Cultura

22/9/2026

Griselda Gambaro: un teatro de denuncia social

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Griselda Gambaro

El pasado martes 15 de septiembre, a sus 98 años, falleció una gran escritora. Con sus obras, especialmente mediante las tablas, puso en escena los ataques y violaciones de los derechos humanos por parte de gobiernos democráticos y cívico-militares.

Su obra: su lucha

Nació en el barrio porteño de La Boca, el 28 de julio de 1928. Integrante de una familia trabajadora, migrante. “Sentí la solidez de la familia, incluso con todos los problemas que se hubieran podido tener, daba seguridad. Y se sabe que la construcción del afecto depende esencialmente del que se recibe en los primeros años” (Alberto Catena, "La Flecha y la Luciérnaga", editorial Capital Intelectual).

Desarrolló sus estudios primarios y secundarios en colegios de la zona sur de la ciudad. En sus tiempos libres, en plena adolescencia, comenzó a trabajar en la biblioteca de la Sociedad Luz, marcada por influencias socialistas. Frecuentando autores como Kipling, Stevenson, Jack London, Anatole France y Panait Istrati. Años más tarde, posteriormente a leer (y enamorarse) de Chejov, Ibsen, Discépolo y Pirandelo, entre otros, comienza su carrera como escritora.

En los movilizados años 60, Griselda su suma al Instituto Di Tella, donde presenta su primera obra, "El Desatino" (1965), mostrando un estilo que poco tiempo después sería catalogado como teatro ético. Obra en dos actos (como la mayoría de sus creaciones) que denuncia la opresión. Jugando y utilizando la experiencia europea del existencialismo y el absurdo, presenta el espejo de una sociedad donde la ausencia de la comunicación, la soledad y el individualismo son lo central.

“Alfonso (tímidamente): ¡Luis…! (silencio de Luis) ¡Luis! Se un chiste nuevo. ¡Te lo cuento? (silencio de Luis) ¿Sabés por qué los perros cuando se encuentran se huelen la cola? (tamborileo indiferente de Luis sobre el vidrio. El niño levanta la cabeza y escucha con gran atención). Hubo una fiesta y los perros colgaron los traseros en las perchas porque la cola les molestaba para bailar. Alguien dio una voz de alarma y salieron todos disparando. Cada cual agarró el trasero que le vino a mano. Y ahora… ahora se huelen para reconocer sus verdaderos traseros (silencio de Luis. Se escucha de pronto, la risa del niño, es una risa deliciosa, ingenua y divertida, sin pasado. Luis y Alfonso lo miran adustos. Y el niño se calla Luis se vuelve hacia Alfonso, lo mira, se ablanda)”.

En 1967 estrenó "El Campo", donde describe la morbosidad de un campo de trabajo de exterminio, dirigido por Franco (no es causal el nombre). Una obra presentada en plena dictadura de Juan Carlos Onganía, tiempos de censura, represión y persecución a los artistas, intelectuales y pueblo trabajador. Prohibiendo expresiones culturales como el ballet "El Mandarín Maravilloso" (de Bella Bartok) y "La Consagración de la Primavera" (Igor Stravinski), la ópera "Bomarzo" y toda la cartelera del Di Tella. “Cesa todo ruido. Martín se encamina hacia la puerta y la abre. Mira al exterior. No se ve nada, porque vuelve a cerrarla con un encogimiento de hombros. Recoge la bufanda y los guantes del escritorio y loa guarda en el bolsillo del sobretodo. Inicia un gesto como para sacarse esa prenda, cuando la puerta de la derecha se abre y entra Franco. Viste uniforme reluciente de las SS y lleva un látigo sujeto a la muñeca, es la larga y angosta correa de cuero trenzado que usaban los SS, a pesar de esto, su aspecto no es para nada amenazador. Es un hombre joven, de rostro casi bondadoso. Entra cada con aire atareado, lleva tantos papeles y carpetas viejas en las manos y bajo el brazo, que dan abasto y los va perdiendo por el camino”.

