20/10/2020

“Mingus Ah Um” de Charles Mingus y una fábula sobre el monstruo del racismo

Un año cumbre para el jazz y la historia de una canción censurada y repuesta.

1959 no es una referencia cualquiera en la historia del jazz. Durante el mismo año se editaron cuatro álbumes emblemáticos, que empujaron a una disyunción insalvable con todas las configuraciones estilísticas previas. Kind of blue del trompetista Miles Davis descartó enteramente la necesidad de construir los edificios sonoros sobre la base de una profusión de notas velocísimas; la lentitud del modo de interpretación recalcó la experiencia extática que provee cada intervalo. Time out del cuarteto del pianista Dave Brubeck se autorizó, sin solicitar permiso, a combinar compases que no estaban incluidos dentro de las formas compositivas habituales del género. The shape of jazz to come del saxofonista Ornette Coleman conmovió las pautas que regularizaban la improvisación, liberándola de sus ataduras.

Y junto a ellos plantó bandera Mingus Ah Um del contrabajista Charles Mingus, lanzado en el mes que parece obstinado en acumular sucesos trascendentales: octubre.

Se conjetura que el título distorsiona algo proveniente de la enseñanza del latín; empero, en ese «Ah Um» pueden escucharse también las frecuentes interjecciones desgarradas que Charles Mingus soltaba cuando él y los demás integrantes de la agrupación alcanzaban un punto donde el frenesí y el desenfreno bordeaban el estallido musical. Columbia, el sello discográfico que lo comercializó, le infligió una marca ignominiosa al decidir la censura de la única letra escrita para este trabajo.

Algunos de los otros temas rinden homenaje a forjadores certeros del linaje al que adscribía el contrabajista y compositor. «Goodbye pork pie hat» y «Birds call» aluden, respectivamente, a los saxofonistas Lester Young y Charlie Parker; «Open letter to Duke» y «Jelly roll» van dirigidas a los pianistas Duke Ellington y Jelly Roll Morton.

«Fables of Faubus», por el contrario, estaba pensada como una enérgica diatriba contra el entonces gobernador del estado estadounidense de Arkansas, Orval Faubus, con un texto en que se clamaba «¡Oh, Señor, no dejes que nos disparen! ¡Oh, Señor, no dejes que nos apuñalen! ¡Oh, Señor, no más esvásticas! ¡Oh, Señor, no más Ku Klux Klan! (…) ¡Gobernador Faubus! ¿Por qué está tan enfermo y es tan ridículo? No permitirá escuelas integradas. ¡Entonces es un tonto! ¡Abucheo! ¡Supremistas fascistas nazis! ¡Abucheo! (…) ¿Por qué están tan enfermos y son tan ridículos? Dos, cuatro, seis, ocho: Te lavan el cerebro y te enseñan a odiar”. Pero el empresariado artístico no toleró el pronunciamiento contestatario: incluyó la canción reducida a una pieza instrumental.

El gobernador Faubus en un programa de TV.

Pocos años antes, en 1957, la organización y la lucha de la población negra de los Estados Unidos habían logrado arrancarles al belicista presidente Eisenhower y al órgano máximo del estamento jurídico de aquel país, la Corte Suprema, una conquista gigantesca, al obligarlos a dejar sin efecto un conjunto de leyes, bautizado «Jim Crow», que propiciaba su segregación de los establecimientos educativos de uso exclusivo para la gente blanca. Aun así, la ciudad de Little Rock, capital del estado de Arkansas, fue el escenario de un conflicto que mostraría cuán afiladas preserva siempre -inclusive hasta hoy- sus fauces el sanguinario monstruo del racismo promovido desde el poder político. Pretendiendo impedir que nueve estudiantes afrodescendientes ingresasen a las aulas de la escuela secundaria Little Rock Central, el ya mencionado gobernador Orval Faubus dispuso un retén de la Guardia Nacional. Amenazas de linchamiento y agresiones físicas directas no ganaron el combate ni quebrantaron la resistencia, y las y los jóvenes ejercieron finalmente el derecho a participar de las clases. (Y las postales de la hostilidad del sistema se repitieron: una fotografía fechada el 4 de septiembre de ese convulso 1957 retrata a una adolescente llamada Dorothy Counts encaminándose, dado que arranca el ciclo lectivo, hacia el Harry Harding High School de la ciudad de Charlotte, del estado sureño de Carolina del Norte; un mohín de hartazgo se dibuja en su cara, mientras una patota la rodea, vejándola con gestos denigratorios y humillantes.)

De la mano de su amigo productor y crítico Nat Hentoff, y a través del sello independiente Candid, Charles Mingus se tomó revancha y registró, justo un año después de la salida de Mingus Ah Um, la versión original de «Fables of Faubus». Gracias a ciertos artilugios técnicos a los que apeló la grabación, Charles Mingus presents Charles Mingus –el disco en cuestión que la contiene-, recrea el clima de una sesión en vivo, impresión nada artificiosa que refuerzan las palabras introductorias pronunciadas por el propio Charles Mingus que anteceden a cada ejecución. Una voz negándose a ser acallada de nuevo y a la que acompañaron tres instrumentistas descollantes: el clarinetista, flautista y saxofonista Eric Dolphy, el trompetista Ted Curson y el baterista Dannie Richmond.

Sin embargo, más calamidades lo acecharon. Por ejemplo, el documental Mingus: Charles Mingus 1968, que filmó Thomas Reichmann, inicia con su desalojo por falta de pago de un departamento de Nueva York, el cual ocupaba en 1966 junto a su hija de apenas cinco años. Destratos que explican por qué su autobiografía, publicada en 1971, se intitula Menos que un perro.  Sentimiento amargo de minusvalía que también inundó la novela El hombre invisible (1952) de Ralph Ellison y el libro de ensayos Nadie sabe mi nombre (1971) de James Baldwin, dos descarnadas denuncias de la ferocidad racista que todavía estraga las vidas negras.

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