07/07/2015 | 1371

Opinión: Industria cultural y cultura


Ciertamente, la mercancía es anterior al capitalismo, pero también, ciertamente, el arte es muy anterior a la mercancía. De hecho, es bajo el capitalismo que los bienes artísticos devienen mercancía y se genera una industria de su producción y distribución.


 


El mecanismo de producción del arte es artesanal: produce objetos únicos. Incluso en el cine, único arte nacido ya como industria, las historias y la actuación no pueden producirse industrialmente ni tampoco la dirección fílmica. La industria cinematográfica, en cambio, produce películas «copy paste», en las que hay diálogos enteros, escenas enteras copiadas de otras. Un «arte» realizado por «obreros» de la cultura superexplotados por un sistema industrial.


Este sistema es intrínsecamente contradictorio: por un lado, en su afán de vender y ganar más, debe reproducir masivamente la obra de arte, lo que lleva a su democratización; por otro, son los capitalistas los que deciden qué se reproduce y se vende, es decir, es profundamente censor. Esta contradicción se sintetiza de manera reaccionaria y profundamente capitalista: la obra de arte que más se vende es la considerada mejor, verdaderamente artística, y promocionada como tal. Este concepto de supuesto arte «popular» lleva a creer que la mera imitación de las obras más vendidas es la producción de arte con mayúsculas.


 


La industria cultural liquida el valor simbólico del arte al equipararlo a cualquier otra mercancía. Un ejemplo paradigmático lo dio la inauguración del centro cultural Louis Vuitton, que posee una gran sala de exposiciones de obras de arte junto a la cual, separada por un delgado tabique, se ubica otra sala donde se exponen las carteras de la marca sobre pedestales. Es lo que denuncia el mingitorio de Marcel Duchamp, ya en 1917.


 


Las industrias culturales se dedican a producir «arte» como una fábrica de chorizos (música con los mismos arreglos musicales, literatura que debe contener determinados elementos, obras teatrales como el teatro de revistas, etc.). La concepción del arte como entretenimiento es la ideología de la industria cultural, y su ética se basa en el principio que guía a cualquier industria capitalista: la obtención de la mayor ganancia posible. Todo esto, sostenido por medios de comunicación que promocionan según el interés de la industria: los principales espacios de los suplementos culturales, de la radio y de la televisión se venden como una mercancía más. La crítica de arte es la necesidad de la industria de tener un sistema de legitimación. El arte no puede ser producido como una industria. La intención de industrializar las ideas lleva inexorablemente al fascismo.


 


Efectivamente, «nuestra meta supone superar la producción mercantil cuando los trabajadores estén en condiciones de apropiarse íntegramente de las condiciones de esa producción masiva, moderna, altamente tecnificada, con las mejores herramientas para el trabajo colectivo». Pero que esa producción no implique escribir novelas como si fueran latas de tomates ni música como chorizos y, en cambio, se den las condiciones para que las personas, liberadas de la alienación del trabajo capitalista, tengan el tiempo de ocio necesario para dedicarse a una actividad creadora.


 


En respuesta al artículo «Cultura, mercancía e industrias culturales», de Pablo Rieznik (Prensa Obrera Nº 1.370, 2/7)


 

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