Cultura
5/6/2026
Indio Solari (1949/2026): “el futuro, finalmente, ya llegó”
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Siempre el Indio
Cuenta una vieja imagen de los pueblos originarios que cuando muere un chamán el fuego permanece encendido toda la noche y las historias vuelven a contarse una vez más. No para retener a quien se fue, sino para asegurar que su palabra siga viva entre los que quedan.
Hoy, en estos tiempos que huelen a final de época, se fue alguien que ocupó un lugar semejante en la cultura popular argentina. No porque solo guiara una tribu e impartiera verdades reveladas, sino porque fue capaz de levantar un cosmos propio, poblado de símbolos, personajes y enigmas que varias generaciones hicieron suyos.
Ese chamán de la cultura popular argentina tenía nombre y apellido: Carlos “indio” Solari. Un nombre que, mientras esta nota se escribe, comienza a encender millones de fogatas en un país castigado por el hambre, la miseria pero también en un país con hambre de futuro.
Desde el Zero Bar, Cemento y Palladium hasta Obras, Huracán y el Monumental, el Indio junto a los Redondos transformó cada recital en una ceremonia que trascendía lo musical.
En esos primeros años, en medio de la dictadura militar, entre las performances teatrales y un sonido más cercano a King Crimson, la imagen rapada del Indio fue construyendo su (proto)misa ricotera, de forma subterránea a fuerza de boca en boca y con una identidad que no encajaba en un mundillo del rock nacional atravesado aun por la estética hippie tardía y las melenas largas.
Pero fueron los '80 y la irrupción del nuevo under en que el surrealismo ricotero dejó de ser casi una cofradía clandestina para consolidarse dentro de una escena en expansión que empezaba a redefinir el rock nacional.
Un surrealismo que cabalgaba entre las letras absurdas, un sonido más cercano a la new wave y el pop oscuro de Devo con Gulp! (1985) y los guiños hacia la estética soviética en Oktubre (1986) con la sonoridad sombría y tensa del pospunk, que mas tarde mutaría a un rock and roll mas clásico, y una carga política más explícita.
Una carga política enriquecida tanto de su poesía encriptada y la cultura del aguante de la juventud de fines de los '80 y los '90 como así de mitos y contradicciones.
Los Redondos, con su independentismo musical y separatista de la industria discográfica, se habían transformado en un fenómeno popular, en un genuino “fenómeno barrial” de una juventud azotada por el ajuste menemista que construyó su identidad a través de la música y las tribus urbanas desde la cultura del aguante, la “resistencia cultural” e incluso la rivalidad con otras tribus.
Una imagen identitaria cuyo ícono más fuerte fue (y sigue siendo) Wálter Bulacio por lo que significó para esa juventud cuyas canciones de los Redondos eran una bocanada de aire fresco ante la desocupación, la miseria y las razzias de la policía. Pero también fue el ícono que expresó las polémicas y contradicciones entre la banda, el Indio y una multitud de pibes que cuestionaron la tibia empatía de los Redondos frente a la lucha de justicia por Wálter.
Pero el fenómeno era imparable e incontrolable: había nacido la hoy conocida “misa ricotera” donde miles de jóvenes nómadas hacían retumbar la ciudad o pueblo donde el Indio se encomendara en esa especie de rito sacro de rock and roll propios de las misas de la banda Gratefull Dead en los '60.
Desde el periodismo hasta el propio poder político no solo opinaban de ese fenómeno sino incluso lo atacaban, como fue la suspensión del recital en Olavarría del año 1997, un hecho que no solo generó debates sobre el poder de censura del Estado, sino que también derribó, en la única conferencia de prensa que el Indio dio con la banda en su vida, mitos: la idea que ser rockero era sinónimo de ser un reventado.
Pero el fenómeno comenzó a comerse asimismo y, entre diferencias artísticas, disputas por el manejo del material audiovisual y el desgaste de la banda en sí, en ese mismo “final de época” que fue el 2001, los Redondos colgaron los botines.
A partir de ahí muchos creyeron que el fenómeno ricotero comenzaría a disiparse.
Pero ocurrió exactamente lo contrario. Con los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, el Indio inauguró una carrera solista de cinco álbumes, demostró que la mística construida durante décadas no dependía únicamente de los Redondos sino también de su figura que ya había alcanzado dimensiones místicas.
Sin embargo, el crecimiento de la convocatoria profundizó las mismas tensiones que desde hacía años acompañaban el fenómeno ricotero. El culto multitudinario por su figura convivió con debates sobre la organización por sus recitales anuales y la prioridad por hacer del recital un show en demostrar el poder de convocatoria antes que garantizar la seguridad e integridad de los miles que viajaban al mismo desde todo el país.
Olavarría en 2017, el cual se hablaba de ser el recital con el pogo más grande del mundo, terminó en un espiral de tragedia con dos jóvenes muertos, uno de ellos con el apellido Bulacio. Una ironía de la vida que fue el punto de inflexión del Indio como así su última presentación en vivo desde un escenario.
Desde entonces, mientras el Parkinson avanzaba sin parar y la figura física se volvía cada vez más esquiva, siguió editando discos y su figura, casi fantasmal aparecía en los recitales de su última banda alimentando ya no un fenómeno sino casi una mitología que no necesitaba del cuerpo para convocar multitudes.
Como si el chamán se estuviera preparando para su viaje final.
En este mismo instante que esta nota es escrita, miles de jóvenes (y no tan jóvenes) se concentran en Plaza de Mayo para despedir al Indio y, quien sabe, dar un pogo final, aquel baile colectivo nacido en la cultura punk de los '70 en Inglaterra pero que se transformó casi en un patrimonio popular de la juventud de Argentina. Miles de cuerpos moviéndose al mismo tiempo, empujándose, cayendo y volviéndose a levantar en esa experiencia colectiva.
En una Argentina atravesada por el individualismo y los gobiernos al servicio de esos amos que juegan a ser esclavos, el verdadero “pogo mas grande del mundo” será el de la clase obrera y la juventud irrumpiendo para terminar con este régimen de explotación y hambre.
Y cuando llegue ese día, el pueblo argentino podrá gritar a carcajadas “Ji ji ji".

