21/08/2020

El inefable Fogwill: a 10 años de su muerte

Sus bravuconadas públicas y una obra literaria marcada por la alusión, los cruces con la historia reciente y una visión particular del cotidiano.

A partir de que este viernes 21 de agosto se conmemora el décimo aniversario del fallecimiento de Rodolfo «Quique» Fogwill (1941 – 2010), diversas actividades programadas, desde el lunes 17 hasta el sábado 22 inclusive, plantean una revisita a su espinosa figura y a la persistencia del legado literario que dejó. Acá, algunas puntuaciones caprichosas.

Un aserto incontestable de Ricardo Piglia es aquel con el que describió a Fogwill como un Patricio Guillermo Kelly de la literatura. Las baladronas del escritor resultaron proverbiales; en sus intervenciones públicas no permitía que se le escapase ninguna oportunidad para repetir la rutina de un ejercitado sarcasmo, entrenamiento que, sin embargo, no lo eximió de tropezar torpemente más de una vez y caer en ruidosas incorrecciones políticas -por caso: atisbando quizá la contundencia que cobraría el debate sobre el aborto, con tenacidad declamaba un rabioso enojo hacia el pedido de su legalización, celebrando las represalias violentas que se perpetraban en Estados Unidos contra las clínicas que lo practicaban.

Comunicaba la sospecha de saber muy bien qué detalles del material inflamable de la realidad se hallaban a su alcance, estándole permitido combinarlos de tal modo que todas las entrevistas que ofrecía siempre dejaban algún rastro de los lugares frenéticos y sórdidos que recorrió: por ejemplo, el rédito económico obtenido de una actividad publicitaria en la que se desenvolvió a empujones de toxicomanía (fueron invención suya los chistes que acompañaban el envoltorio de los chicles Bazooka; a su usina creativa se debe, también, «el sabor del encuentro» al que una marca de cerveza invitaba por la televisión); cierto confuso coqueteo con personajes descompuestos, pero no siempre degradados en la jerarquía, del aparato represivo y de los servicios de inteligencia.

Puede arriesgarse que en su obra se empeñó, aunque con una mesurada desatención a los efectos de la polémica, por lograr un trabajo que diese cuenta de la imposibilidad de no valerse, para construirla, de los elementos constituyentes de cada período histórico que lo concernió como actor y testigo directo (aún así, nada más impreciso que pensarla desde los términos erróneos del realismo o de una apuesta por lo verosímil). De ahí que Luis Gusmán pondere a Vivir afuera, ante la perspectiva de escudriñar la década del ’90, como la novela en la que un número valioso de coordenadas, ubicadas dentro de la producción cultural de esos años, se despliegan, y por tal característica, brindan espesas capas de lectura con objeto de inteligir una época determinada; el autor y psicoanalista la emparenta con Los desnudos y los muertos, del norteamericano Norman Mailer. Vivir afuera fue considerada como la continuación de Los Pichiciegos, aquella novela que exhibe su condición de referencia artística obligada cada aniversario del desembarco argentino en Malvinas, los 2 de abril.

A ese tono bravucón, estentóreo, casi de impostura bélica, se opone un rasgo ineludible de los textos de Rodolfo «Quique» Fogwill: el tenue registro que apela a la alusión. Un entramado laxo que aloja circunstancias carentes de espectacularidad, el ritmo ralentizado y el tono asordinado de lo cotidiano (algo que se patentiza a través de la cualidad de evocación ensoñada que posee el relato «La larga risa de todos estos años»). Por él se cuelan los juegos de espejo que la literatura establece con la fachada de manifiesta normalidad que ostentan los acontecimientos triviales que se describen.

En el cuento «Muchacha punk», se lee cómo desde la vereda de una pizzería quienes se despiden del narrador lo hacen emulando los presumibles gestos de un entrevero a punta de cuchillo, y le espetan un memorable «Bay, Borges» -ya antes, en cierto intercambio vago de palabras, un apellido conduce a que se cite al poeta argentino Enrique Banchs-. Luego, la literatura irrumpirá bajo la forma de los volúmenes que son descubiertos sobre una mesa de luz de una habitación que se husmea: Cortázar traducido al inglés, Woolf, Blake, Philippe Sollers. Detectar que el cuento «Help a él» es la inversión explícita de un título clásico, si no universal, no abandona -por el contrario: remarca- la línea que traza la estratagema de esparcir señas opacas, claves laterales.

¿Qué insinúa que El extranjero de Albert Camus aparezca como el libro en el que se enfrasca la compañera del protagonista de la nouvelle Sobre el arte de la novela? Una de las especulaciones se orienta a entenderlo como una tentativa de demostrar cuán arbitrario y artificioso se revela el límite entre réplica, plagio u homenaje; la otra retoma el vínculo indisoluble que existe entre escritura y vida. Un viaje que se emprende para asistir al funeral de la madre; la lejanía geográfica que reforzó un distanciamiento no interrumpido por ninguna visita llevada a cabo durante el último período; el laconismo insalvable del hijo que precedió a la extinción

de cualquier muestra de afecto mutuo, se encuentran muy lejos de reclamarse como el producto exclusivo de la imaginación del argelino Premio Nobel.

Dijimos alusión, subrayamos la ligazón que conecta existencia y obra. Rodolfo Fogwill (él mismo convertiría su nombre en materia pasible de invención e intervención artística: la portada de sus publicaciones tendrían por única rúbrica el inconfundible «Fogwill») insistió en que no cabían dudas de que él era Jeremy Riltse, el apócrifo pintor cuyas peripecias biográficas incrustó Alan Pauls en su monumental novela El Pasado. «Quique» regresa como una de las voces invocadas por el intercolutor que orquesta el desgarrador «diálogo de los muertos», que el cordobés Silvio Mattoni transcribe en su poemario Tanatocresis.

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