"El Nombre" (1974) es un monólogo, que poco (para no decir nada) tiene de ficción. El drama de María, una trabajadora de casas particulares, cambiando sus datos personales, a decisión de sus empleadores. Dilapidando sus derechos, su historia y su propia existencia. Otra forma de ver el abuso de poder, en lo más básico. “La señora me dijo '¿Cómo te llamas?'. Es lo primero que te preguntan porque necesitan saber cómo se llama una. Tiran el nombre y una corre detrás '¿Señora?' 'María', le dije. Le gustó el nombre, pero me lo cambió ¿Y por qué no? ¿Qué importancia tiene un nombre? Cualquiera sirve”.

Para 1976, en dictadura cívico-militar de Videla, Massera y Agosti, presenta la novela "Ganarse la Muerte". Al año siguiente el texto fue catalogado, por el Estado, como “contrario a la institución familiar y el orden social”, prohibida su venta y secuestrados todos los libros. El texto hace revista de los innumerables casos de maltratos, abusos, violencia y violaciones, sufridas por Cledy, una joven huérfana, que pasa su niñez y adolescencia entre orfanatos y familias adoptivas. Simbolismos de las brutalidades desarrolladas por la Triple A de Perón y López Rega, y a posteriori el gobierno de facto. La figura de la chica, resistiendo. Un claro mensaje social. “El militar, muy alterado por la falta de autoridad y vacío de poder, se sirvió el sándwich y se lo comió marcialmente de un bocado. El sándwich hizo ¡pum! Y le cayó como una bomba en el estómago, se desplomó ahí mismo, redondo al suelo, pero sin un gemido, tuvo tiempo de decir '¡Viva la patria!' y fue ascendido post mortem.

Los otros lo miraron en el suelo, pero no tenían mucha práctica en ámbitos marciales y no sabían qué actitud resultaría más oportuna. Se limitaron a seguir comiendo, con gestos casi pudorosos para que no se interrumpiera la solemnidad de la muerte, muy educados”.

Incluida y marcada en listas negras, perseguida por militares, servicios de inteligencia del Estado (SIDE) y grupos de tareas, decide exiliarse en Europa, como muchos artistas argentinos. En su caso, junto a su compañero, el pintor Juan Carlos Distefano, y sus dos hijos, se instalan en Barcelona, entre 1977 y 1980. “En el exilio no escribí teatro porque había perdido a mi público; y no sabía como era el público español” (Clarín, 13/10/2010).

En 1980, con una dictadura en fuerte retroceso, retorna junto a su familia al país. “Desenterramos los libros que habíamos escondido y tratamos de comenzar de nuevo”. Para aquellos primeros años ochenta, es parte fundadora de Teatro Abierto. Un grupo de autores, directores, productores y actores que desarrollan obras, con el objetivo de hacer público los atropellos vividos. Su centro de reuniones y realizaciones era el viejo Picadero, que pocos días después de su inicio, fue incendiado, mediante una bomba arrojada por un grupo de tareas, la pesada. La participación de Gambaro es con la obra "Decir Si". Una nueva creación donde se describe la relación cotidiana del poder, temática presente en toda su trayectoria. En esta ocasión, la acción se da en una peluquería, y la relación entre cliente y barbero. Jugando simbólicamente, entre pueblo y gobierno. El año siguiente estrena "La Malasangre". Una historia de amor prohibido entre Dolores y Rafael. Que haya elegido como escenario el siglo XIX (gobierno de Juan Manuel de Rosas) busca demostrar que a más de doscientos años, muchos de los actos persecutorios y represivos a lo diferente a lo preestablecido, a nivel amoroso y elección sexual, se mantiene.

Con la llegada de la democracia la autora no se casó con ningún gobierno. Ante cuestionamientos por participar de eventos culturales organizados por el kirchnerismo, buscando cooptar figuras de la cultura, Gambaro no dudó ni tardó en explicar que “siempre cuestioné el poder. Claudia Piñeyro ha citado una frase mía, y me hizo recordar que en una oportunidad hablé de 'la disidencia como estado de alerta'. Con el poder uno tiene que ser disidente” (Caras y Caretas, 04/2019).

En tiempos de gobiernos facho libertarios, la obra de Griselda Gambaro mantiene total vigencia. Llamando al pueblo trabajador a no olvidar y luchar por sus derechos.