Cultura

3/7/2024

“La vis cómica”: la peligrosa mezcla entre arte y poder

El elenco de “La vis cómica” junto al dramaturgo y director Mauricio Kartun

Si bien el arte ha sido más o menos dependiente del mecenazgo de la monarquía, los empresarios y los gobiernos a lo largo de la historia, la irrupción de las vanguardias como el surrealismo, el dadaísmo y el modernismo muestran que el arte también surge en los márgenes del poder, contra el poder, por el poder, en otro plano que el poder. El poder y los que lo esgrimen suelen ser los que monopolizan la noción de realidad e imponen una percepción y una estética de la misma a su medida. En “El arte como artificio” escribe el formalista ruso Viktor Shklovski: “El propósito del arte es el de impartir la sensación de las cosas como son percibidas y no como son sabidas (o concebidas)”. Cuando el arte es cooptado por el poder, se convierte rápidamente en su mejor propagandista y su más hábil verdugo, perdiendo con ese gesto la capacidad de extrañamiento de la realidad, de dar una nueva perspectiva, a fin de cuentas de hacer arte, si acordamos con Shklovski. La obra “La vis cómica” de Mauricio Kartun explora los riesgos que corre el artista cuando se pone al servicio de los tiranos que gobiernan.

En las orillas chatas y sedimentarias del Río de la Plata, en la Buenos Ayres colonial del Virreinato, una compañía de teatro de segunda venida de España se lamenta. Abrigados eclécticamente con el vestuario harapiento y heredado, con la insignificante protección de un telón hecho jirones, intentan refugiarse del viento inclemente que viene del río. Su director, Angulo “el malo”, interpretado por Horacio Roca, maldice la falta de un corral de comedias donde presentar su arte y a la otra compañía de teatro presente en la ciudad porteña, cuyo director es el pregonero del Cabildo, y que ha sido adoptada por el virrey enfermizo. Obliga a su esposa Toña, encarnada por Stella Galazzi, a coser y bordar el vestuario de la compañía, trabajar de lavandera en las aguas gélidas del Plata, y a aceptar changas de costura para poder generar ingresos. Angulo le exige también al dramaturgo Isidoro, con la actuación de Luis Campos, guionar cada una de sus intervenciones, y lo ha engañado para vender todas sus pertenencias para financiar el viaje de la Península a las Américas a probar suerte, mientras el escritor alberga el sueño de estrenar su obra dramática. Ha comprado una supuesta esclava guaraní, a la que ultraja sexualmente fuera de escena, y adiestra como una mascota, enseñándole parlamentos enteros de obras clásicas españolas para que pueda repetirlas perfectamente de vuelta en el Viejo Mundo, como una suerte de bicho raro circense para mostrar y ganar dinero. Esta esclava será bautizada (y animalizada) como “la Cacatúa”, el epítome de la esclavitud y las vejaciones coloniales ejercidas por la metrópoli sobre la población americana.

Todo esto es simplemente el argumento de la obra, cuyos artificios teatrales, tramoyas y acciones fuera de escena son expuestos por el perro Berganza, interpretado por Cutuli, evocando el can parlante de la novela satírica del Siglo de Oro “El coloquio de los perros” de Miguel de Cervantes. Con la mordacidad y el cinismo propio de la sátira cervantina, Berganza rompe la cuarta pared y nos reconoce como público, da por sobreentendidos los dispositivos teatrales y la suspensión de la incredulidad que requiere el arte dramático, y nos guía como dramaturgo y director a través de la trama de la obra.

Reemplazado el Virrey enfermizo por uno nuevo, Angulo ve su oportunidad y le serrucha el piso a su adversario, llenándole la oreja al nuevo enviado de la Corona española y arrebatando al Pregonero su rol. Ya con camarín en el Cabildo y con las vestimentas suntuosas del Pregonero, se pone al servicio del nuevo Virrey, y descubre el verdadero rol que deberá cumplir: ya no será actor, no podrá mostrar más la nombrada vis cómica, sino que será el torturador y el verdugo que debe castigar a los esclavos y a los reos. Metáfora potente del que podríamos nombrar artista oficialista, que le es servil al poder de turno mientras este vapulea a los más postergados de la sociedad. Los ecos se escuchan siglos más tarde, en la Argentina de Milei, donde el arte público e independiente está amenazado por la motosierra libertaria, y donde algunos artistas se plantan contra el ajuste, y otros hacen notas en los medios elogiando al “León” y las “Fuerzas del Cielo” (cof cof Guillermo Francella).

Con ya más de 50 años de dramaturgia a sus espaldas, el genio detrás del éxito que fue y es Terrenal Mauricio Kartun ha encontrado su voz teatral hace rato. Con un guión verborrágico, pleno de sainetes y remates, oscilando entre el verso, la rima y el monólogo, el teatro a sala llena se ríe de su texto ingenioso. El vestuario de época de Gabriela Fernández se luce con sus oropeles y volantes. “La vis cómica” es una denuncia satírica y hábil a los dilemas que surgen cuando el arte se pone al servicio del poder y traiciona su propósito crítico, y los riesgos que corre el artista oficialista cuando termina su buena estrella y sus amos se ponen en contra suyo.

“La vis cómica” está en cartelera los sábados a las 19:30 en el Centro Cultural de la Cooperación (Corrientes 1543).