29/03/2021

“Donde no hago pie”: el abuso sexual infantil en el laberinto de la justicia

El segundo libro de no-ficción de Belén López Peiró.

«Donde no hago pie» es el segundo libro de no ficción de Belén López Peiró, recientemente publicado por el grupo editorial Penguin Random House. En él la autora cuenta el duro proceso judicial que tuvo que atravesar a partir de la elevación a juicio oral y público de la causa por abuso sexual que en 2015 había iniciado contra su tío, un comisario de la policía bonaerense con treinta años de antigüedad.

Su primer libro, «Por qué volvías cada verano», editado en 2018 por el sello independiente Madreselva, tuvo una enorme repercusión al calor del movimiento de mujeres, por la crudeza con que describe y da testimonio de esa situación de abuso intrafamiliar que la autora vivió entre los 13 y 16 años.

En aquella primera obra, la historia se construyó en torno a la revictimización de la que fue objeto por parte de los distintos agentes del sistema judicial (abogados, psicólogos, empleados) desde el momento en que decidió contar los hechos, pero también por parte de su entorno familiar más cercano.

Una a una la autora reproduce ese coro de voces que, en lugar de cuestionar al abusador, le devolvían la sospecha bajo la forma de una serie de preguntas que condensa el título del libro: ¿por qué tardó tantos años en denunciar?, ¿por qué volvía cada verano?, ¿a dónde estaba su madre?, ¿por qué no se resistió, por qué permitió que se perpetuara? Esta polifonía alterna con el registro directo de las declaraciones testimoniales y logra hilvanar para el lector una respuesta a las preguntas que realmente debían haberse formulado: ¿en qué contexto familiar es posible un abuso?, ¿cómo se ejerce?, ¿cómo construye el abusador aquel manto de silencio, coerción e impunidad que se quiebra cuando la víctima toma la decisión de presentar la denuncia?

En esta segunda entrega, la apuesta en relación al género es más compleja. López Peiró, periodista de profesión, amplía el inventario de recursos de la non- fiction. El relato se construye a partir de la crónica del proceso judicial como trama central que, con el aporte de otros materiales como notas periodísticas, imágenes, fotografías, mapas intervenidos, perfiles, chats, páginas web, relatos de infancia y registros oníricos va componiendo el rompecabezas de su propio caso en un juego de espejos muy particular en el que la investigadora es también la víctima.

Encontrar las palabras

“¿Qué es la memoria?”, se pregunta la autora. ¿Son esas voces que en el primer libro hablan dentro suyo, a través suyo, esas voces que forman un solo coro y que apenas puede distinguir? Pero entonces, “¿dónde está mi voz?”, sigue preguntándose.
Si el primer libro estaba poblado de silencios -silencios que eran cruciales para reconstruir el anudamiento-, en este segundo libro ella se permite bucear los recuerdos -algunos más difusos, otros más vívidos- para poder avanzar con algún sostén en ese lugar donde no hace pie. Así, surgen algunas palabras contundentes que ubican a cada voz dentro del proceso: ACUSADO, DEFENSOR, VÍCTIMA, QUERELLA, FISCAL, JUEZ aparecen ahora en mayúsculas, asumiendo cada una su rol.

Se habla cuando se puede, cuando se encuentra un resquicio para respirar y para quebrar la sensación de ahogo e inmovilidad que permita romper el silencio. Eso queda bien claro en la historia. A veces ni siquiera es cuestión de voluntad, sino de que el tiempo vaya diluyendo las huellas del abuso en el cuerpo. “Fusionada con el abusador, no era dueña de mí”- la autora sintetiza el momento con una mirada en retrospectiva.

La protagonista de Cuando no hago pie es una Belén algo diferente, una víctima que se pregunta qué es la reparación, si se puede reparar un cuerpo como se repara una taza rota y si, de existir alguna posibilidad, esta tiene que ver con la memoria o con el olvido. Belén empieza a posicionarse del lado del hacer, poco a poco va dejando de ser una adolescente amordazada para convertirse en una mujer que ratifica los hechos y que es capaz de esbozar una respuesta a la pregunta de su abogada: “¿Y vos qué querés?”. El contexto social es el marco de esa transformación: pasó el tiempo, corrió el año 2015 y se convocó a la primera marcha de #Niunamenos; en la prensa global resonó el «Mee too», una consigna viral que se originó en 2017 en Hollywood pero que visibilizó mundialmente las denuncias por abuso sexual en los ámbitos laborales; es 2018 en Argentina y el movimiento de mujeres está en plena efervescencia, elevando las consignas de la Educación Sexual Integral laica y científica y los pañuelos verdes del aborto legal. En su localidad hay organizaciones civiles y políticas con las que Belén han tejido redes. Ahora, aunque por momentos su cuerpo parezca desbordar de somatización, ella recopila, investiga, ordena. Todo eso la lleva a poder decir, hacia el final del libro, “yo quiero esto”.

