31/10/2020

El juicio de los 7 de Chicago: la historia detrás de un film edulcorado (y a la medida de Biden)

Aaron Sorkin estrenó su segunda película como director, abordando uno de los casos judiciales de persecución política más escandalosos de la historia norteamericana.

“Nunca antes me habían juzgado por mis pensamientos”. Así resumía Abbie Hoffman, uno de los acusados, la motivación detrás del juicio hacia los “7 de Chicago” -o de los 8 o 10, según quien lo mire-, uno de los casos más emblemáticos de la política de persecución y aleccionamiento hacia el movimiento popular en Estados Unidos. El caso ha sido adaptado varias veces, tanto en formato documental como en ficción, debido a lo escandaloso y carnavalesco del proceso judicial.

Recientemente disponible en Netflix, Aaron Sorkin agrega una nueva versión de los hechos en su segundo film como director, El juicio de los 7 de Chicago (The trial of the Chicago 7). En ella se recorre el proceso que llevó desde las jornadas de Chicago de 1968, donde las movilizaciones contra la guerra de Vietnam frente a la convención demócrata devinieron en una brutal represión en las calles de la ciudad, al juicio impulsado por la nueva administración nixoniana contra sus organizadores, bajo el cargo de conspiración e incitación a la violencia a través de varios Estados. La película ya se encuentra en carrera para logra una nominación para los Oscars 2021.

Los ocho acusados fueron Abbie Hoffman y Jerry Rubin (líderes del Partido Internacional de la Juventud o “Yippies”), David Dellinger (objetor de conciencia en la Segunda Guerra y referente pacifista), Tom Hayden y Rennie Davis (dirigentes de Estudiantes por una Sociedad Democrática), John Froines y Lee Weiner (los únicos dos que finalmente fueron absueltos) y Bobby Seale, cofundador de los Panteras Negras, que a pesar de solo haber estado unas horas en Chicago para dar un discurso y no haber participado de las jornadas. fue acusado junto al resto para dar “diversidad”.

“Estos son los premios Oscar a la protesta y me siento orgulloso de estar nominado”, ironiza Lee Weiner al comienzo del juicio. Sus abogados, William Kunstler y Leonard Weinglass, del Centro de Derechos Constitucionales, son quienes completan el equipo de imputados, ya que a lo largo del juicio fueron acumulando un listado de penas por desacato al denunciar las irregularidades y parcialidades del proceso. Enfrentados a ellos se encontrarán el senil juez Julius Hoffman, quien desautorizará constantemente a los perseguidos, y los fiscales Tom Foran y Richard Schultz.

Las protestas

La convención demócrata de Octubre de 1968 realizada en Chicago tenía, para sus contemporáneos, una significación central en el desarrollo de la situación política a fines de los ’60. El gobierno demócrata de Lyndon Johnson se encontraba en pleno desgaste, a pesar de los índices económicos oficiales favorables resultantes de la inyección monetaria del Estado en la actividad privada y programas sociales. De un lado, con una fuerte oposición del movimiento popular, con una destacada ola de huelgas (sanidad, correo, metalúrgicos…); del otro, por el alejamiento de sectores conservadores de la política norteamericana que pugnaban por un recorte de las prebendas estatales y por una política más dura contra los trabajadores.

Desde el campo popular, el movimiento de derechos civiles cumplió un rol fundamental en ese desgaste. Como respuesta a la brutalidad policíaca y a los crímenes raciales perpetrados por supremacistas, se creó el Partido Pantera Negra en 1966. A partir de aquí, comenzó un proceso de persecución hacia las organizaciones de autodefensa y de derechos de la comunidad afroamericana como política de Estado. El jefe de la Oficina Federal de Investigaciones, Edgar Hoover, llegaría a afirmar que estas organizaciones eran “la mayor amenaza para la seguridad del país”. La escalada de violencia racial que marcó toda la década de los ’60 tuvo uno de sus puntos más altos con el asesinato de Martin Luther King Jr. en abril de ese año.

