Cultura

3/8/2026

"Los viajes de Julius Brenchley", una oportuna novela de César Aira

El colonialismo europeo, sometido a crítica.

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El libro pertenece al sello Seix Barral, de Planeta

La nueva novela de César Aira, Los viajes de Julius Brenchley, llega al público con gran sentido de la oportunidad. Cuando aún no se apagaron las brasas de la semifinal mundialista entre Argentina e Inglaterra (cartel de Malvinas mediante), el autor argentino aborda algunos de los aspectos característicos del colonialismo europeo en una obra inspirada por los relatos de exploración decimonónicos.

La ficción narra dos expediciones de Brenchley (un personaje real, que vivió entre 1816 y 1873) por la Patagonia argentina a bordo de la Gloriana, barco en que viajan algunos miembros de la alta sociedad inglesa junto a marineros y un grupo de siete malayos. En la primera de las aventuras, la Gloriana es desviada por las tormentas hasta un lago de pasmosa calma que está al final de un río próximo a los Andes. Allí se desarrolla el cautiverio de Cruickshank, valet de Brenchley, entre los gigantescos indios patagones. La segunda historia transcurre en Tierra del Fuego, donde los indios onas secuestran a la antipática señora Edwards, una de las tripulantes, y buscan intercambiarla por doce niños de la tribu que están en poder de un misión anglicana.

Cruickshank es uno de esos personajes imprescindibles desdeñados por los que cuentan la historia. Jamás aparece mencionado en los relatos de su reputado amo. "Sólo el lector empapado en los hábitos de la clase gentil británica, sabedor de que un caballero no puede prescindir de alguien que se ocupe de planchar su ropa y lustrar su calzado, sospecharía de una presencia callada entre líneas" (p.36), apunta el libro. Y aquí está uno de sus grandes méritos. Si la literatura de viajes está hegemonizada por la mirada del colonialista blanco, Aira integra las historias, pensamientos y sentires de criados, marineros, pueblos originarios y otros marginados por el discurso oficial. “Quise hacer una vindicación de los pueblos americanos colonizados por Europa, también de los niños, de los sirvientes, de los hombres de baja estatura y de las chicas no muy lindas. Mi edad, y los deterioros que conlleva, me han hecho muy sensible a la crueldad con que se trata a los desfavorecidos y los menores", explicó el autor al diario La Nación.

Durante su estadía entre los indios patagones, Cruickshank intenta comprar dos niños para llevárselos y exhibirlos en Europa, valiéndose de un par de joyas que lleva en el bolsillo. "El patagón no se lo tomó a mal. Para su coleto pensó que los ingleses eran incorregibles. Colonialistas de alma, el mundo para ellos era una tienda de departamentos en la que podían escoger los productos nacionales, incluidos los vivientes, y efectuar un pago solamente simbólico. Y lo peor de todo era que tenían razón. Podían hacer eso y mucho más, porque eran los dueños del mundo" (p. 71), se explica.

Por supuesto, no se trata sólo de la fecunda imaginación de Aira. La exhibición de aborígenes en Europa estaba en boga a fines del siglo XIX, por ejemplo en la Exposición Universal de París de 1889. Estos hechos infaustos inspiraron otra obra relativamente reciente, de Carlos Gamerro, La jaula de los onas (2021) de la que puede consultarse una reseña en Prensa Obrera.

La fiebre despojadora se repite en la segunda aventura de Los viajes..., en tierra de los onas, donde el cura Pakenham, de la Sociedad Misionera de la Patagonia (SMP), lidera un proyecto de educación de doce niños que arrancó de sus familias a fuerza de prebendas. El meollo de la historia será el intento de sus padres por recuperarlos. Los viajes... ofrece también un vivo repaso del paisaje y costumbres de los pueblos patagónicos, salpicado por la inteligente ironía del autor.

En cuanto al análisis crítico del relato de exploración, es interesante señalar la oposición que se propone entre Narración y Descripción (en la que se puede englobar a Brenchley), y su carácter de clase. La Descripción "era propia de los Amos, los dueños del mundo, que preferían pensar que ya estaba todo hecho, y bien hecho, la acción podía cesar y no quedaba más que describir el mundo tal como había quedado conformado (...) Mientras que el pueblo bajo, los explotados y sometidos, ponían toda su esperanza en la Narración, en la acción de una historia que cambiara las cosas" (pp. 37-38). Otra saludable vindicación, en este caso, de la capacidad transformadora de los pueblos.