20/12/2020

“Lleno de ruido y dolor”: una potente recuperación del wéstern como género cinematográfico

Debajo de los crímenes de Foster, Román y Soria se revuelve un tembladeral social.

Situada históricamente en el año 1928, la película Lleno de ruido y dolor obtiene de la inmensidad agreste de la Patagonia el componente insustituible de la sólida cohesión de su argumento. La agitación anarquista y el bandidaje rural subvierten el orden de hierro (de la explotación) con el que los patrones regentan el territorio, por lo que los caudillos políticos hacen de las patrullas de policías y de la milicada el brazo ejecutor de la sofocación de esas amenazas. Un contexto que prefigura el destino final de dos curtidos bandoleros, Foster y Román, quienes para llevar al éxito el plan que los convierte en socios de tropelías arrastran al pusilánime Soria, alguien que conoce el uso de la dinamita.

Con un criterio económico formidable, el guion no abunda en demasiadas explicaciones. Lo constata la escena inicial: casi sin solución de continuidad suena un disparo y un caballo se desploma. Aunque, no obstante el lugar minúsculo que ocupan dentro del desenvolvimiento de la trama, de los escuetos coloquios del filme -en los que apenas se mascullan desesperadas confesiones- puede deducirse qué tipo de causas constituye el trasfondo de los crímenes cometidos a sangre fría por Foster y Román, mientras a Soria lo invade la náusea.

La ambición de ser dueños de algo colma el agujero que les provocó quedar excluidos de la repartija general; ellos no adquirieron riquezas ni recibieron heredades. Ignorante de las hipótesis lombrosianas con las que un petulante frenólogo traza el perfil de los delincuentes natos, el bandolero Foster se llama a sí mismo «malparido», palabra mediante la cual se adscribe a la clase de seres que carece de una genealogía reconocible, la que sólo posee prontuario (el que cuelga, en su caso, de una de las paredes del cuartel del comisario que anda detrás de él y sus compañeros). Pero los insultos que salen de su boca de dientes manchados contra Bairoletto -el Robin Hood de las pampas-, aclaran muy bien que no predica ninguna épica de la restitución. Al igual que sucede en el ominoso relato de traficantes y gánsteres que se lee en Santuario, la novela de 1931 del escritor norteamericano William Faulkner, un tembladeral social se revuelve debajo de la narración.

La justeza con la que el director Nacho Aguirre crea los pasajes de áspera violencia se ahorra la exhibición de crueldades gratuitas. En cada fragmento apuesta a renovar la tensión, cuidando de que el propósito original de Lleno de ruido y dolor no palidezca por efecto de la superposición de descripciones inconducentes -de las que está libre, de manera acertada, toda la película. Aun así, consigue plasmar ciertas audacias formales, entre éstas una especie de música incidental en la que se escuchan, sin que desvirtúen la atmósfera de naturaleza árida transmitida por las imágenes, arpegios distorsionados de guitarra o la vibración envolvente de un órgano Hammond.

Remontado El camino del gaucho, una producción de 1952 que rodó en Argentina el memorable Jacques Tourneur, esta ópera prima de Nacho Aguirre recupera la potencia que supo ofrecer el wéstern como género cinematográfico.

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