Cultura

2/4/2022

La guerra de Malvinas y el rock: que la música no me sea indiferente

Festival de la solidaridad latinoamericana por Malvinas (1982)

Desde los riffs de “Hey Joe” de Jimi Hendrix y “Fortunate Son” de Creedence Clearwater Revival en la selva vietnamita, la guerra ha sido una de las más trágicas inspiraciones del rock a lo largo del siglo XX.

Inspiraciones que, de forma irónica, dieron vida a canciones que se transformaron en las genuinas bitácoras de supervivencia de miles de jóvenes entregados como carne de cañón en las trincheras.

Festivales como Woodstock se transformarían en uno de los “frentes de batalla” de los que, sin ropa de fajina ni coroneles, le declararon la guerra a la guerra imperialista en las calles de las grandes urbes.

Pero hace 40 años atrás, muy lejos de Saigón, Nueva York o San Francisco, los “chicos de la guerra”, muchos provenientes de los pueblos del interior empobrecidos por la dictadura, juntos a los otros “chicos”, la mayoría hijos de obreros que sufrían el ajuste de Thatcher, serían la trágica inspiración de músicos y bandas que desde sentimientos tan diversos como el anti belicismo, el sarcasmo y el nihilismo, escribieron los más desgarradores “partes de guerra” para los que perdieron un hijo, un hermano, un novio y , en definitiva, para los que se quedaron para siempre en las Islas Malvinas.

No bombardeen Buenos Aires

La Argentina de 1982 era un total oxímoron: la dictadura, la cual había entregado al país al capital financiero, desaparecido a miles de personas, e incluso propuesto en 1981 la creación de una réplica de la OTAN llamada OTAS, iniciaba el conflicto en las Malvinas; un reclamo de soberanía sobre las islas incuestionable frente a una potencia usurpadora como el Reino Unido, pero que la propia dictadura, aliada política del imperialismo, llevaba a cabo como un manotazo de ahogado frente a la crisis interna del país.

El fervor ante el desembarco de las tropas, con una cobertura de prensa casi como una prórroga del fervor mundialista de 1978, generó una fuerte simpatía en las masas, inclusive en aquellas que habían sido protagonistas del “Porteñazo” dos días antes, con más de 50 mil trabajadores que enfrentaron la represión al grito “se va a acabar, se va acabar, la dictadura militar”.

Política Obrera, la organización antecesora del Partido Obrero, se opuso a la incursión de Leopoldo Galtieri, pero planteó al mismo tiempo que si la misma se transformaba en una guerra -lo que terminaría ocurriendo por el envío de tropas por parte del Reino Unido- la única forma de enfrentar al imperialismo era expropiar los capitales ingleses radicados en la propia Argentina (“no es por patrioterismo sino por auténtico antiimperialismo que planteamos: guerra a muerte, guerra revolucionaria al imperialismo” Política Obrera N°328, 5/4/82).

Y al rock nacional no le fue ajeno el conflicto. Los que hasta unos años antes eran considerados “enemigos internos” por la dictadura, los rockeros, de golpe eran acogidos con espacios en los medios de comunicación “gracias” a la ley 22.285, que regulaba el uso del idioma en radios y televisión por parte del Comfer.

La juventud, que encontró en el rock uno de los pocos ámbitos sociales frente a la tortura y la represión, como así también frente a la imposición de estereotipos morales desde el sistema educativo, la televisión, el cine y la prensa, vio cómo para principios de los 80´s la dictadura militar intentó lavar su imagen frente a ella a través del fallido “Ministerio de la juventud” en 1981, o realizando reuniones con grupos como Serú Giran y Queen.

Pero fue el 16 de mayo de 1982, en el “Festival de la solidaridad latinoamericana” (organizado por Daniel Grinbank junto con el gobierno militar) en el Estadio Obras, cuando se daría el primer paso a un fenómeno político que se repetiría en el futuro: la utilización política del rock por parte del Estado. De forma inédita, dos radios (Del Plata y Rivadavia) y el Canal 9 transmitían en directo un recital que pocos años antes hubiera sido motivo de razzias y represión.

Entre las bandas, desfilaron el Dúo Fantasía, Ricardo Soule con Edelmiro Molinari, Cantilo-Durietz, Dulces 16 (con Pappo), Rubén Rada, Oscar Moro con Beto Satragni, Litto Nebbia, Tantor, Luis Alberto Spinetta y un final con Charly García, David Lebón, Raúl Porchetto, León Gieco, Nito Mestre y Antonio Tarragó Ros, quienes cerraron con “Rasguña las piedras”, luego de haber coreado entre todos “Algo de paz”.

