20/09/2020

El sonido infernal de la clase obrera: a 50 años de Paranoid de Black Sabbath 

Uno de los aceros más filosos, densos y pesados de la música contemporánea.

Varios siglos antes que el programa televisivo Desafío sobre el fuego tensionara nuestra atención sobre el forjado de los aceros, hubo una ciudad a la que llamaban «el taller del mundo», «la ciudad de los mil oficios» o, en palabras de Marx en el capítulo catorce de El Capital, «la ciudad con 500 variedades de martillos».

Su nombre era Birmingham, ubicada al oeste de Londres, motor de la segunda revolución industrial en el siglo XIX, donde el capitalismo forjó su mayor período de acumulación y expansión entre el trabajo infantil y un proletariado reducido a las más inhumanas condiciones de indigencia. Con barrios fabriles llenos de charcas estancadas, desagües defectuosos, viviendas sin ventilación y desprovistas de cualquier infraestructura básica de higiene, que transformaron al coloso industrial en refugio para el alcoholismo, la prostitución y las bandas criminales como las representadas en la serie Peaky Blinders.

Pero también fue una ciudad que vio nacer, al calor de la lucha de clases de ese incipiente proletariado, a las primeras organizaciones obreras como el movimiento cartista de 1838, la segunda reunión de la TUC (Trade Unions Congress) de 1869 –donde se plantearon consignas fundacionales del movimiento obrero como la jornada laboral de ocho horas, el derecho a la representación obrera en el parlamento y el derecho a la educación gratuita- hasta las grandes movilizaciones de la huelga general de 1926.

Fue en ese gris paisaje dickensiano de septiembre de 1970, entre los «council housing» (viviendas estatales), las chimeneas tóxicas, las grandes fábricas aún heridas por la Segunda Guerra Mundial y las bombas del IRA, donde la mano de un joven operario metalúrgico, con sus falanges mutiladas por una prensa fabril, musicalizarían los años ’70 creando así – «sin efectos, sin caretas, sin artificios»- uno de los aceros más filosos, densos y pesados de la música contemporánea, el heavy metal, a tan solo 180 kilómetros de los últimos suspiros de vida de Jimi Hendrix en Londres y con uno de los discos más revolucionarios del rock and roll y de la cultura popular de la juventud trabajadora: Paranoid de Black Sabbath.

¿Heavy metal o blues con distorsión?

A lo largo de ocho canciones la banda desenvuelve su blues pesado valvular entre unos muy robustos riffs de Tony Iommi amortiguados por un crujiente y brutal bajo en escala pentatónica ejecutado por Geezer Butler, el cual se une a la habilidad jazzística de su baterista Bill Ward con su estilo swing.

Los lamentos endemoniados de la voz de Ozzy Osbourne, con su amateur registro de tenor ligero, terminan de darle forma a este aquelarre de «blues distorsionado» con ciertos bagajes en la psicodelia y la música celta, yendo inclusive más allá de sus conciudadanos Led Zeppelin con un ambiente propio de la afinación grave de tipo tritono –más conocido en la edad media como «intervalo del diablo»-, dando así un groove oscuro y denso, como si aquel mito urbano sobre pacto entre el blusero Robert Johnson y el diablo se hubiera vuelto a replicar en la banda.

Es posible encontrar en algunas bandas previas a Black Sabbath elementos embrionarios de este género, como en los alaridos del rhythm and blues de Screamin’ Jay Hawkins, en los guitarrazos y gritos de «Helter Skelter» de The Beatles o de Jimi Hendrix tocando su guitarra en llamas. Pero está claro que 50 años después Paranoid sigue siendo uno de los trabajos musicales más oscuros, originales y siniestros de la música.

Su estética, muy a contramano del «flower power» del movimiento hippie, encontrará cierta hermandad en otras propuestas como el crudo y sucio «sonido de Detroit» encarnado por bandas como The Stooges y MC5, con sus respectivos discos Fun House (1970) y Kick out the jams (1969), como punto de inflexión para los nuevos sonidos que emergerán en la generación del «No future» de 1977.

Apocalipsis Now

Si con su primer disco Black Sabbath -editado un viernes 13 de febrero de 1970- el mensaje fue «acá estamos, estos somos nosotros y venimos a asustarlos», con Paranoid el mensaje evolucionó a «este es el mundo, y asusta».

Su primer corte, «War Pigs», es una canción de neto corte antibelicista en plena guerra de Vietnam.

