09/04/2014 | 1309

El laberinto de la reacción

Entre los diversos cargos que ocupó, sobresale el de embajador mexicano en la India, al que renunció como protesta por la matanza de estudiantes en Tlatelolco, ordenada por el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz.

En su juventud, Octavio Paz, que se referenciaba en el marxismo, defendió la causa republicana en la Revolución Española y participó del Congreso Antifascista de escritores -al que también acudieron como invitados, entre otros, Pablo Neruda y César Vallejo. Incluso criticó la represión de la que fue objeto el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) por parte del gobierno del Frente Popular, a causa de las relaciones de éste con Stalin.

En su libro Corriente alterna (1967), Paz declara que «es explicable la tentación de enterrar el marxismo. Nada más difícil. Por una parte, esa filosofía es parte de nosotros mismos y, en cierto modo, la llevamos ya en la sangre. Por la otra, renegar de su herencia moral sería renegar al mismo tiempo de la parte más lúcida y generosa del pensamiento moderno. Cierto, el marxismo es apenas un punto de vista- pero es nuestro punto de vista».

El autor de El arco y la lira, Los hijos del limo y Puertas al campo -ensayos que no sólo hablan de poesía, sino que la practican, y ofrecen un aspecto lúcido del pensamiento poético- fue un escritor ligado en parte de su obra al surrealismo y creador de los topoemas, que valoraban el espacio de la página como un sitio de arquitectura de la palabra, con un valor simbólico que aportaba al contenido del poema.

Políticamente, fue abandonando la izquierda y atacó con dureza a las burocracias soviética y cubana desde la derecha. Se opuso también a la Revolución Nicaragüense con los argumentos típicos de los demócratas y planteando la teoría de los dos demonios: en Tiempo nublado (1984), expresa su disgusto por el acercamiento de los sandinistas a la URSS, aunque no trata con la misma virulencia al gobierno de Reagan y a los contras que éste entrenaba y financiaba. «Queremos amigos, no agentes armados de un poder imperial», dice.

Su oposición a la burocracia stalinista lo llevó a alejarse del marxismo, y en su crítica no vislumbró tampoco a la Oposición de Izquierda y a Trotsky, de quien hace sólo alguna referencia somera y poco sustancial. En sus últimos artículos y ensayos, hizo una defensa a ultranza de la democracia contra los «totalitarismos». Pero su defensa partía de un oxímoron: Paz, como lo hace cualquier político burgués, no establecía diferencias entre los regímenes democráticos y las prácticas democráticas de las masas. No veía que los períodos más democráticos son los revolucionarios, cuando los oprimidos toman en sus manos las riendas de su propio destino, cuando deciden -no en las urnas, sino en las calles- quiénes son sus líderes y cuáles son sus intereses.

Octavio Paz terminó como todos los que defienden la teoría de los dos demonios, optando, indefectiblemente, por uno.


Eduardo Mileo

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