10/06/2021

“La mitad fantasma”, o cuando con Skype no alcanza

Alan Pauls, autor de la monumental novela “El pasado”, regresa con una obra que muestra un rostro de las relaciones amorosas demudado por los tics que le provoca el mundo contemporáneo.

“La mitad fantasma”, el último trabajo de ficción del autor argentino Alan Pauls, hace del encuentro azaroso entre Savoy y Carla y de la manera apurada en que constituyen una pareja, inobservantes de lo que se denomina hiato generacional, los motivos iniciales de su escritura. Luego, se ocupa de indagar como la distancia (la física, dado que las reuniones virtuales aparecen como objetoras de la idea de una lejanía insalvable) destrenza los hilos del empuje mutuo a la proximidad y al contacto. Aunque, corroborando la sospecha de que nunca hay dos sin tres, también está Renée, la protagonista que tercia para reparar la ineptitud anacrónica de quien toca la única campana que se escucha a lo largo de casi todas las páginas; solo en el capítulo final el libro intercepta y transcribe una conversación telefónica de la otra parte involucrada.

Savoy es el que lleva la voz cantante. Su nombre inverosímil (característica que comparte con el personaje central de la novela “El pasado”, Rímini), de cadena hotelera presente en muchas ciudades del planeta, paradojalmente no le permite tolerar que Carla se dedique a una tarea nómada, la cual la transporta a geografías remotas. Ella cuida casas de las que por un tiempo determinado se ausentan sus moradores naturales. Él posee antecedentes enrevesados en el rubro: pretextando cumplir la labor de un agente inmobiliario, se metía dentro de distintas propiedades en alquiler donde -requisito indispensable- todavía habitaban los dueños. Así atesoraba con voracidad detalles suculentos de vidas ajenas. Pero agotada dicha artimaña, su búsqueda famélica lo recondujo hacia una plataforma de ventas “online”, de la que aprovechó las ofertas de chucherías que aún exhibían las huellas que les imprimió un uso que alguna vez fue íntimo. Llegado a este punto, no logró frenar la compra de objetos rescatados del descarte por el capitalismo tardío que recicla -y tergiversa- los eslóganes de la necesidad de la preservación y saca de cosas ya inútiles más fajos (intangibles) de dinero. Queda fuera de tal mercadeo cuando accede junto a Carla a los asuntos del enamoramiento.

Savoy desde muy temprano le declaró la guerra a la solemnidad infatuada de cierta sensiblería artística, una decisión que tomó después de mirar el filme alemán de 1987 “Las alas del deseo”, realizado por el tándem Win Wenders-Peter Handke. Rememorar esos ángeles abrigados con sobretodos, susurradores misericordiosos de seres dispuestos a saltar al vacío, y la coleta que el actor Bruno Ganz pasea por las alturas de Berlín Oriental lo inunda de una indignación nauseosa (algo similar a lo que experimentó la lucidez precoz del niño de «Historia del llanto», publicada por Alan Pauls en 2007, frente al espectáculo de la prédica impostada de un trovador «comprometido»). No resulta raro entonces el descreimiento que lo separa de las emociones inmediatas y fugaces que envuelven su condición de usuario obligado de una aplicación de videollamadas.

Si bien les asigna a las películas “El mensajero del amor” (1974), del director norteamericano Joseph Losey, y “No matarás” (1988), del cineasta polaco Krzyszlof Kieślowski, el rol de piezas clave en su educación sentimental, al cruzar el océano Atlántico, siguiendo el pálpito de su corazón intrigado para hallarse nuevamente cerca de Carla, se revela como un aprendiz hipermoderno de Wakefield, el personaje del relato homónimo de escritor estadounidense Nathaniel Hawthorne, que tras escaparse de las cuatro paredes de su hogar se vuelve un alma en pena y espía a la esposa que abandonó.

Una pesadilla diurna en la que el apunte minucioso de sorpresas y hallazgos vandaliza la narración y la siembra de escombros digresivos, los que sin embargo terminan compactándose en la insinuación de que el verdadero tesoro ya no se encuentra, a diferencia de lo que pretende enseñar el cuento «La olla repleta de oro» de John Cheever, en unos brazos que se abren y se extienden para regalar un consuelo desinteresado y ofrecer un cálido refugio.

 

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