17/12/2020
aniversario

El músico y la libertad

250 años de Ludwig van Beethoven.
Por Toni Una

Se cree que el 16 de diciembre de 1770 nació quien marcaría la música de todo un siglo, dejando un legado que sigue causando admiración e influenciando a artistas, políticos, intelectuales y simples oyentes. Su creación musical fue alzada como referencia por numerosos movimientos y regímenes políticos, desde socialistas y comunistas en todo el mundo hasta el nazismo. La novena coronó la constitución soviética de 1936, el cumpleaños de Hitler en 1942 y la caída del muro de Berlín, y hoy es el himno de la Unión Europea.

Permaneciendo hasta hoy como paradigma del artista-compositor, la figura de Beethoven suele invocar una especie de héroe trágico, que sufriendo violencia en el seno familiar, problemas de salud y finalmente la sordera, que con su mal carácter lo forzó al aislamiento, pudo sin embargo producir las obras más profundas, emocionales y elevadas del repertorio musical. Todo esto es cierto, pero no le hace justicia a su trabajo como artista, ni nos dice nada de su significado histórico.

Él era un arquitecto de la música, que trabajaba cada pasaje de sus obras con varios borradores y correcciones en busca de la perfección y organicidad, que solo así alcanzaba. Se suele contraponer así a la figura del «genio», con supuesto «talento natural» o «divino», que representa Mozart.

El arquitecto

Sus primeras obras muestran la semilla de lo que concretaría en su madurez: una ruptura con el estilo y la estética del clasicismo vienés (Gluck-Haydn-Mozart), introduciendo el romanticismo musical que dominó el siglo XIX. Casi todos los compositores de este siglo querrán ubicarse en «la tradición abierta por Beethoven», llegando a diferentes resultados.

Contra la armonía de las formas, la contención de las emociones, la simplicidad y la racionalidad en búsqueda de un ideal de belleza clásicas, el compositor irrumpe con los sentimientos desatados, un búsqueda al interior del individuo-compositor, que lejos de un «ideal de alegría» o «enojo», nos sumerge a través del conflicto en la complejidad de la psiquis humana. Esto significó, en su momento y hasta hoy, una gran dificultad en la interpretación.

Sus ritmos son bruscos, populares, con acentos marcados. Su armonía es compleja y con un cromatismo que se desarrolla a lo largo de cada obra; aunque, también, un signo muy propio son las modulaciones a tonalidades lejanas con poco o nada que haga de puente, como un salto repentino a otro paisaje. La melodía que hasta entonces -y por mucho tiempo después- fue ordenadora del discurso musical, en Beethoven comparte el protagonismo con todos los elementos de la forma. En muchas obras la melodía por si sola no genera ningún tipo de interés, completándose con la textura y la armonía (sonata Claro de luna o el andante de la Séptima). En otras parece sacada de alguna canción popular campestre (Sexta sinfonía «Pastoral», o la «Oda a la alegría» de la Novena).

Pero lo más destacado es su tratamiento de la forma. Beethoven desarrolla las formas clásicas, transformándolas de «recipientes» donde los compositores ubicaban el material musical, en categorías flexibles, donde este material se desarrolla orgánicamente permitiendo el escenario de conflicto, expectativa, suspenso, el juego con la memoria, engaño, frustración, conciliación, y la lucha por la superación. Con técnica e ingenio, logra levantar estas obras monumentales desde el mínimo material, como el famoso ejemplo de la quinta, donde casi todas las notas se desprenden del motivo inicial, y cada nuevo pedazo de música es un desarrollo del anterior.

El revolucionario

Esta bocanada de aire fresco en el mundo musical fue posible gracias a su situación personal y laboral-artística, y a la situación política europea, que lo afectó profundamente.

Hasta ese momento, la mayoría de los compositores trabajaba por encargo, bajo el patronazgo de algún mecenas, al cual debían rendir cuenta por sus obras. Händel fue el primero en vivir de los derechos de obras publicadas. Pero es Beethoven quien va a inaugurar la nueva forma de ser compositor: la burguesía en ascenso se convertiría en la nueva consumidora comprando las ediciones de sus obras. Este trato le dio la libertad artística que necesitaba, aunque en sus momentos de poca producción lo dejaba cerca de la bancarrota.

Pero antes que nada, Beethoven era un convencido de las ideas de la Ilustración, que abrazó los ideales de la Revolución Francesa. A pesar de muchas veces depender económicamente de la aristocracia vienesa, no tenía problemas en manifestarse abiertamente en contra del antiguo régimen y la monarquía. Su única ópera, “Fidelio”, es una denuncia directa a la persecución y encarcelamiento políticos.

Es famosa la anécdota de la Tercera (1803), originalmente titulada «Sinfonía Bonaparte», en la época en que Napoleón había comenzado su guerra contra las potencias europeas; el compositor veía en el general a un liberador que traería la nueva civilización al continente barriendo con el orden establecido. La Tercera es considerada la primera sinfonía del romanticismo por su fuerza, extensión y complejidad, y se basa en la idea del heroísmo. Cuando en 1804 Beethoven se enteró de que Napoleón se había coronado emperador, traicionando las ideas de la república, tachó furiosamente la dedicatoria y en su lugar dejo el título «Sinfonía heroica, compuesta para celebrar el recuerdo de un gran hombre», con el que se estrenó en 1805.

A partir de esta desilusión, su costado político se tornaría más ambiguo, llegando a componer «La victoria de Wellington» (1813) para celebrar la derrota de Napoleón en manos del duque inglés en la batalla de Vitoria, y otra obra en 1814 dedicada a los monarcas reunidos en el Congreso de Viena. Nunca abandonó, sin embargo, las críticas al absolutismo. Las ideas revolucionarias permanecerán en él como una utopía, cuya puesta en práctica solo había llevado a su deformación. Llevará esta tensión a su música, donde queda plasmada una batalla contra lo establecido en la búsqueda de nuevos horizontes.

El legado

Este es el valor que tiene el uso del poema de Schiller «An die Freude», «A la Alegría», en la Novena. Beethoven conocía el poema desde su juventud y desde entonces quiso ponerle música. Según se cree y creía en la época, el título original del poema era «A la libertad» -freiheit-, que después el autor cambió, pensando que el fin último de la libertad está en realizar al hombre en su alegría. “Tu hechizo une de nuevo lo que la acerba costumbre había separado; todos los hombres vuelven a ser hermanos allí donde tu suave ala se posa.” Estas letras le dan voz a los anhelos humanistas del compositor.

La Novena (1824) es la primera sinfonía en incluir voces, irónico cuando la obra de Beethoven considera el pináculo de la “música pura”, esto es, la música instrumental sin más inspiración o significado que el propio. Se trata de la unión de ambos lenguajes, cuando no se les puede pedir más por separado. Los une para dejar un mensaje a los hombres y mujeres del futuro, de que no abandonen la búsqueda de este paraíso.

Sus últimas obras marcan una vuelta introspectiva del compositor, ya totalmente sordo y aislado. Fueron totalmente incomprendidas en su época, en especial sus últimos cuartetos de cuerda, porque se desvincularon totalmente de la estética y las formas de composición comunes, superando el romanticismo. Su lenguaje fue una anticipación de las vanguardias del siglo XX, emancipadas de la tonalidad clásica y la consonancia. Cuando le comentaron al compositor que la “Grosse fugue”, del cuarteto Nº 13, había causado el rechazo general, este respondió “no importa, no la compuse para ellos, sino para el futuro”.

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