05/08/2015 | 1375

Manuel Puig, más allá de la vanguardia

A 25 años de la muerte del escritor


«Molina, hay una cosa que hay que tener muy en cuenta. En la vida del hombre, que puede ser corta y puede ser larga, todo es provisorio. Nada es para siempre» (El beso de la mujer araña). Un 22 de julio, hace 25 años, fallecía un escritor que luchó contra los muros de la palabra. Manuel Puig buscó crear una literatura sin definiciones.


En 1971, Puig participó, junto a otros intelectuales como Juan José Sebreli, de la refundación del Frente de Liberación Homosexual. Sin embargo, al mismo tiempo sostuvo la eliminación de las categorías sexuales. «Me parece necesaria una posición más radical, si bien utópica: abolir inclusive las dos categorías, hetero y homo, para poder finalmente entrar en el ámbito de la sexualidad libre. Pero esto requerirá mucho tiempo. Los daños han sido demasiados» («El error gay», 1997). Para Puig, todo tipo de lenguaje, como definición, es siempre encierro y represión.


No es casual, entonces, que el cine haya sido central para su literatura. En 1977, en una entrevista, el escritor sostuvo: «Me trajo muchos problemas el cine, pero creo que era inevitable. Yo rechacé totalmente la realidad que me tocó vivir». Se refería a la fuga de su propio entorno, la «ausencia total de paisaje» en su natal General Villegas, y de la realidad social que lo rodeaba. Completó: «Era la vigencia total del machismo. Allí estaba aceptado que debían existir fuertes y débiles […] y lo que daba prestigio era la prepotencia».


El cine, sin embargo, no sólo se transformó en un refugio, sino también en un modelo narrativo. En las novelas de Puig, el narrador es imperceptible. Leemos las voces de unos personajes muy particulares y, como en el cine, nos olvidamos del director detrás de la lente. Así, escondida la visión narrativa, parece no haber mediación entre la voz del personaje y el momento de la lectura. Sus personajes, Toto, Molina, Arregui, hablan y piensan en un mundo literario sincrónico y sin definiciones.


Un caso ejemplar es la construcción del protagonista de su primera novela, La traición de Rita Hayworth. Toto es un niño que, como el joven Puig, vive en el cine contra la voluntad de un padre autoritario. La única historia -según el escritor y ensayista argentino Ricardo Piglia- es la de cómo Toto se despega y esconde el propio ser. Es así que llega al punto de ser definido por la voz colectiva de los demás. No obstante, la máscara narrativa que Piglia lee como un repudio a la propia identidad, no es más que una búsqueda incesante en la literatura de Puig. La indefinición fue un método de ruptura hacia otro modo de pensar y materializar el lenguaje.


Piglia una vez dijo que Puig fue más allá de la vanguardia por demostrar que la renovación y experimentación no eran antónimas de la cultura popular. El cine, los folletines y su intriga, el radioteatro fueron su materia prima para crear. Al entender la palabra como encierro, Puig, con su obra, propuso liberar a la literatura porque, como le dijo Arregui a Molina en El beso de la mujer araña, «todo es provisorio. Nada es para siempre». Ningún hombre cruza el mismo río dos veces. El hombre es infinita potencialidad de ser.

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