06/04/2016 | 1405

La Toma, el clasismo gráfico en historietas

La edición de marzo de la revista Fierro (mensuario de historietas que publica Página/12), apareció con una edición especial dedicada íntegramente a La Toma, una historia de Emilio Utrera sobre la toma de un taller gráfico por parte de sus trabajadores


La edición de marzo de la revista Fierro (mensuario de historietas que publica Página/12), apareció con una edición especial dedicada íntegramente a La Toma, una historia de Emilio Utrera sobre la toma de un taller gráfico por parte de sus trabajadores.


La obra del historietista Emilio Utrera cobró relevancia entre los lectores del medio con la aparición en la calle de Barras, una obra que cuenta las internas de las barras bravas del fútbol del ascenso. Ya en Barras se adivina la mirada justa e íntima con la que el autor retrata las pasiones, la violencia y la miseria en las barriadas del conurbano bonaerense.


En el caso de La Toma, Utrera se remonta a la crisis del año 2001 para contar un incipiente proceso de despidos y suspensión de pagos en un taller gráfico, una empresa familiar dirigida por un padre con dos hijos. Los primeros telegramas ponen en alerta a un reducido grupo de trabajadores, que determinan tomar acciones para evitar los despidos y el eventual cierre del taller. La historieta narra la evolución de este plan de lucha, dirigido por el compañero más veterano del taller, Papá Pitufo. Cercano a jubilarse, comparte el espacio de trabajo con su nieto Cristian, un silencioso dibujante.


El planteo inicial de Papá Pitufo es el de llamar a la izquierda en busca de apoyo, en este caso a un partido llamado «Frente Obrero» (luego vuelve a ser nombrado como «Movimiento Obrero»). El conjunto de los activistas rechaza esa propuesta, rechazo teñido de prejuicios corrientes por aquellos días de 2001: «no metás a la política en esto», «de obrero no tienen nada» «¿cuando vean las banderas del partido van a aflojar?»«Ellos están en la misma: desocupados, miseria. ¿Qué me decís de las banderas?»


Cuando los despidos y la bronca avanzan, más trabajadores se suman y se inicia la campaña: volanteada por barrio, apoyo de los familiares, y acampe en la puerta del taller. En esas páginas queda muy bien retratada la policía, como custodios de la propiedad privada al servicio de los patrones.


El rol de la burocracia gráfica frente a esta crisis apenas aparece mencionado, tal vez debido a lo intimista y puertas adentro de la historia. Su total ausencia en el conflicto, sin embargo, demuestra una realidad. Sólo en un diálogo se aclara la cuestión: cuando Papá Pitufo hace mención a la otrora perseguida Federación Gráfica, un compañero le responde: «¡Antes eran combativos! Ahora son otros hijos de puta que nos dejaron tirados».Lo que La Toma omite es que el nonagenario Raimundo Ongaro sigue a la cabeza del gremio desde hace décadas.


Dentro del taller en donde se sitúa la historieta opera una patota adicta a los dueños, que carnerea las medidas de lucha y muestra su vocación para funcionar como fuerza de choque contra los trabajadores en lucha. En la realidad, esa patota respondería directamente a la burocracia, pero en la historieta aparece ajena a la misma.


La interna familiar de los dueños del taller añade un ingrediente interesante, en el que los trabajadores y activistas se ven involucrados, en un doble filo entre ser usados y utilizar esta disputa en su provecho.

 


La cuestión generacional que separa al combativo Papá Pitufo de su joven nieto Cristian plantea la necesidad de la juventud de tomar cartas en el asunto. Cristian retrata de manera certera y elevada el conflicto en las paredes del taller con murales, pero no llega a tomar conciencia de la necesidad de intervenir en la lucha.


La Toma, como obra clasista es una rara avis en la historieta argentina actual. El arte de su autor, Emilio Utrera, merece ser leído por el público en general, pero principalmente por los obreros gráficos, para su debate en el marco de ajustes y despidos, y de las cercanas elecciones del gremio.