La manipulación mediática, el desenlace de la guerra y el robo, por parte de los militares, de las donaciones de cigarrillos, chocolates y frazadas que los más de 70 mil asistentes donaron, generarían un sentimiento de culpa entre los músicos, los cuales, tiempo más tarde, cuestionarían públicamente su propia participación, como fue el caso de Spinetta en un documental de MTV de 1997.

En cuanto a producciones, Charly García arrancaría su carrera solista con Yendo de la cama al living, donde el tema “No bombardeen Buenos Aires” será una radiografía irónica del contexto y el fervor popular de la guerra. Por otro lado, León Gieco patentó como himno “Sólo le pido a Dios”, el cual había grabado en 1978 ante el conflicto con Chile por el Canal de Beagle, mientras que el dúo Pedro y Pablo optaron por cuestionar a Margaret Thatcher en “Señora violencia e hijos” en su disco Contracrisis. Ya para 1983, Raúl Porchetto se pondría en la piel de un soldado inglés para relatarle a su majestad británica las vivencias de la guerra en el Atlántico Sur con “Reina Madre”.

Pero en paralelo a esta movida, se estaba gestando desde el nuevo ‘under’ otra visión más ácida, crítica y visceral. Los escenarios no eran los grandes estadios ni los festivales, sino reductos y antros más pequeños -como el Café Einstein, el Restaurant Le Chevalliete y el club Vinicius, entre otros. Allí se incubaba la nueva generación de bandas que formatearían al rock nacional en los 80. Grupos del género punk como Los Violadores, Alerta Roja, los Baraja y Los Laxantes; de heavy metal como V8 y la new wave con Virus manifestaban un mensaje más directo, focalizado en atacar a la dictadura en sí misma y en denunciar a la guerra de Malvinas como una maniobra para esconder la realidad política.

Canciones como “Comunicado 166” de Los Violadores (compuesta en plena guerra, estrenada el 9 y 10 de julio de 1982 en el extinto Teatro Gran Corrientes y grabada para el segundo disco de 1985 Y ahora qué pasa, eh), “Guerra sin razón” de Alerta Roja y “El banquete” de Virus, tenían un mensaje tanto sobre la guerra como la represión sin la necesidad de caer en cierto pacifismo condescendiente. En los recitales de Riff, el cántico más popular era “se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar” mientras que Sumo se daba el “lujo” de cantar en inglés. Por último, y con un clímax más de balada synth pop, se encuentra nada más y nada menos que “Trátame suavemente” de la banda Los Encargados, la cual Daniel Melero compuso en una especie de collage entre las noticias de un diario y el estado de violencia con que Galtieri daba sus discursos. La misma se popularizaría en 1984 por Soda Stereo, aunque con un sentido diferente.

Pero fueron los hermanos Moura, de Virus, junto a Los Violadores, los que darían el mensaje más lúcido a todo el circo que la dictadura pretendió montar en la juventud sobre Malvinas. Federico y Marcelo Moura, los cuales eran tildados por el mainstream de la época de “no comprometidos”, de “hacer música solo para divertirse” y “escribir letras para no pensar”, rechazaban la invitación a participar del “Festival de la Solidaridad” no sólo por estar en contra de la guerra, sino además por tener desaparecido desde 1977 a su hermano Jorge, militante del PRT-ERP.

No hay dudas que Malvinas fue un punto de quiebre para el rock nacional, tanto en lo estético como en su masividad (y negocio discográfico), acercando el género a miles de jóvenes y medios ajenos a los clásicos circuitos y “tribus urbanas” rockeras de la época y con recitales que más de una vez terminaban en una batalla campal entre la juventud y la policía.

De alguna manera, el miedo se estaba perdiendo.

Let’s start a War

Del otro lado del “charco”, la juventud inglesa vivía una de las etapas más duras. La proscripción de las huelgas, la militarización de las calles y la judicialización de la protesta social eran las respuestas del gobierno conservador de Margaret Thatcher frente a la desocupación, los recortes presupuestarios en educación, vivienda y salud, y las privatizaciones.

La guerra de Malvinas fue vista por muchos ingleses, como una maniobra del Estado británico para contener el clima social interno. Desde esa postura fue que varios grupos de rock inglés la rechazaron. El rock británico, el cual cinco años antes había escandalizado a la flemática sociedad inglesa con el punk, para 1982 se repartía entre el frío y matemático ‘synth pop’, la frescura y el hedonismo de la new wave y la new romantic, como así también la oscuridad del post-punk. De alguna manera, estos géneros, por su estética, proyectaban el sentir de una juventud víctima del thacherismo y de la asimilación al mercado de estéticas artísticas transgresoras.

Y al rock inglés, la guerra no le fue indiferente.

