26/08/2004 | 865

Recordando a González Tuñón

El 14 de agosto de 1974 muere en Buenos Aires el poeta de la noche, la marginación y el barrio. Aquel que di­jo: “Traigo la palabra y el sueño, la realidad v el juego de lo inconsciente, lo cual quiere decir que yo trabajo con toda la realidad”.


Rául González Tuñón Había nacido en una casa alquilada de Saavedra 614, barrio del Once, el 29 de marzo de 1905. Hijo de un obrero del calzado, Remigio González, espa­ñol, y de Consuelo Tuñón, argentina. “Éramos siete hermanos; por otra parte, mi padre, mi madre, dos tías, mi abuelo y mi abuela ma­temos: una cantidad fabulosa de gente vivía allí, recordaría años después. A los seis años, pierde a su madre y estrecha relaciones con su hermano Enrique, (tres años mayor que él, convirtiéndose en confidentes, amigos y cóm­plices, y es por él, escritor- “camas a un peso”- y periodista en Critica, propiedad de Natalio Botana), convirtiéndose en confidentes, amigos y cómplices.


Entra a ese diario luego de vender cal­zados, ser dependiente de almacén, haber es­crito en La Montaña, dirigida por Leopoldo Lugones, y garabatear sus primeros poemas.


Su abuelo materno, socialista de la lí­nea de Del Valle Iberlucea y Mario Bravo, es su primer maestro, quien le enseña a le­er y escribir, y a ver “la vida”. Los prime­ros años de la infancia de González Tuñón son de grandes tensiones sociales. El anar­quista Salvador Planas y Virella atenta, sin éxito, contra el presidente Quintana, y el diputado socialista Palacios logra que se vote su ley de descanso dominical. El abue­lo también lo lleva a los mítines de Plaza Lorea: “La plaza era muy arbolada como un tupido bosque que recorría en los hombros de mi abuelo cuando sonaban los petardos y la policía montada cargaba sobre los ma­nifestantes del primero de mayo”.


“El diablo y su violín”


Ese es el título de su primer libro, edita­do por Gleizer en 1926, que consta de 49 po­emas referidos a variados objetos y persona­jes: el payaso inglés radicado en el país, Frank Brown; el enano Johny Tachuela, en­tre otros. También incluye diversos escena­rios y temas: la navegación en “Barcos en re­paración”; lo prostibulario, en “Yama”; lo se­xual, en “Candiles moribundos”… Joven de gran imaginación y sensibilidad, se crea una autobiografía cuando dice: “amo los rincones y las mujeres perdidas”. En una recorrida por los bares portuarios conoce a un alemán, Walter Land, veterano de la guerra del ‘14, y es a él a quien debe el título del libro: “Me llamó la atención que el hombre llevaba una especie de violoncelo, al cual castigaba con una suerte de arco arrancándole histéricos sonidos. Al preguntarle cómo se llamaba ese instrumento tan raro, me contestó con bron­ca: ¡Violín del diablo!”.


En este poemario está el más conocido de sus versos: “Eche veinte centavos por la ra­nura” y que dice: “A pesar de la sala sucia y oscura / de gentes y de lámparas luminosas, así quiere ver la vida color de rosa eche vein­te centavos por la ranura… (…) Y no se in­mute, amigo, la vida es dura con la filosofía poco se goza: / ¡Si quiere ver la vida color de rosa eche veinte centavos en la ranura!”.


Periodista de “La Desocupación”


El 12 de julio de 1930, a las 6 de la ma­ñana, un tranvía de la línea 105 cae al Ria­chuelo. La espesa niebla había impedido al conductor ver que el puente levadizo que lle­va a la isla Maciel estaba abierto. Raúl cu­bre el suceso para Crítica e impresionado al ver el cuerpo de un niño de 12 años y que de un bolsillo del chaquetón asomaba un sánd­wich de milanesa, escribe una de sus notas más intensas: “El sándwich de milanesa”.


