autodidacta, Jimi pasó su adolescencia tratando de emular a sus referentes musicales, que iban desde el Blues de Elmore James y Muddy Waters hasta el Rock ‘n roll de Chuck Berry.

Obligado por la justicia a enlistarse en el ejército a los 19 años (el cual buscó abandonar mediante todo tipo de formas, incluso tratando de convencer al alto mando de que era homosexual), Jimi Hendrix comenzó una etapa errática de su vida, que lo encontrará en pequeños grupos de rhythm and blues y soul sin mucha trascendencia, pero que le permitirán desarrollar una teatralidad sobre el escenario que lo acompañará en toda su carrera. Teatralidad que buscará expresar con su cuerpo la necesidad de que la guitarra no sea un simple instrumento que acompañe matemáticamente una melodía o un ritmo, sino que sea de alguna manera también la caja de resonancia de la convulsionada década que estaba viviendo.

Alejado ya del ensordecedor racismo sureño, Hendrix se instaló en Nueva York, formando parte de varios grupos que permitieron desarrollar aun más su bagaje musical.

Pero fue aquí donde dos hechos alimentarían su estética musical en 1966, que él sostendría a partir de ese mismo año: su primer encuentro con un nuevo accesorio de sonido llamado «pedal wah-wah» y la formación, previo viaje a Londres, de su grupo más consagrado, The Jimi Hendrix Experience.

Conformado con el esquema de «power trío», The Jimi Hendrix Experience fue la banda que haría explotar en Hendrix toda su creatividad en pleno auge de la psicodelia. Su empírica, que iba más allá de los clásicos acordes musicales, apelaba a los sonidos de la naturaleza y la vida urbana. El feedback, los acoples, la distorsión, los pedales, el volumen alto y su zurda ejecución de la guitarra retorcían al sonido haciéndolo música hasta en sus errores técnicos.

Hendrix le hacía recordar al rock ‘n roll sus raíces bluseras, pero sin quedarse en el lamento del canto afroamericano esclavo. Tal vez, las revueltas anti-racistas de esos años también hacían eco en su guitarra.

Hendrix fijó un estándar nuevo para el panorama de la guitarra eléctrica de su tiempo, la que hasta entonces había estado en manos de grupos más concentrados en la canción y menos en el sonido -como los Beatles, los Rolling Stones o los Kinks entre los más populares- que años después le abriría las puertas a guitarristas virtuosos como Jeff Beck, Eric Clapton, Jimmy Page, Ritchie Blackmore y Tony Iommi, entre otros.

Jimi Hendrix en el Monterey Pop Festival, el 18 de junio de 1967.

Desde lo sonoro hasta lo visual, sus actuaciones se transformaron en leyenda, como su asalto escénico en el Monterrey International Pop Festival en 1967. Fue la noche en que Hendrix tocó su guitarra Fender Stratocaster en la espalda y con los dientes, en que la hizo chocar contra el pedestal del micrófono y contra los amplificadores, en que terminó azotándola hasta hacerla pedazos contra el escenario y los parlantes: todo lo que después se iba a transformar en un ritual vudú, Hendrix lo hizo entonces como nadie antes lo había hecho. Hizo algo más, desde luego: prendió fuego al instrumento, en el momento máximo de paroxismo. En su caso, ésa siempre será la mejor metáfora para describir su manera de tocar. Pero esa noche no fue una metáfora, fue literal.

Pero, sin duda alguna, su más lúcida interpretación fue en Woodstock en 1969, con su versión electrocutada del himno nacional estadounidense, donde se podían escuchar en medio de dicha «canción patria» los ecos de las bombas y el napalm que caían en Vietnam.

Su muerte -la que para muchos es aún un misterio que ronda entre las adicciones, la mala praxis de un paramédico y las ambiciones homicidas de su manager- no fue un hecho que cerró un capítulo de la música.

El sonido de Hendrix ha sido la piedra fundamental de los géneros que aparecieron en los ’70, como el funk, el heavy metal, el rock sinfónico y el disco.

Jimi Hendrix, el negro al que de niño no le tenían permitido entrar a un típico negocio sureño por una gaseosa, terminó entrando por la puerta grande de la historia de la música y la cultura de masas.

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