05/12/2021
Libros

“Emerge lo no dicho desde el silencio del barro”: sobre Pentámeros, de Eduardo Mileo

En su nuevo poemario, el autor interroga incisiva y sensiblemente al arte, el amor y la memoria, dando protagonismo a los contrastes.

Tras ese laborioso despliegue que había sido Extracción del agua de la niebla algunos años atrás, y de sus exploraciones sobre la pandemia junto a otros dos poetas en La peste, este año vio la luz Pentámeros, nueva pieza de la prolífica y siempre en búsqueda obra poética de Eduardo Mileo. Tendrá presentación este viernes 10 de diciembre a las 18:30 en Hasta Trilce (Maza 177, CABA).

Si Extracción del agua de la niebla establecía un polifónico diálogo con la plástica, construyendo una “historia poética de la pintura” que viajaba desde el paleolítico a nuestros días, se destaca en Pentámeros la conversación con la poesía. La lírica es interlocura en citas y dedicatorias a artífices extranjeros y sobre todo locales como Irene Gruss, Susana Villalba, Gabriela Franco, Olga Orozco, Alicia Genovese, Javier Cófreces, Jorge Fandermole (en línea con el atento trabajo de Mileo como editor y partero de antologías), y ante todo como compañera de andares y eterno interrogante.

En su primer apartado, “Arte poética”, Mileo puede celebrar al arte como gestador  (“la mano que pinta / cree que pintar / es crear mundos”), al tiempo que cuestiona la capacidad de la poesía para capturar la realidad o entreverarse con ella: “quien intenta / entrar aquí con las palabras / se choca / con la dura realidad”; “lo / profundo es / cielo sin palabras”. En rigor de verdad, trabaja en la pregunta siempre abierta del lugar de la poesía en un mundo desgarrado, dando lugar a sentencias cargadas de filo: “El poema se puebla / de lo que no / tiene nombre. De lo que / para nombrar habría / que empuñar un arma”. Pero también a nuevas preguntas igualmente conmovedoras, igualmente crudas: “Quien deseara huir / de las palabras / ¿haría un pacto / con las cosas?”

En este hacer chocar las palabras y las cosas aparece un sentir general, que recorre a todo el libro: el de andar metiendo un bisturí en cada contraposición, como explicita Mileo en el epílogo al sentenciar que “la vida está hecha de contrastes”. Dos apartados toman el asunto por título (“Amor y soledades”, “Sombra y luz”), pero las polaridades se multiplican en forma de totalidad y fragmento, fondo y superficie, música y silencio… El intento de crear, de vivir, de sobrevivir se desenvuelve entre estas tensiones, dando lugar a multitud de tonos y de ánimos. Leemos: “Cada día / en la orilla / sembrar una ilusión. / Regada por el agua. / Secada en la sal.” Y también: “la guerra es una forma que destruye contenidos”. A tono con estos roces de contrarios se ubican las ilustraciones de Eduardo Stupía que caminan el libro, en su cruce entre abstracción y figuración, imágenes presentadas en simetrías levemente irregulares.

Si cada encuentro de polos puede ser choque, desgarro, tensión, es también el evento en que se genera el movimiento, con lo que podemos leer en el poema “Lluvia y sol”: “El vapor / del agua / audaz se eleva / como una plegaria. (…) ¿Caerá /la lluvia / desde su / terraza de cristal?”. Pentámeros hace ejercicio de un pensamiento dialéctico, que busca en el presente la semilla del futuro, y en las colisiones su motor. Un pensamiento revolucionario que llama a “ejercer el poder / de las tinieblas”, a “encontrar la música en el grito / que sale del abismo / de la garganta”, porque “debajo de la tierra / tiembla una vida por asomar”. Y es esta mirada del mundo la que permite rehuir de la indulgencia sentimental (“El amor no es una marcha. / Ni vence quien ama ni / el placer es una luz que / pueda iluminar un camino”), y a la vez del cinismo, celebrando al que “transforma el mundo. / El que al amor se entrega y / tuerce el rumbo.” En “Llanto de Luna”, el poema que dedica al Federico García Lorca asesinado por el franquismo, leemos que “La noche es roja / porque la sangre es negra”.

Así como en la atención al movimiento, la dialéctica se hace presente en estos poemas en el camino de ida y vuelta entre la parte y el todo, en el entendimiento de que “para llegar / a lo más pequeño / hay que abrazar / el cuerpo entero”. Bajo esta comprensión se modela el libro, formado por cinco apartados que componen un camino total: desde el presente vivo de la poesía, atravesando Agua, Sombra y luz, Amor y soledades, hasta llegar a la Memoria, que es en varios poemas recuerdo de los muertos, pero también vuelta al origen: “Pero dónde / vuelve uno / sino a la infancia?”. Se modela asimismo en cada uno de estos “pentámeros”, piezas todas de cinco partes en las que cada una tiene una organicidad, al tiempo que se integran y resuenan en el todo del poema.

Con todas estas coordenadas, Mileo logra el difícil desafío de una poesía atravesada por lo existencial pero ajena al misticismo, demandando que “Si no hay dios / que se note”. Propia sin desdeñar la cita, sensible sin perder la ironía: “Vivir es / una herida absurda. / Pero el absurdo se entiende / fuera de la alcantarilla”; “No hay mayor ciego / que el que quiere ver”. Una poesía reflexiva pero móvil, en la que proliferan los verbos, y en donde originales y contundentes definiciones coexisten, pelean, coquetean con preguntas no menos novedosas.

Y si en el comienzo del libro la poesía aparecía cuestionada, y si a lo largo de sus páginas lo hacía toda apuesta de vida (“¿Es / una épica amar?”), los versos finales nos entregan, quizá, aquello que pueda justificarlas: “Para que llegue el sol. / Para que arda la luna / en su espejo de sombra. / Para que un corazón / de arterias como bosques / pueda entrar en el fuego de la sangre amada”.

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