En el corazón del descontento popular también estaba la política bélica. Las movilizaciones contra la guerra de Vietnam iban en aumento a la par -como se ve en el film- del aumento de las levas, incrementando la cantidad de soldados activos en la ocupación y el número de víctimas entre las tropas norteamericanas y del pueblo vietnamita.

Con un partido dividido, incapaz de contar con el apoyo suficiente para renovar su mandato, Johnson decidió no presentar su reelección. Así, el “meeting” de octubre de 1968 tenía por objetivo final la designación de un nuevo candidato para las elecciones presidenciales de ese año. El elegido enfrentaría al republicano Nixon, cuya campaña era la de “poner orden” frente al enorme descontento popular. La designación se encontraba cuestionada. Uno de los pre-candidatos favoritos de las direcciones reformistas dentro de los movimientos sociales, el neoyorquino Robert Kennedy, había sido asesinado previamente a la convención. Frente a esta crisis, el núcleo institucional del Partido Demócrata elige a Hubert Humphrey, vicepresidente de Johnson y representante de la línea continuista de las políticas de Estado.

Con todos estos condimentos, las organizaciones políticas y de derechos civiles convocaron a movilizarse ante la convención en repudio a la continuidad que implicaría la designación de Humphrey y para presionar, por izquierda, a la designación de un candidato anti guerra como Eugene McCarthy (quien, sin embargo, tras haber perdido por poco las primarias terminaría llamando a votar a Humphrey en las elecciones).

La película muestra las negociaciones llevadas adelante con la oficina administrativa del alcalde de Chicago para tener un lugar donde movilizarse. “Vendrán miles a Chicago. Si no les da un lugar, se manifestarán donde estén. Sería negligente y peligroso no tener un plan de contingencia para la ciudad”, le advertiría Tom Hayden al departamento de Estado luego de una de las cinco entrevistas donde se les negó un espacio. El plan de contingencia del alcalde Richard Daley fue el estado de sitio por la duración de la convención: veinte mil efectivos de la guardia nacional, diez mil oficiales de policía y miembros de la brigada antidisturbios fueron desplegados en Chicago. Daley dio la orden de “disparar a matar” contra los “incendiarios” y se señalaba a los activistas como “revolucionarios dispuestos a destruir el gobierno de Estados Unidos”. “La Convención Demócrata está por empezar en un estado policial”, era la afirmación de los medios.

En estas condiciones se dio el éxodo de movilizados de diversos estados hacia Chicago. Sin lugar donde tener garantizadas las concentraciones en la ciudad, los manifestantes tomaron de hecho las plazas en las inmediaciones de la convención y las calles fueron testigos de la brutal represión de la guardia nacional. Una de las escenas más escalofriantes del film es la que muestra, ya comenzados los choques con las fuerzas, a un grupo de manifestantes rodeados por la policía, viendo cómo los efectivos esconden sus placas para evitar ser reconocidos mientras avanzan con toda violencias hacia ellos.

El juicio

La nueva administración del presidente Nixon dio continuidad a esta política contra la protesta con el inicio de un proceso judicial contra sus referentes, amparado en la recientemente aprobada ley Rap Brown -que postulaba como crimen federal el “atravesar estados para generar revueltas” y “conspirar”, algo para lo que la norma establecía elementos de prueba completamente arbitrarios. El objetivo fue hacer de este un juicio ejemplar para aleccionar a los movimientos sociales.

El proceso judicial, que duró 150 días, estuvo viciado de controversias e irregularidades. El juez llegó a ordenar que se encadene y amordace a Bobby Seale durante tres días en la corte además de no permitirle ser representado por ningún abogado. También fueron declarados nulos testigos clave de la defensa -como lo muestra el film con el testimonio del anterior fiscal general de los Estados Unidos, quien testifica afirmando que la policía había generado los disturbios.

También la actitud de los acusados llamó la atención de los medios, en particular con las intervenciones de Abbie Hoffman y Jerry Rubin -una de las más emblemáticas, cuando ingresaron al tribunal vestidos con togas negras de juez que, al requerir este que se las saquen, descubrían disfraces de policía.

