23/03/2011 | 1169

«La Naranja Mecánica», 40 años después

Uno, dos, ultraviolento...

-Exclusivo de internet

Según el diccionario, utopía es la proyección humana de un mundo idealizado que se presenta como alternativo al realmente existente, íntimamente relacionado con el deseo de dar un sentido a la vida y alcanzar la felicidad a través de un mundo mejor, justo y más solidario.

Según Anthony Burgess y Stanley Kubrick, esta fantasía ocurre de manera opuesta. La Naranja Mecánica se ha convertido a lo largo del tiempo en una película de culto que mereció todo tipo de análisis, tanto desde el cine mismo, la política y la cultura como hasta de la propia medicina y psicología.

Filmada en 1971, La Naranja Mecánica fue, junto a THX 1138, de George Lucas, y la saga El Planeta de los Simios, uno de los films que tomó el legado del género «distopía o antiutopía» iniciado por Fritz Lang, en 1926, con Metrópolis, en donde la realidad transcurre de manera idealizada en un mundo futurista perverso y oscuro, donde las consecuencias de la manipulación y el adoctrinamiento colectivo llevados a cabo por un Estado policíaco y totalitario llevan al control absoluto, condicionamiento o exterminio de la población bajo una fachada de benevolencia. Entrado en los años ’80, esta distopía se encarnaría en el género «cyberpunk», con películas como Alien, Mad MaxBlade Runner, Terminator, 1984, Brazil y Robocop, donde la peculiaridad es la presencia de la tecnología, tanto de manera exacerbada o rudimentaria, condicionando la vida del hombre en un futuro sombrío. Años más tarde, sería comparada, en 1996, con la película Trainspoting, que algunos críticos de cine llegaron a señalar como La Naranja Mecánica de los ’90».

La Naranja Mecánica también se destacó por ser un film que contrasta con la línea que la ciencia ficción venía llevando desde los años ’50 y ’60, donde el futuro se expresaba de manera próspera y ociosa para la sociedad, sin la existencia de clases sociales y donde los límites territoriales eran barridos por la exploración del cosmos, en una década signada por la competencia en la carrera espacial-armamentística entre los Estados Unidos y la Unión Soviética.

Otra curiosidad fue su banda sonora, enteramente producida por Wendy Carlos con rústicos sintetizadores «Mog», convirtiéndola en el primer film en utilizar música electrónica. La misma era una reinterpretación de piezas de música clásica en escenas violentas, cuestión que el espectador comprendiera la condición psicológica de los protagonistas e hiciera esta asociación cada vez que las escuchara.

Basada en la novela de Anthony Burgess de 1962, la película narra la historia de un grupo de jóvenes desclasados, en la ciudad de Londres de 1995, liderados por un adolescente de 17 años llamado Alex, para quien su mayor placer es la violencia hacia mendigos, parias, mujeres y ancianos, como también el sexo desenfrenado y la música de Beethoven. Cabe aclarar que parte de esta historia se basó en un hecho de violación y violencia que el mismo escritor vivió en 1944 con su esposa embarazada, cuando fueron asaltados por un grupo de soldados norteamericanos en Londres.

Utilizando un dialecto llamado «Nadsat», este grupo de lúmpenes irá descargando su ira por una ciudad oscura y desolada. En un principio, esta violencia no tendrá un fin determinado, ni se apuntará a grupo social específico, sino que sólo alimentará el morbo de estos chicos marginales.

Pero, posteriormente, aparecerá la violencia del Estado, en especial sobre la vida de Alex, de tres maneras: el asistencialismo, la represión y, finalmente, la cooptación. Todas con un fin específico, en este caso: la reinserción de los marginales a la vida social de un régimen determinado.

La aparición de un asistente social neurótico, quien de manera coercitiva trata de convencer a Alex sobre las consecuencias de no tener una buena conducta social frente a sus padres y la sociedad misma, cumplirá un rol de policía hogareño que vigila a nuestro protagonista esperando no un cambio en su conducta, sino más que nada la acentuación de esta misma.

Los reiterados hechos de vandalismo por parte de Alex tendrán como respuesta la represión del Estado; en primer lugar, por medio de la cárcel y, en segundo lugar, a través de la reeducación de este joven con un particular tratamiento llamado «Ludovico», una copia artística de las técnicas de condicionamiento clásico iniciadas por el psicólogo y fisiólogo conductista ruso Iván Pávlov.

Por medio de una exposición forzada de imágenes violentas bajo efectos de las drogas, este tratamiento buscará crear en Alex una sensación cercana a la muerte que lo indisponga a cometer actos de delito y violencia, transformándolo en un ser incapaz de tomar decisiones.

Como consecuencia de esto, Alex no sólo termina inhibiendo su instinto violento, sino también la posibilidad de sentir el placer mismo, ya no sólo por medio de la violencia, sino ante estímulos más nobles como una mujer semidesnuda o la misma Novena Sinfonía, causándole todo tipo de sensaciones que lo llevan a la náusea.

A cambio de esta reeducación, Alex recibe su libertad, condicionada por este tratamiento, que sin ir más lejos, no lo termina de alejar de su pasado violento, sino al contrario: si antes la incapacidad de discernir entre el bien y el mal lo llevaban a cometer actos de violencia, ahora esa incapacidad, impuesta, de cometerlos lo inhiben para defenderse de la violencia misma.

El ingreso de los amigos de Alex a la policía y el ofrecimiento a él mismo, posterior a un intento de suicidio, de un puesto bien remunerado en el gobierno, así como un gigantesco equipo de música con la Novena Sinfonía a cambio de hacer campaña en las elecciones por el partido gobernante son las escenas finales que muestran al Estado cooptando la voluntad de estos chicos. En el primer caso, para utilizar la violencia de estos como agentes de policía y ,en el segundo, para esconder su fracaso por transformar a un psicópata en un ser útil a la sociedad y al régimen social imperante.

La película -por su crítica nihilista hacia el Estado y la sociedad y la relación del mismo con la juventud y la violencia- fue una importante influencia para diferentes movimientos juveniles como el Punk de fines de los ’70 y, en parte, del movimiento Skinhead. La apelación de la violencia como provocación fue la manera con la que estas «tribus urbanas» buscaban recordarle al mundo lo detestable que era vivir en el mismo, con altos índices de desocupación, falta de perspectivas sociales y, en particular, por una continua represión a la juventud.

Pero, más que nada, el film nos termina sugiriendo una idea exacerbada de cuáles son las perspectivas que podría tener una juventud «estatizada», la cual es castigada o premiada según su fidelidad hacia los valores que el Estado burgués, a través de su propaganda, la iglesia, la cárcel y hasta la misma educación que buscan regimentarla y transformarla así en un sumiso y servil sirviente de los intereses de los explotadores.

Algo que La Cámpora debería tener muy en cuenta.

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