18/08/2017

Ricardo Iorio y el abrazo a Biondini: ser vigilante pareciera ser mejor

Por Tomás Eps @tomaseps


“Fue por sorteo y no por propia voluntad, / que me han rapado y separado de mis pares. / Ser vigilante pareciera ser mejor. / Yo cantando, trato de aguantar. / En un cuartel, en un cuartel”. La estrofa, que con cruda poética describe el drama “Del Colimba”, pertenece a Ricardo Iorio, el mismo que hoy aparece abrazado con el fascista Alejandro Biondini, promotor de la “reinstauración del Servicio Militar Obligatorio, con una nueva orientación de formación social y laboral para nuestra juventud”.


 


Esa contradicción se extiende al conjunto del derrotero de Iorio, que corona con el abrazo a Biondini toda una deriva reaccionaria, luego de dar en los ’80 y ’90 una rica expresión contestataria y en clave metalera a una juventud y un pueblo trabajador oprimidos.


 


¿Cómo se explica?


 


“Solo transmito lo que observo”


 


Iorio fusionó una de las plumas más grandes del rock nacional –que se reconoce heredera de Almafuerte, de Cátulo Castillo y de José Larralde; y en la que puede rastrearse la influencia de los poetas místicos, de Homero Manzi, de los cantos de los pueblos originarios y de la literatura gauchesca– con el sonido brutal de bandas como Black Sabbath y Mötorhead.


 


Esa atrapante mixtura estuvo presente primero en V8, banda fundadora del metal nacional, que en los ’80 dio expresión a una juventud que a la salida de la dictadura se rebelaba contra toda autoridad, ante todo en clave de “Destrucción” (tal uno de sus mayores himnos).


 


De ese tronco nació Hermética, ya con el liderazgo indiscutible de Iorio. El espíritu de esta banda que se volvió leyenda lo resume el título de uno de sus discos, “Víctimas del vaciamiento”: un canto contra las más variadas formas de opresión volcadas sobre la vida de los proletarios. En los temas de “La H” aparece la superexplotación cotidiana ("Gil trabajador"), la denuncia del belicismo imperialista ("Memoria de siglos"), la persecución  y la represión a la juventud ("Cuando duerme la ciudad"), la masacre sobre los pueblos originarios ("La revancha de América") y la corrupción e impostura de la politiquería burguesa ("Olvídalo y volverá por más", "Memoria de siglos"). Todo esto, plasmado en riffs potentes, en versos inolvidables –"el tormento del vino artificial /y su atmósfera parrillera / anestesian la consciencia común", de "Gil trabajador", o la sentencia de que “muchos calzan gorro frigio solamente por ser calvos”, en "Memoria de siglos"–, y en bellísimas y crudas postales de la vida proletaria (¡“En las calles de Liniers”!) en las que se sienten los ecos de Discépolo.


 


Estas singularidades geniales –que se continúan en los primeros discos de Almafuerte, la siguiente creación de Iorio– no carecían de ambigüedades ideológicas, con enemigos difusos, notas machistas y homofóbicas y oposiciones injustas entre sectores diversos de los trabajadores –“Hospitalarias realidades ”, un retrato brutal de la destrucción de la salud pública, culpa a los médicos antes que a los verdaderos responsables.


 


Con todo, su canto contra el poder caló hondo en un sector de la juventud y llegó a colarse entre los obreros fabriles, quienes sufrían en aquellos tiempos el desguace menemista. A su turno, Iorio cantaba junto a Flavio de Los Fabulosos Cadillacs “Mal bicho” (ese hit dirigido contra los Pinochet y los Videla) y expresaba su simpatía por las Madres de Plaza de Mayo.


 


“Atravesando todo límite”


 


El inicio de una deriva claramente reaccionaria de Iorio puede verse claramente ya a fines de los ’90 y principios del 2000 –en conjunción (otros juzgarán el vínculo) con su decadencia artística. En 2001, elogia a un milico carapintada, el general Seineldín, en el tema “Cumpliendo mi destino”, y luego se hará famoso por sus profusas declaraciones contra homosexuales, judíos y –recientemente– contra las víctimas de la dictadura genocida, a quienes tildó de “un puñado de indemnizados”.


 


La decepción que esto implicará para muchos de sus seguidores puede ilustrarse con una historia terrible: en 2002, el metalero bastardeó a Darío Santillán, mártir popular, quien vestía en el momento de su asesinato en Avellaneda por la policía de Duhalde una remera de Hermética.


 


“El canto macho, nativo de mi nación”


 


La contradictoria ideología de Iorio recorre desde la lírica siniestra en clave antidictatorial de V8 y de "resistencia al menemato" de Hermética, en los '90, hasta el chauvinismo reaccionario que ostenta en el presente, con un hilo común: el nacionalismo. Esta doctrina, en los países atrasados como el nuestro, tanto se monta sobre los reclamos progresivos de los explotados –“Pueblos nativos del suelo mío/fueron saqueados y sometidos”, escribía Iorio en los ‘90– como apunta a la instauración de regímenes policíacos-militares. En una y otra expresión, el nacionalismo busca bloquear una expresión independiente de los trabajadores; lo que permite entender el pastiche ideológico del que hacía y hace gala el artista, quien inclusive ha atacado al Partido Obrero desde el escenario. 


 


Con el abrazo a Biondini –quien, como él, se reivindica “antisistema” y seguidor de Perón, de Rosas y de Yrigoyen–, Iorio llega a la descomposición última (un recorrido que también acompañan varias tragedias personales, como el suicidio de su esposa y su hundimiento en el alcoholismo). Por lo demás, el músico obvia que el régimen político al que ha criticado duramente –con alocuciones contra los Kirchner, los Macri y compañía– es el mismo que otorgó personería electoral a este grupo neonazi y luego benefició con varios millones de pesos en fondos electorales. El grupo de Biondini no tiene nada de "antisistema": tiene claros vínculos con el aparato represivo y conexiones incluso al interior de la coalición de gobierno. El encuentro Iorio-Biondini es la postal lumpen de un nacionalismo sin perspectivas.


 


El asunto tiene aristas todavía más ricas que el clásico drama de “la obra que supera al artista” y lo emparenta con otros "casos", como los de Louis Ferdinand Celine y Ezra Pound –salvando las distancias. 


 


Permite ver, a su vez, que la fusión de los artistas con los oprimidos no se agota en la obra, por mucho que entronque con el sentimiento popular: para tener perspectivas, requiere como base una expresión independiente. 

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