 

El abuso sexual infantil y el arduo proceso de denunciarlo

Como surge de los relatos de infancia y del interrogatorio que se reproduce en el libro, la víctima construye su propio valor a partir de la figura del abusador. Claudio, el tío de Belén, se presentaba como la única persona capaz de darle afecto, de ejercer el cuidado, como el único ser humano a quien ella podía recurrir. El siguiente paso fue ir sexualizando ese vínculo con la adolescente. La autora sugiere que el abuso sexual es siempre un crimen de poder, de doblegamiento de la voluntad y de sometimiento del cuerpo, que se realiza explícita e implícitamente, sembrando la duda y la culpabilidad para garantizar el silencio.

Al menos un 75% de los casos de abuso sexual infantil se producen en entornos intrafamiliares; más de la mitad de estos son perpetrados por una figura paterna (un padre o un padrastro). El agresor utiliza a un niño, niña o adolescente para lograr la estimulación sexual para sí o para un tercero. No es necesario que exista el acceso carnal para que quede configurado el delito. Esta caracterización suele ser suficiente para encuadrar el hecho cuando quien denuncia es menor de edad.

Sin embargo, cuando la denunciante es una mujer adulta, no es suficiente con probar el hecho. Debe además demostrar que no lo provocó, que es “una buena víctima”, que encaja en los parámetros de decencia que espera el jurado: nunca una mujer que coge, desea, baila, grita, que marcha en las calles. Debe parecer sumisa, inocente, recatada, despolitizada y, si es posible, algo infantil.

El sistema, lento y perverso, lleva a las víctimas a autogestionar su propio proceso judicial: conseguir abogados, sumar testigos, retenerlos, armar equipos de trabajo, administrar la visibilidad del caso y la relación con los medios, lidiar con la burocracia y los obstáculos, seleccionar a un jurado de 12 personas que va a decidir sobre ella sin conocerla; desmontar los prejuicios sociales que suelen poner en cuestión a la denunciante.

En esta misma línea, la abogada de Belén le anticipa las posibles estrategias que la defensa iba a usar contra ella: deslegitimar, descalificar, cuestionar la credibilidad de su discurso. Tiene que estar preparada para desarmar la pregunta “¿qué pretende ella con todo esto?”, como si tuviera que pedir disculpas a la sociedad por la molestia, y oír sentencias tales como “lo hace para ganar plata”, “ella fue quien lo buscó”, “se desfloró de muy chica”, “ya era puta desde los 12 años”, “y qué querés, con una madre ausente”, “está psiquiátrica”. En el pueblo de Santa Lucía, todos parecían creer que se trataba de un complot contra un “hombre de familia”, imagen que construía y reforzaba permanentemente el abusador en su triple jerarquía de hombre, figura paterna y fuerza de seguridad, con su hiperpresencia en todas las instituciones (policía, club, hospital, iglesia) e intimidando con la exhibición permanente de su lugar de poder: “El arma era una constante, como su uniforme y su camioneta”.

Podría decirse más. Podría haberse cuestionado del proceder de las médicas que minimizaron las lesiones cuando era una niña. Podría haberse adentrado en la cuestión de clase para contar cómo el tío de Belén también abusó de su empleada doméstica y así sumar a esa triple jerarquía masculina una cuarta, la del patrón. Podría haberse desarrollado la historia de Sofía, una prima mayor de Belén, que había sido la víctima anterior, para cerrar el perfil del abusador con un adjetivo –“serial”. López Peiró elige centrar el relato de los hechos en su propia historia y es, acaso, comprensible por el peso de la alocución.

Una mujer, muchas mujeres

“Desde la publicación del libro, me levanto cada día con el mensaje de una mujer. Todas ellas tienen algo en común: quieren contar su historia”. Así expresa la autora cómo vivió las repercusiones de aquél primer libro y sugiere un posible motivo: Por qué volvías cada verano condensa las experiencias de abuso intrafamiliar de muchas mujeres y fue un puntapié para hacerlas visibles.
Donde no hago pie, en cambio, es un acontecimiento literario que se inscribe en el devenir histórico de las luchas de género. Reivindicaciones que hoy toman forma en los reclamos por la efectiva aplicación de la Ley Micaela, por la adopción de una ESI laica y científica, contra la prescripción de las causas a los curas abusadores. Es un libro francamente no agradable, que transcurre en los laberintos del sistema judicial y que pone en primer plano las consecuencias directas de su proceder violento hacia las víctimas. Se siente como un golpe de puño, crudo, incómodo, pero necesario.

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