Corren los años de la Década Infame ini­ciada con el golpe que derrocó a Yrigoyen el 6 de septiembre del ‘30. Cerca de las taber­nas que solía visitar se levanta una gran vi­lla miseria, llamada “Villa Desocupación”. En ella viven obreros e inmigrantes. Botana le encomienda escribir sobre la vida que se lle­va allí. Se deja crecer el cabello, la barba, vis­te ropa desgastada y se interna como uno más del lugar. Se hace una asamblea donde con­curren obreros y desocupados, en la que se vota hacer la Marcha del Hambre, y cuando ésta se produce, “los cosacos” -así era llama­da la policía montada- arremeten a sablazos y tiros. Tuñón denuncia la represión en las primeras páginas del diario. La reacción del gobierno no se hace esperar: es procesado por incitación, allanada su casa y encarcelado. Luego de trámites judiciales es liberado “por no tener condena anterior ni antecedentes policiales de ninguna especie”. “¿Estará mi prontuario? ¿En el archivo de la gente com­batiente y cabal? Porque un día oligárquico, un día fraudulento, detienen y procesan al poeta, embadurnan las yemas de sus dedos todavía calientes de las teclas heroicas de aquella maquinita que se llevó al empeño”, escribirá en un largo poema donde ya se em­pieza a visualizar al poeta político y social.


El poeta que blindó la rosa


Así llama Neruda a Tuñón en España du­rante los años de la guerra civil. Cuando Ra­úl llega al país donde “españolito que vienes al mundo… una de las dos Españas ha de he­larte el corazón” (Antonio Machado), ya ha hecho su definición política y estética. Fue testigo en 1932, como corresponsal de Críti­ca, en la guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia. En “La pequeña brigada” dice: “… ¿Nosotros hemos visto la guerra? Avan­za la pequeña brigada. ¿Nosotros hemos oí­do la guerra? En la maraña de la picada. Z Como cadáveres afilados, Z lívidos, de dos en dos, Z vamos caminando sin Dios con los crá­neos agujereados”.


Impresionado por la represión del ejérci­to español a la sublevación de obreros en As­turias en 1934 -“Donde el carbón se junta con la sangre y la ametralladora bailarina lan­za sus abanicos de metralla. Donde todo ter­mina”—, escribe “La Rosa Blindada”. Entre los asesinados está Aída Lafuente, a quien con­vierte en símbolo de la insurrección: (“La Li­bertaria”): “Estaba toda manchada de sangre estaba toda matando a los guardias estaba toda manchada de barro Z estaba toda man­chada de cielo, estaba toda manchada de Es­paña”.


Este poema es cantado al final de un acto al que asistieron y cuando pregunta sobre el autor, recibe como respuesta: “No lo cono­cemos. Es anónimo”. En otra oportunidad re­cibe una carta de milicianos que le piden copia de “El tren blindado de Mieres”, pues lo« que combaten quieren tenerlo. Los sucesos en España hacen que se defina por el Partido Co­munista. Sus primeras vocaciones políticas estuvieron con el yrigoyenismo, pero no olvi­da lo enseñado por el abuelo socialista. En los años ‘30 se afirma el estalinismo en la URSS y todos los partidos comunistas del mundo se alinean detrás de Stalin. Cualquier crítica a la burocracia es señalada como “contrarrevo­lucionaria”. Muy pocos saben de las “purgas” y juicios sumarios” realizados por la camari­lla burocrática. Miles de dirigentes de la re­volución del ‘17 son asesinados o desterrados. Trotsky termina exiliado en México. Son po­cos los que visualizan el significado de Stalin, y ante la ofensiva de Mussolini y Hitler se emblocan tras la política de los soviéticos. El le­vantamiento de Franco en España provoca el mismo efecto, y salvo pequeñas oposiciones de la izquierda peninsular, prácticamente todos los artistas e intelectuales españoles y del mundo se agrupan tras el PC.


Es el caso de Tuñón, aunque nunca fue considerado como “miembro leal” al PC ar­gentino. José Luis Mangieri, en un repor­taje a La Fogata, refiere sobre “La Rosa Blindada” (nombre de un grupo de artistas y poetas que en los ‘60 rompen con el par­tido): “Nosotros quisimos hacer una edito­rial bien combativa y un gran homenaje a Tuñón, que tendría que haber sido el gran poeta del partido, así como Neruda lo fue del Partido Comunista chileno; pero a Tu­ñón lo tenían bastante relegado…”.


“No negoció con ‘los agrios sectarios’-de izquierda o derecha- que se ocupan de en­cajonarla poesía y producen teorías muy gor­das y poemas muy flacos. Raúl tiene comer­cio sólo con el juego y el fuego de la palabra”, escribe Eduardo Molina y Vedia".


“La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”, escribe Alejan­dra Pizarnik. Tuñón eligió no romperlos mi­rando la flor: “…Formemos nosotros cerca del alba matutina Z las brigadas del choque de la poesía demos a la dialéctica materia­lista el vuelo lírico de nuestra fantasía’’.

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