08/10/2020

Fundidor: metal, alquimia y lucha de clases, en la primera novela de Emiliano Scaricacciottoli

Un manifiesto metalero y barrial. Una oda a la amistad. Una reivindicación de la docencia y la militancia; de la docencia como militancia, también.

“Son las 12 del mediodía del 20 de octubre, casi clavadas. Las agujas muerden el final de uno de esos sueños horribles en Zion y sacándose a Burdu de encima, como pudo, León respondió al quinto llamado. Volvió a ese mundo, el único que hasta este día conocía como habitable. Y del otro lado le dijeron: ‘Es una guerra, mataron a un pibe en Avellaneda’. Prendió la tele, revisó mensajes larguísimos en su celular, abrió los mails con las letras en negrita, grandes, que había redactado el gremio. Y pensó: ‘Otra vez Avellaneda’. ¿Dónde más?”

León, protagonista de Fundidor, primera novela de Emiliano Scaricacciottoli, levanta el teléfono y su mejor amigo Sixto, colega docente y militante del Partido Obrero, le cuenta que están saliendo para la plaza con una delegación de la escuela donde ambos trabajan. Horas antes, una patota sindical de la Unión Ferroviaria, en connivencia con la policía, había asesinado a Mariano Ferryra y herido gravemente a Elsa Rodríguez. León (que debe su nombre a su padre morenista y su madre trosco-foquista, cuyo matrimonio se fracturó junto con el PRT) no entiende qué sucede porque estaba en trance, en medio de una metamorfosis. Pero las balas de la burocracia precarizadora lo devuelven al mundo, a este mundo que, igual que sus padres pero de otra manera, ha querido sin éxito cambiar, y del que ahora pretende alejarse elevándose como los neoplatónicos al macrocosmos. “Ellos”, los dérmicos, han venido a buscarlo. Pero las balas lo devuelven abajo, no lo dejan huir. La metamorfosis deberá interrumpirse. O tal vez deberá hacerse en el mundo.

El relato de este libro, que acaba de salir publicado por Barnacle, se construye en base al devenir del pensamiento, la asociación libre del narrador, que por momentos se funde (literalmente, o literariamente, como recurso) con el protagonista, un profe de música de escuela pública que va surcando paisajes diversos para ganarse el pan. Hijo de militantes setentistas que en medio de sus rupturas y sus derrotas, dejaron a León al cuidado de una tía siniestra pero fascinante, que inicia al pequeño en las artes oscuras. En el medio de su permanente crisis desfilan ante el lector personajes y geografías a veces entrañables, otras veces oscuros: una analista neurótica, un niño sonámbulo que se abraza con un fantasma a altas horas de la madrugada, un adolescente ultra católico que asesina a sus padres, un militante violín que termina agujereado en una zanja, un muchacho autista sosteniendo a su tutora espiritual bañada en sangre y plomo en alguna capilla perdida en Nicaragua, un hombre con cabeza de serpiente que aparece en los sueños entre los pasillos laberínticos de un Pumper Nic, un colegio salesiano en cuyas aulas se proyectan pesadillas de Juan Bosco, un niño ciego que sirve de guía para encontrar una hierba milagrosa en la espesura del monte…

Todas estas imágenes podrían parecer un divague, y juegan a serlo para distraer, pero la novela es mucho más que eso: es una tesis sobre el lenguaje y sus límites, sobre la palabra y la acción (la intervención). En ese sentido puede darse el lujo de ser una novela y un manifiesto de lucha, pero también un ensayo académico sobre la lealtad. El barrio, los amigos del barrio, del secundario, el heavy metal de fondo: allí reside el núcleo duro de la lealtad para una generación frustrada, la que se jugó el cuero en la plaza para echar a De la Rúa, la de Santillán con la remera de Hermética asistiendo a Kosteki a pesar del fusil. Un mundo de amistades que se encuentran en alguna parada, en algún paisaje diatópico y pos industrial de zona sur, con todas sus contradicciones y sus límites, sus micromachismos y sus revientes, pero también su dignidad de tribu en contraposición al academicismo berreta, a los hippies burgueses y rockeros fisura que abusan de sus fans adolescentes y la juegan de aliados. El barrio es un poco la decadencia pero también el antídoto, porque uno lo abandona pero lo lleva consigo y eso lo mantiene alerta, le da un núcleo de valores, una lealtad a la cual volver. La lealtad no tranza, no se ablanda ni en la derrota y por eso siempre está ahí: si no hay victoria, habrá por lo menos Justicia Poética. Sanguinaria, por momentos. Inorgánica, tal vez.

Fundidor es un manifiesto metalero y barrial. Una oda a la amistad. Una reivindicación de la docencia y la militancia; de la docencia como militancia, también. Y es que su autor, Scaricacciottoli, es ante todo un trabajador docente, al igual que el protagonista, que en las aulas de la UBA o de la UNA o de una escuela privada de Flores, cava sus trincheras cotidianas, participando activamente en las luchas de los últimos tiempos contra los ajustes de los diferentes gobiernos capitalistas y el deterioro permanente al que vienen empujado a la educación. Si bien esta es su primera novela, lleva publicados varios libros, artículos y ensayos sobre la cultura metálica y sobre el rock en general, y coordina el Grupo de Investigación Interdisciplinaria sobre el Heavy Metal argentino (GIIMHA), espacio de reflexión y militancia metalera “parricida” (el padre inmolado es, por supuesto, Ricardo Iorio), que se ha dedicado en la última década a pensar el Heavy Metal como cultura e identidad proletaria, y también como espacio de disputas dentro del cual el grupo toma partido y al cual le ofrece un programa.

De esas fuentes se nutre la novela, que se puede pensar como una revancha, un ajuste de cuentas: la reivindicación de una generación que ha sabido ganar las calles y correr de las balas, pero sigue tirando piñas desde el suelo porque aprendió lo que es el aguante. Lo aprendió en las letras del rock y en la amistad, en la esquina, en las aulas, en los libros, caminando de Congreso a Plaza de Mayo una vez más y a pesar de todo. Una generación que se habrá cansado de perder pero nunca entregó la lealtad. Y es esa lealtad la que al final, con el llamado de Sixto a marchar tras la bandera del sindicato, rescata del trance místico a León (y a través suyo, a nuestra generación: la de Mariano) para parir en la Tierra, con dolor. Que no es renunciar a la metamorfosis ni al ascenso astral, sino hacerlas acá abajo en el mundo: de la alquimia a la transmutación social. Aunque duela. Aunque tengamos en el camino que dejar la piel.

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