15/02/2021

Falleció Milford Graves, percusionista pionero del «free jazz»

…y de pronto es de noche.

Este viernes 12 de febrero, a los 79 años (la misma edad que tenía Chick Corea, que murió apenas 3 días atrás), falleció el baterista estadounidense Milford Graves, uno de los pioneros del «free jazz».

Residente histórico del barrio Jamaica del condado de Queens, el más portentoso de los que integran la ciudad de Nueva York, desde el 2018 combatía contra una enfermedad llamada amiloidosis cardíaca, la cual se caracteriza por el depósito progresivo de una proteína anómala (el amiloide) en el tejido muscular del corazón: esta infiltración patológica acaba impidiendo, al volverlo rígido, las contracciones con que lleva a cabo su trabajo de bombeo. O sea, Milford Graves alojaba en el pecho un trapo embebido en cemento y puesto a sacar y a endurecerse bajo un sol tenue pero constante.

Continuó con vida mientras hubo latidos. Y mientras, batió los parches también: auxiliado por unos «gadgets» médicos, experimentó -sobrellevando una condición física cada vez más frágil- con el intercambio dialógico entre el registro de sus pulsaciones y los sonidos de diferentes instrumentos de percusión. Hallaba en ello una práctica sanadora.

No le fue ajeno, desde muy temprano, el entendimiento respecto de cuán pertinente resulta la música que dicta el instante presente para realizar una sentida despedida, dado que en 1967, junto al saxofonista Albert Ayler, tocó en el funeral de John Coltrane. En la improvisación, lo sabía perfectamente bien, erupcionan cosas imposibles de repetir, lo que por tanto las inmortaliza.

Él y el contrabajista Gary Peacock (fenecido el pasado 4 de septiembre de 2020) participaron del único álbum de estudio que alcanzó a grabar, el 25 de julio de 1967, en una sola e intensísima sesión, el pianista y bioquímico de profesión Lowell Davidson, a quien un terrible accidente de laboratorio obligó a renunciar a las teclas. Un inigualable canto del cisne.

Protagonista clave en la escena que de manera incipiente se conoció como «new thing», influyó en su afianzamiento y expansión cuando en 1964 conformó, acompañado por el saxofonista John Tchicai, el trombonista Roswell Rudd y el contrabajista Lewis Worrell, la memorable agrupación New York Art Quartet.

Poseedor de una trayectoria plagada de colaboraciones (entre ellas, el primer disco, de 1964, de Giuseppi Logan, el saxofonista que después permaneció extraviado durante largo tiempo), la radicalidad de su búsqueda lo conminó a hacer oídos sordos a las tentadoras invitaciones, para que se agregara a alguno de sus proyectos, de Miles Davis; le convenía más, parece, preservar los objetivos propios.

Lo movían la avidez y la curiosidad del auténtico polímata. Indagó en las propiedades curativas de extractos herbales, se dedicó a la escultura y exploró el campo de las artes visuales. Creó, asimismo, un tipo de danza marcial, al que bautizó «Yara», inspirándose en rituales de los países de la denominada África Occidental, en las gráciles y acechantes contorsiones de la mantis religiosa y en el estilo de baile que animaron las orquestas de «swing» de la década de 1920, el Lindy hop. Arriba del escenario, para Milford Graves, lo performático no debía ni podía estar ausente.

«El jazz -dijo el trompetista Jimmy Owens- es el latido del corazón del mundo». Auscultándolo, Milford Graves concibió y plasmó una obra vivificadora que ojalá nunca deje de escucharse, de experimentarse.

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