18/08/2005 | 913

“La vida por Perón” (Sergio Bellotti)

Ojo Obrero

La trama de La vida por Perón transcurre el día de su muerte y relata cómo un grupo de las “formaciones especiales” planea y ejecuta, en parte, el secuestro de su cadáver y el cambio de éste por uno falso para evitar que “el original” sea secuestrado por “los sectores más reaccionarios del ejército cipayo”; y así, al apropiarse del cadáver original, apoderarse de la “herencia histórica”, para la juventud y, en definitiva, para la “patria peronista”.


¿Es en serio? ¿O es en joda?


Cualquier espectador desprevenido se hará esta pregunta durante los primeros minutos del film y dudará en contestársela hasta el final. Es que triunfa la apuesta de Bellotti a una indefinición de género en este sentido. La vida por Perón es un thriller político, un policial, es una comedia de enredos con humor negro, es realista, grotesca, bizarra. Todo eso. ¿Esto impide una lectura política? No. De hecho, la crítica que la reivindica la hace. Pero, ¿qué ven? Sólo ven en ella la triste historia de cómo unos “perejiles” de base son llevados a un destino trágico por “una conducción mesiánica” entregada al “militarismo”.


En La vida… el grupo que planea el secuestro del cadáver de Perón contrata a un locutor profesional para que imite la voz del General y grabe, en su último discurso, una reivindicación de “la juventud” como su legítima herencia histórica. Cuando Rafael, el máximo dirigente del operativo, muestra a Norma la cinta, ésta estalla en un grito: “Pero… ¡¡¡ahí no dice que luchamos por la patria socialista!!!”.


Los “críticos” no ven en esa historia la voluntad de miles de compañeros que, confundidos políticamente o dirigidos por conducciones “mesiánicas”, luchaban legítimamente por el socialismo y daban la vida por ello. En la película, los perejiles, entonces, no serían ellos sino los genios tácticos de “la conducción mesiánica” que pretendían torcer el destino de la historia fraguando el discurso de un reaccionario.


Si bien la lectura de “la crítica” es una de las posibles, hay otra que el carácter provocador de la apuesta estética de Bellotti ha conseguido: los kirchneristas la detestan. Probablemente, porque consideran que los “años de plomo” no fueron “joda” y porque están convencidos ahora de que gobernar (para el FMI) es “en serio”. A nosotros, ver a las organizaciones de derechos humanos (hoy kirchneristas) que lucharon por el castigo a los culpables del genocidio de los “perejiles”, tomarse en serio la clausura del sentido político del término “memoria” en un museo, mientras abandonan la lucha por el castigo a los culpables de la masacre del Puente no nos parece joda.


Si la película naufraga no es por las turbulencias que la temática abordada le presenta, sino porque su sugestiva apuesta estética no está acompañada de una ética convincente, y es esto lo que más deleita el paladar de la crítica: la falta de posición.


Y si la realidad supera a la ficción, ¿cómo narrarla?


¿La vida por Cafiero?


Hoy tenemos la certeza de que cientos de compañeros luchan legítimamente por el socialismo. No dudamos de ello. Pero, ¿cómo podríamos narrar esta historia en la que los “genios tácticos”, no necesariamente mesiánicos, que dirigen sus organizaciones logran fraguar el discurso de un reaccionario vivo (muy vivo) sin necesidad de contratar a un locutor profesional? ¿Cómo apelar al grotesco, a la sátira, a la parodia, cuando alcanzaría sólo con un documental para dar cuenta del carácter “grotesco” que tiene una reivindicación del tercermundismo hecha por un sujeto que tiene en un altar una fotografía con su verdugo?


Para los artistas, ese desafío. Para los militantes revolucionarios el desafío de estar atentos a los gritos de las Normas de hoy: “¡¡¡Ahí no dice que luchamos por la legalización del aborto!!!”.

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