31/10/2020

“La trayectoria de los aviones en el aire”: el contagio de un amor y el despertar en la oscuridad de la historia chilena

En la novela de Constanza Ternicier, reeditada en 2018, las fracturas sociales del presente confeccionan el trasfondo de un pesimismo que corroe cualquier esperanza.

En estos días en que la rebelión chilena volvió a mostrar su vitalidad, vale la pena volver sobre el destacado libro de una entusiasta de ese proceso, Constanza Ternicier (Santiago de Chile, 1985). Hablamos de La trayectoria de los aviones en el aire, lanzado originalmente en 2016 a través de una editorial catalana, y luego, tras una corrección de su autora, por la editorial Libros del Fuego en 20118 para Chile, Colombia, Argentina y Venezuela.

El apagón de un coma inducido constituye una suerte de prefacio, dado que esta novela arranca cuando la protagonista, en la cama de un hospital londinense, abre los ojos. Movimiento que no efectúa de manera simultánea. Primero uno, después el otro: así lo hace. Período de latencia (un retraso quizá inobservable) impuesto por la necesidad de avanzar a tientas. El ritmo cauto de la convalecencia acompasado con la música “downtempo” que, una vez obtenida la aprobación profesional, sonará aleatoriamente desde unos auriculares. Pues a la vigilia y a la lucidez les requerirá bastante esfuerzo despegarse del extrañamiento. Habrán interrogantes que embotarán los sentidos: ¿Por qué se encuentra ahí? ¿Cómo ingresó y a causa de qué la internaron?

La ronda institucional de quienes a diario cumplimentan a la paciente en su habitación se vuelve objeto de un registro pormenorizado, donde una predilección por los rasgos particulares desmarca a cada persona de la uniformidad y pone de relieve, asimismo, la confluencia de sus disímiles nacionalidades. Los cambios de turnos; la administración de un cóctel abigarrado de comprimidos; las tomas de muestras para análisis que -por la complejidad que comportan- demoran en llegar; los horarios estrictos de las comidas que se adecúan a una conveniente pauta nutricional; las sesudas elucubraciones en torno a la etiología más certera y un diagnóstico que, sin embargo, se muestra reacio a todo pronunciamiento categórico; cierta palabrería conmiserativa con que se taponan los huecos que el sujeto sufriente deja en la muralla de la experticia y la eficacia. Una rutina que hienden los “flashbacks” mediante los cuales son recreadas las escenas que desembocaron en un febril viaje al fin de la noche.

Antes de Inglaterra y aquella caravana “lumpérica” (la narradora usa este término, que remite a un libro de 1983 de su compatriota Diamela Eltit) estuvo España. Con el salvoconducto para un doctorado en literatura, Amaya, la protagonista de la novela, eligió a Barcelona como el destino que debía redimirla. En dicha ciudad -con playas bañadas por el Mediterráneo, un mar que ha empezado a congestionarse de las muertes de la tragedia migrante- se contagiará del desbrujulado amor por su “partenaire” catalán, que adquirirá la cualidad fantasmagórica de un virus mutante, hospedándose en el cuerpo de ella sin licencia de la anfitriona.

Dependiente de las prácticas de cuidado, la debilidad que todavía afecta su mirada no le impide observar los probables aviones de guerra que cruzan el plano de la visión de un cielo siempre lluvioso, enmarcado por una ventana que apenas ilumina la paulatina recuperación que experimenta. Y al igual que esos vuelos, transportadores indetenibles de la próxima carnicería imperialista de una población inerme en algún punto lejano o cercano del mundo, el retorno a Chile (al que la fuerzan las recomendaciones médicas) prefigura un futuro amenazante y catastrófico. Las fracturas sociales del presente confeccionan el trasfondo del pesimismo que corroe cualquier esperanza. Un sistema sanitario en el que la pobreza ultima a las gentes moribundas. Una educación inasequible que custodia la represión de carabineros contra las movilizaciones estudiantiles.

Su país natal, que tanto la enoja, se regodea en las conciliaciones cosméticas con que espolvoreó las heridas de las que chorrea la sangre del pasado. Hasta su propio padre, para excusarse de la complicidad de la Democracia Cristiana con el golpe de Pinochet, falsea una complaciente leyenda heroica. Mientras, los crímenes permanecen impunes bajos las aguas del Océano Pacífico.

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