01/10/2020

“Lo que importa es la idea”: una vida con Quino

A la muerte del artista, una semblanza de sus palabras y su obra, refugio frente a la hipocresía del mundo.
Dibujante

Este 2020 es una montaña rusa de emociones. Un capitalismo pandémico que golpea las condiciones de vida de las masas día a día, las estadísticas de contagios y muertes nos llevan al colapso de un sistema sanitario destruido y en medio de un hambre creciente devalúan los salarios y las jubilaciones, la salud y la educación. Devalúan la vida. No teníamos suficientes problemas y encima nos despertamos en la mañana de este miércoles con la noticia del fallecimiento de Quino.

Joaquín Lavado nació en Mendoza hijo de padres andaluces, fue apodado «Quino» por su propia familia. A los 4 años descubrió su pasión por el dibujo, en esas noches en que él y sus hermanos quedaban a cargo de su tío Joaquín, un dibujante de publicidad que les dibujaba a los tres niños mientras los padres iban al cine. Su padre y su madre fallecieron durante la adolescencia, a los 15 años quedó a cargo de sus hermanos. Un par de años después viajó a Buenos Aires con su carpeta de dibujos bajo el brazo a buscar trabajo. Fue rechazado en todas las editoriales en las que presentó y volvió frustrado a su tierra natal a hacer la colimba, donde pudo conocer la violencia y el autoritarismo del ejército desde adentro, algo que lo alejaría de los lápices durante la experiencia.

Apoyado por sus dos hermanos Quino retomó el dibujo y volvió a Buenos Aires. Dice que dibujaba muy mal pero insistía porque «lo importa es la idea (…) No dibujo como quiero sino como puedo». Perseveró golpeando puertas hasta que consiguió publicar su primera página de humor gráfico en el semanario Esto Es, luego en TV Guía, Leoplan y Panorama. Después pasó a publicar en la revista de humor gráfico Rico Tipo junto a sus admirados dibujantes Oski y Divito que dirigía el semanario.

La creación de Mafalda surgió producto del esfuerzo de Quino por conseguir trabajo dibujando viñetas publicitarias para una empresa de electrodomésticos. Ese trabajo no se concretó y terminó creando tiras sobre la familia de Mafalda que logró publicar «en otra editorial que también se fundió», dice Quino entre risas, contando que atravesó «un cementerio de editoriales» (dixit). Cuando le preguntan por qué no dibuja humor sobre las noticias, él responde «yo prefiero que mis cosas sean temas permanentes» y aclara que le atrae abordar «esa relación entre poderosos y débiles».

Mi experiencia personal con su obra me marcó de por vida. Recuerdo que al comenzar la primaria aprendí a leer y Mafalda fue la primera historieta que me apasionó. Durante la escuela primaria abrió en mí puertas a nuevas inquietudes: desde el rock y los Beatles al hambre en el mundo, la represión, las dictaduras militares y todas las masacres sociales organizadas por el imperialismo como la bomba atómica y la guerra de Vietnam. Mafalda desafiaba en sus tiras la cultura dominante capitalista, oscurantista y machista, las viñetas de Quino cuestionaban este régimen de explotación desde una perspectiva humanista.

La obra de Quino me hizo replantear incluso mi respeto por la propiedad privada. Jamás había robado nada a nadie, ni siquiera el vuelto de los mandados. Pero la hiperinflación de Alfonsín hacía inaccesible la colección de libritos de Mafalda y tuve que robar alguno para poder alimentarme con el capital simbólico que Joaquín Lavado nos entregaba con tanta magia en cada página. Esas viñetas eran mi refugio frente a la hipocresía del mundo, así transité la primaria y los acuartelamientos de los militares carapintadas, como en los que participaba Sergio Berni, que pedían la impunidad para los genocidas. También fue mi refugio durante el menemismo. Como con Mafalda ya no me bastaba, fui por los libros de Quino como Quinoterapia, Potentes, prepotentes e impotentes ó Yo no fui. Durante el menemato la situación económica también era jodida, para poder comprarlos les cambiaba los precios a sus libros en una cadena multinacional famosa por las «aduanas paralelas: yo les ponía los stickers con precios muy por debajo de la mitad que les sacaba con mucho cuidado a los libros infantiles y se los pegaba con discreción, robarle al gran ladrón. Fue lo más excitante de mi infancia, por el arte conmovedor de Quino era capaz de eso y mucho más. Jamás deberían privar a la infancia de historietas, y mucho menos de las de Quino.

«A mí la realidad me angustia mucho y veo en el humor una manera de sobrellevar la vida» afirma el autor. Cuando le preguntan a qué hora termina la jornada laboral, dice: «a la cama también me llevo un block porque a mí me cuesta mucho dormirme y me quedo trabajando hasta las 2 ó 3 de la mañana». Nunca quiso tener hijos -«pienso que es traer más locos al manicomio»- pero fue el padre de varias generaciones, su huella de tinta, su humor y su pensamiento crítico son cada día más vigentes frente a este sistema opresor y deshumanizante. «Nadie amasa fortuna sin hacer harina a los demás», dice Manolito en una viñeta.

Mafalda estaría apoyando la lucha por el derecho a la tierra y a la vivienda en Guernica, Libertad estaría luchando contra el FMI, Felipe por la reducción de la jornada laboral. Los hijos de Susanita estarían exigiendo la aprobación inmediata del aborto legal, llevando los pañuelos verdes a las escuelas católicas donde los anotó su madre.

Le preguntan cuál fue sus mayor frustración: «ser yo mujer, para quererme yo mismo, porque yo así mucho no me quiero», confiesa Quino al periodista Joaquín Soler Serrano en TV en 1977, dos años después de terminada la dictadura franquista que había censurado y demorado la llegada de Mafalda a España. Y pienso en su creación artística más emblemática que desarrollaba la mirada aguda de una pequeña gran mujer, como si Joaquín conociera aquella frase de Trotsky de que «si en realidad queremos transformar la vida, tenemos que aprender a mirarla a través de los ojos de las mujeres». El dibujante termina la entrevista afirmando: «sufro mucho porque no encuentro un sistema que me parezca justo, en el que a mí me gustase vivir». Joaquín Lavado se fue a los 88 años dejando a una Mafalda de 56 años y una obra maravillosa que recorrió el mundo.

Quino no tuvo hijos pero, paradójicamente, fue el padre de varias generaciones. Nosotres, sus descendientes, tenemos por delante la tarea de luchar por construir nuevas bases sociales de un sistema más justo, el cual anhelamos desde la infancia.

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