27/12/2002 | 786

Proyecto Filoctetes: Lemnos en Buenos Aires

«Se nos propone aceptar nuestra derrota, se nos pide fascinarnos con nuestras propias burbujas de baba, que ignoremos la reflexión, se nos pide ignorar la realidad. Se nos exige ser rabiosos guardianes de los vencedores.» Con estas palabras, Emilio García Wehbi hace casi una declaración de principios y se interroga sobre el lugar que el arte y el artista ocupan en la sociedad. Así, como parte de su propio cuestionamiento, el artista se propuso la realización en Buenos Aires del Proyecto Filoctetes. ¿De dónde el nombre? Para la mitología, Filoctetes es el del pie podrido. Aquejado por una herida hedionda provoca el asco de los griegos, quienes lo destierran a la isla de Lemnos.


Para García Wehbi, las ciudades modernas, Buenos Aires, se han transformado en territorio de destierro de los indigentes expulsados del entramado activo de la sociedad. Así el artista se propuso interrogar el vínculo establecido, «una normalidad sospechosa», entre transeúntes y los cuerpos silenciosos que pueblan las calles. Ese es el origen de los 23 muñecos, que representaban cuerpos reales como muertos, que fueron distribuidos en la ciudad el último 15 de noviembre.


Ese día hubo desde reacciones de violencia -avenida Alvear, en la Recoleta- hasta gestos de absoluta adopción del muñeco -indigentes de Congreso. Pero más allá de las reacciones de la gente, el hecho artístico generado por García Wehbi permite pensar sobre las formas que el arte adopta en tiempos de crisis. Así, es claro que esta acción o intervención urbana, surge de la convicción del artista de la necesidad de abordar formas expresivas que salgan de los reductos tradicionales de arte (galerías, museos, centros culturales), para usar la calle como espacio y acceder a un público más amplio.


«La realidad está afuera», sostiene García Wehbi. En ese sentido su obra está emparentada con el gesto antibélico de los Dadaístas, durante la Primera Guerra Mundial, o más cercanamente, con las performances y acciones de las décadas ’60 y ’70. Una época en que los artistas, más allá del objeto plástico, buscaban agudizar el pensamiento crítico con experiencias cargadas de un fuerte contenido político que se planteaba como resistencia a los poderes de turno.


En el arte no hay reglas ni mandatos, pero es evidente que acciones de este tipo irrumpen en la vida normal de los transeúntes y los obliga a ver. Arroja de frente el dolor individual y colectivo. De allí el poder político del hecho artístico, un gesto que permite cuestionar el poder, y un modo de intervención y resistencia en una situación que día a día genera nuevos desocupados.


Los cuestionamientos moralistas -como el del director del Same, aduciendo frente a la televisión que tuvo que redoblar sus equipos de emergencia, cuando en realidad estaba perfectamente al corriente de la acción y de que debía evitar desplazamientos inútiles- sólo evidencian la hipocresía de una sociedad que se «indigna» con estas acciones pero no apunta ni hace nada contra los verdaderos responsables de la situación del país. Es la razón del «peligro» que supone Filoctetes. Un peligro para el orden en el cual el cuerpo en la calle, el verdadero indigente, estaba incorporado por el silencio de la negación. A través del arte, una mirada diferente que hace visible los ejércitos de desocupación y hambre que pueblan Buenos Aires

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