Si bien la historia de la creación de la misma está repleta de opiniones contradictorias entre los propios integrantes de la banda, y aunque originalmente se llamaba «Walpurgis» (una derivación de una celebración pagana alemana del siglo VIII que devino en una especie de navidad endemoniada), su letrista Butler ha dicho que «War Pigs» está «totalmente en contra de la guerra de Vietnam, sobre cómo estos políticos ricos y gente rica comienzan todas las guerras en su beneficio y consiguen que toda la gente pobre muera por ellos». Su riff introductorio, acompañado con el ensordecedor sonido de las sirenas de bombardeo, relata con figuras metafóricamente diabólicas el miedo y el terror palpable del conflicto. Una sublime obra de arte ahogada tanto por el humo de las chimeneas de Birmingham como por el de las bombas de napalm arrojadas por el imperialismo yanqui y sus aliados en la selva vietnamita. Un motivo que llevó a que la discográfica Vertigo Records rechazara que el disco llevara el nombre de esta canción por miedo a sufrir represalias, o inclusive el rechazo en el mercado norteamericano, por parte de los sectores conservadores partidarios a la intervención yanqui.

Fue aquí que una canción «de relleno» de dos minutos y medio –y grabada a último momento- se transformó en el título del disco: Paranoid. Una breve declamación directa y veloz sobre el estado anímico a la que esos jóvenes veinteañeros se sentían sometidos por lo denunciado en la canción anterior. Pero mucho más importante, uno de los himnos inoxidables del heavy metal.

La placa continua con «Planet Caravan», un místico viaje a través de una balada psicodélica y oscura y melancólica. «Una canción buena para estar fumado que te permitiera llevar a tu chica a los confines de la galaxia y dejarte flotar junto a ella como si fuera la última noche en tu existencia», en palabras del propio Butler.

Pero el mambo es corto, ya que lo que continúa no es nada menos que «Iron Man», una especie de marcha marcial, un «muscle car» de riffs que arrolla todo lo que se encuentra a su paso con un relato distópico sobre un hombre que al viajar al futuro, es testigo del fin del mundo y que a su vuelta al presente se transforma en un ser de metal que, al ser incapaz de poder hablar y ser escuchado en la sociedad sobre su trágico destino, decide él mismo convertirse en el jinete del apocalipsis. Una letra que, en plena guerra fría, más que un mero relato de ciencia ficción parecía una advertencia, una especie de «el futuro llegó, hace rato».

Le siguen «Electric Funeral», un explícito velorio metalero donde los instrumentos parecen «gritarse»; «Hand of Doom», otro tema de corte anti bélico que relata el abuso de las drogas por parte de los veteranos de guerra, donde nuevamente Bill Ward da muestras de su swing jazzero, el cual se continuará con el muy instrumental «Rat Salad».

El disco cierra con «Fairies Wear Boots», tema que relata un encuentro muy poco amistoso entre Ozzy y un grupo de skinheads, con un Tony Iommi tocando casi en clave Hendrix que se irá extinguiendo en un preciso «fade out» y dejando las bases listas para lo que será su disco más exitoso, Master of Reality, y una futura carrera provista de excesos en los años ’70 de «sexo, drogas y rock and roll».

Evitando el ablande

Cincuenta años después ya es casi una obviedad señalar las influencias de Paranoid en el heavy metal en particular y en el rock en general. Desde los clásicos del metal ochentero como Iron Maiden, Judas Priest, Motörhead y Metallica a los pesos pesados de los ’90 de la talla de Megadeth y Sepultura, y hasta ejemplares del género stoner con Kyuss, Fumanchu y Queens of the Stone Age, todos han sido grandes bebedores del embriagador sonido sabbathico de Paranoid.

Hoy -o mejor dicho, previo a la pandemia- la canción «Iron Man» ha sido la música de fondo en los entretiempos de los estadios de beisbol y futbol americano y su melodía se ha transformado en el sinónimo de la trilogía del magnate Tony Stark de la productora cinematográfica Marvel.

No obstante, el show bussines y el mainstream no borran su legado en la música y esa identidad de clase de la que aquellos cuatros jóvenes obreros de Birmingham provenían.

Y más precisamente en la Argentina, con su «polo industrial» de heavy metal.

Desde los primeros discos de Pappo’s Blues, o inclusive el propio Flaco Spinetta con canciones como «Castillo de Piedra» y «Era de tontos» de 1971, pasando por el proto heavy metal del grupo «Cuero» y  los progresivos Orion’s Beethoven hasta los clásicos como V8 y Riff, Hermética, Horcas y Almafuerte, se hizo sentir la fuerte identidad obrera de Paranoid en el heavy metal argentino, que ha resonado en los más carenciados barrios del conurbano, villas y en los vestuarios de las tantas fábricas de este país. Una identidad que reflejó el estado de ánimo de aquella juventud que vivió la transición de la dictadura militar a la «hiper» de Alfonsín, como así el menemismo y el Argentinazo del 2001. En 1991, Hermética titulaba «Evitando el ablande» uno de sus temas de Ácido Argentino, en un resumen del espíritu del género.

Sea «de Pacheco a la Paternal, de Dock Sud a Tres de Febrero» (como se oye en «Gil trabajador» de Hermética) o de Birmingham a Manchester, Paranoid fue y seguirá siendo -a pesar de las modas- el «evitando el ablande» de la juventud trabajadora.

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