The Clash, que por entonces se encontraba en la cresta de la ola con su placa Combat Rock (erróneamente asociada con la guerra), cambiaba las letras de su canción “Carrer Opportunities” con referencias contra la guerra y el propio Joe Strummer diría públicamente: “Thatcher quiere sangre y grita a la venganza, redescubriendo la palabra fascista después de haberse pasado la vida sosteniendo regímenes militares”.

Paul Weller, líder del grupo The Jam, diría en 1983: “Cuando era joven era impulsivo y patriota, pero si patriota es votar a la Thatcher y estar a favor de la guerra de las Malvinas, ya no soy ni patriota ni joven”. Siguiendo desde la new wave, Elvis Costello compuso “Shipbuilding”, donde ironizaba sobre el supuesto progreso que la guerra había traído a la industria naval. El ex baterista de Génesis (y ya consagrado solista), Phil Collins, también se pronunció abiertamente a favor de la Argentina.

The Exploited lanzó “Let´s start a war” (“Comencemos una guerra”), donde sin metáforas ni diplomacia, la banda escocesa de hardcore punk, al mando de Wattie, acusaría a la propia primera ministra de utilizar la guerra para esconder los problemas sociales de la isla.

Pero uno de los acontecimientos más inesperados, no solo en lo musical sino en lo político fue con el grupo anarco-punk The Crass. El mismo había grabado “How Does It Feel to Be the Mother of a Thousand Dead” (“¿Qué se siente ser la madre de mil muertos?”) y “Sheep Farming in the Falklands” (“Cría de ovejas en las Malvinas”), lo que les costaría la censura por parte del gobierno británico. El año era 1983. En Gran Bretaña se celebraban las elecciones generales en las que Margaret Thatcher era favorita para ser reelecta como primera ministra. Entonces, un incidente inesperado amenazó con crear una crisis de dimensión internacional.

Varios diarios holandeses publicaron una grabación, que habían recibido de forma anónima, en la que la líder británica discutía con su par norteamericano y aliado, Ronald Reagan, sobre la guerra de las Malvinas.

En esa conversación el mandatario estadounidense le pedía a Thatcher que “se controle” y la cuestionaba sobre su decisión de hundir el crucero argentino General Belgrano cuando “los argentinos estaban en retirada”.

Poco tiempo después se supo que la grabación era falsa y se había realizado recortando y montando fragmentos de entrevistas. Eventualmente, la banda punk británica Crass admitió haber sido la autora del engaño, con la intención de evitar la reelección de Thatcher.

Por último, y algo más alejados de la escena under, Pink Floyd lanzaba “The Final Cut” (“El corte final”), un álbum antibélico, con elementos de ópera rock, grabado entre julio y diciembre del ´82. A través de canciones como “The Fletcher Memorial Home”, Roger Waters proyectaba la crueldad de la guerra, la incapacidad de los gobiernos por evitarlas y la dura vida de los veteranos y sus familias, la cual conocía a través de su padre muerto en la Segunda Guerra Mundial. El disco salió a la calle en medio de una fuerte polémica, pues muchos medios cuestionaron la postura de Waters.

Que la música no me sea indiferente

Pasaron 40 años de la guerra y lo que algunos suelen llamar como “una herida abierta” -en referencia a Malvinas-, hoy se ha transformado en una gangrena que recorre toda la Argentina entre ajustes y acuerdos coloniales con el FMI.

Y como si se tratara de una resaca del aliento chauvinista de Galtieri, todo el arco político patronal, desde el nacionalismo hasta la más rancia ultraderecha liberal, hoy se muestran compungidos y solemnes ante el aniversario, pero, al igual que la dictadura, se subordinan a las grandes potencias imperialistas y el capital financiero.

Los que ayer fueron “los chicos de la guerra” hoy ya son abuelos a los que la dictadura y el imperialismo inglés les robó la juventud entre torturas, hambre y frio y que el propio Estado argentino ha abandonado, con más de 400 suicidios de veteranos y otros tantos cobrando pensiones por debajo de la línea de la pobreza.

Como si las estrofas de “Fortunate Son” también fueran escritas para ellos.

El recuerdo de esos “jóvenes de ayer”, tan victimas de la dictadura como los 30 mil compañeros desaparecidos, sigue (y seguirá) vivo en ese puñado de canciones que, ya sea en castellano o inglés, buscaron mitigar el ruido de las bombas, los Sea Harrier ingleses y los discursos demagógicos y ensordecedores de Galtieri.

https://prensaobrera.com/aniversarios/40-anos-de-malvinas-entrevistas-a-protagonistas-de-la-lucha-contra-la-dictadura/