En los meses que duró, el juicio generó una gran repercusión. A pocos días de iniciado, la Guardia Nacional tuvo que apostarse en los tribunales frente a los miles de manifestantes concentrados en la entrada. Muchos referentes de izquierda y de la “contracultura” de los sesenta desfilaron como testigos, como también -del otro lado- un gran número de policías infiltrados que participaron de los enfrentamientos. En febrero de 1970 los acusados fueron considerados culpables de conspiración y, junto a sus abogados y algunos testigos, de desacato, sumando a su condena entre 2 meses y 4 años. Finalmente, en 1972, la sentencia fue retirada debido a las irregularidades del proceso.

El film

Aaron Sorkin recorre esta historia, centrándose más en el juicio y explorando los hechos de Chicago en “flashbacks”, pero en una versión light. El episodio del amordazamiento de Bobby Seale solo dura un momento y genera una reacción inmediata de la fiscalía, algo que está lejos de haber sucedido. Así también la violencia policial, aun en sus momentos más escalofriantes, es mucho más medida de lo que realmente fue la represión durante las jornadas de agosto; y la represión se transforma en un “enfrentamiento” que pudo haber sido evitado. Particularmente falseada está la figura del asesor del fiscal, Richard Schultz, encarnado por un amable Joseph Gordon-Levitt y presentado como alguien reacio a llevar adelante el caso contra los acusados y hasta empático con estos -algo que el propio Schultz se encargó de desmentir rotundamente tras el estreno del film.

En esta misma línea, la intervención popular pasa solo a ser un dato anecdótico y no un jugador activo. Durante el transcurso del juicio, Fred Hampton, vicepresidente de los Panteras Negras y quien acompañó a Bobby Seale durante el proceso, fue asesinado por la policía. Si bien la mención del hecho en el film ilustra la realidad violenta a la que se enfrentaban los afrodescendientes, lo que omite es la movilización de más de 5.000 personas en su funeral y la conmoción que generó en la opinión pública.

Finalmente la película, más que en el juicio en sí, se centra en el debate sobre el abordaje del poder de las movilizaciones populares entre dos de los activistas, el radical yippie Abbie Hoffman y el militante de la juventud demócrata Tom Hayden, con quien el director parece sugerir mayor simpatía. El primero, planteando la emergencia de una revolución, el desarrollo de una “contrahegemonía” y el descrédito hacia los gobernantes mediante intervenciones contraculturales; el segundo, que el futuro de los movimientos progresistas depende de ganar elecciones. La resolución planteada por Sorkin, un punto intermedio donde la necesidad de un cambio cultural no debe dejar de conservar las formas del juego democrático, termina guiada por una utopía conservadora. Finalmente, ambos puntos de vista juegan dentro de los límites de las presiones que los movimientos sociales pueden ejercer sobre las camarillas del partido demócrata, y no sobre una alternativa independiente que pueda dar una salida superadora. Cualquier similitud con las declaraciones públicas de Sorkin, llamando a “madurar” a la izquierda reformista del partido demócrata, no es pura coincidencia.

El juicio de los 7 de Chicago llega con una clara intencionalidad política. El guion, en lo que Sorkin es especialmente apto, rememora muchos de los debates de la actualidad de la política de estado norteamericana. La violencia policial y la persecución judicial «para defender la seguridad nacional» de los «terroristas internos» no hace sino pensar en las declaraciones de Donald Trump frente a los antifascistas y el Black Lives Matter. También la elección de Hayden como quien cumple el rol del observador de gran parte de los hechos, como un substituto del espectador, invitándonos a empatizar con el joven demócrata, tiene una función política clara, ya que Sorkin ha expresado su apoyo al ala que se alinea con Joe Biden y Kamala Harris, los candidatos favoritos del gran capital de Wall Street.

Esto hace que el film deje mayormente indemnes a los demócratas que, justamente, fueron los responsables de la represión en Chicago. Así, un episodio que desnudó la violencia y arbitrariedad del Estado capitalista contra la protesta popular termina convirtiéndose en la trama en un “exceso” de una administración, la republicana.

Con todo, la película es una valiosa dramatización de un episodio de la historia norteamericana a la que vale la pena volver a analizar. Pero cuyo impacto sufre debido a sus compromisos políticos.

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