25/08/2021

El adiós a Charlie Watts, baterista de los Rolling Stones

“Prefiero tocar sutilmente que alardear con la batería”.

Este martes los diarios del mundo anunciaron que Charlie Watts, el mejor jazzero del mundo del rock, había fallecido a sus 80 años. La noticia, claro, fue recibida con tristeza en los rincones más variados en que exista amor por la música. Luego de haberse bajado de la gira anunciada por la banda inglesa dados sus problemas de salud, y a poco de haber superado una cirugía, el mítico baterista perdió la vida.

La forma que los simples hombres encontraron para medir el tiempo, calcularlo y compararlo no se antela ni se retrasa; obedece a una precisión casi robótica. Y siempre está ahí. Detrás de los sucesos frenéticos, el desmadre y el alboroto, siempre camina el tic que precede al tac. A menudo se nos olvida que cada suceso mundano se rige por un camino hacia adelante que todo lo perece. Y es también el que hoy permite contar la historia de un músico que tocó casi toda su vida en una de las bandas más legendarias de todos los tiempos; la que definió el estilo del rock moderno. Habla de las andanzas de un hombre que llegó a los escenarios grandes junto a superestrellas de lo más codiciadas que hayan existido, aunque eligió seguir siendo tan solo un (gran) músico.

«Todo el mundo piensa que Mick y yo somos los Rolling Stones. Si Charlie no hiciera lo que hace en la batería, esto no sería verdad en absoluto. Te darías cuenta que Charlie Watts ES los Stones» Keith Richards, 1979.

Los segundos, los minutos, las agujas y los relojes mucho tienen que ver con Watts. Aunque la percepción humana casi siempre atiende a estímulos más urgentes, todo se apoya sobre el tiempo y su andar. Charlie era algo así. Un show de los Rolling Stones podría ser recordado por los bailes de Jagger o por los riffs de guitarra de Richards. Probablemente ningún corpiño fue arrojado alguna vez a los pies de Watts en medio de un concierto. Un pensamiento azaroso sobre el grupo podría traer imágenes de promiscuidad sexual, de abuso de drogas, de noches interminables o del sabor raspante del estrellato. Pero el baterista poco tenía que ver con eso.

Sus videos lo muestran con una pose y una técnica propias de los grandes del jazz, pero tocando rock. Tomaba los palillos como quien toma las escobillas, pero para tocar rock. Nunca tuvo una pretensión de lucimiento individual, de demostrar virtuosismo, de gritar con soberbia al mundo que era un Rolling Stone. Aunque alguna vez, siendo entrevistado, dijo que elegiría mil veces más seguir siéndolo. Elegante y único en su estilo, siempre disfrutó su condición de reservado y de tranquilo. Alguna vez dijo, incluso, que después de tocar le gustaría “poder llegar a tiempo en la noche a su casa para dormir tranquilo”.

Quienes lo conocieron coinciden en que fue un buen tipo y un artista invaluable. Además de llevar el tiempo de los Stones, Watts era dibujante y conformó también una big band y un quinteto de jazz. Hablamos de un hombre que lo tuvo todo, pero que siempre lo movió “el amor al arte”. Su estilo delicado y preciso fue la bandera que lo definió en la música. Desde que comenzó a tocar con los Stones, hasta el que fue el último de sus días, mantuvo intacto su set en la batería. Juntos pasaron por etapas de blues, de rock tradicional; hasta recorrieron una experiencia con sonidos propios la psicodelia sesentera, y Charlie mantuvo siempre su esencia encajando bien en absolutamente todo. Es una de las virtudes que hoy le lloran los mejores músicos del planeta, que coinciden en el carácter indiscutible de su fineza.

Sería anecdótico entonces repasar los detalles que confirman a una persona que eligió la sencillez amén de las posibilidades que se le abren a quien lo logra todo. Por ejemplo, que se pasó casi toda su vida casado con la misma persona, Shirley Ann Shepherd, incluso a través de años en que romper el esquema de la monogamia y la familia tradicional era lo que pudiera esperarse de un rockstar genuino. Eligió no serlo, porque prefirió quebrar estructuras a través de los pentagramas. Con sus grandes dotes “jazzísticos” generó ritmos simples y complejos por igual. Nada tenían de rozar la perforación de un redoblante o volver aserrín los palillos contra el filo del hi-hat. Eran todo swing a un volumen prudencial. Watts era un matemático de las estructuras rítmicas, sin más ni menos. Uno de sus rasgos distintivos era el síncope, lo que en música es, por definición exacta, romper esquemas. Su secreto radicaba también en ubicar con justeza los silencios en los compases de 4/4. Sin necesidad de adentrarse tanto en la teoría musical, se puede simplificar, para dar una definición, que su magia era vaciar de potencia el momento exacto en que se espera que un baterista reviente una canción. Generaba un efecto de vacío que todo lo llenaba.

Restarán definiciones por parte de los Rolling Stones sobre cómo continuará la gira reprogramada para este 2021 a causa del Covid-19, No Filter Tour, de la que, de cualquier modo, Watts se había tenido que excluir por su salud. Es ilustrativo, desde este aspecto, que la banda fue una de las primeras de rock en lanzar una obra acerca de la pandemia; Living in a Ghost Town. Una canción que ya habían compuesto, pero que la propagación del virus en todo el planeta les dio el contexto exacto para sacar a la luz.

Desde nuestro humilde lugar nos sumamos a este adiós colectivo a una leyenda de la música. Convencidos de que en ese mismo carácter contradictorio del músico sencillo entre los rockstars, del jazzero tocando rock and roll, de los silencios que suenan mucho, la injusticia de que la muerte concentre la atención del espectador hará a su vez justicia en los días del mañana; y el modesto Charlie Watts será recordado como un pionero gracias a su invaluable talento. Que en paz descanse.

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