20/09/2007 | 1010

Sobre la película «M»

Una falta de respeto a Marta Sierra
Por Graciela Pro Secretaria General de la Seccional ATE de Castelar hasta su intervención

Si uno se ha preguntado qué siente el hijo de una desaparecida criado en el seno de una familia hostil a la militancia de su madre, sospecho que esta película da un indicio. Armada sobre testimonios de viejos conocidos, amigos, compañeros de militancia de Marta Sierra y experiencias propias, en su aislado e infructuoso peregrinar por dependencias oficiales y organizaciones de derechos humanos, su hijo protagoniza este "documental", un desparramo de piezas que él mismo intenta unir con sus propios juicios y opiniones.


Lo primero que salta es la actitud flemática, casi desprovista de sentimientos, por parte de un hijo que supuestamente sale a buscar "verdades" sobre su madre. Ha preferido desechar las emociones que muchos de los interpelados manifestaron al recordar a Marta y termina sin comprender nada, enmarañado en sus propios prejuicios.


Nicolás Prividera no entendió, no quiso entender, quién era su madre. Prefirió escudarse en el "nadie hace nada", (para) terminar involucrando a los compañeros de lucha de su madre en una indefinida acusación de "no asumir su responsabilidad en lo sucedido".


En una desleal reproducción de conversaciones grabadas (sé que al menos dos de ellas se grabaron o se reprodujeron sin el conocimiento de los entrevistados), con un también desleal montaje (no se sabe quién es el que habla y así queda muy confuso el quién es quién), y con la todavía peor "confrontación posterior" por la cual se opina sobre lo dicho (¿lo dicho realmente o algo sacado de contexto?) y se lo juzga fuera de la entrevista, Nicolás Prividera apela a los vicios del periodismo basura, al que tan acostumbrados nos tienen la televisión y la prensa burguesa.


Es cierto que un gobierno que encubre a los secuestradores de Julio López nada hará para saber qué pasó realmente con los desaparecidos. Es cierto que las instituciones oficiales son sólo una máscara burocrática que oculta la cantidad de cómplices y colaboracionistas de la dictadura militar que aún siguen moviéndose dentro de las esferas gubernamentales de todos los estamentos oficiales. Es cierto que nunca se juzgó a los civiles que bancaron el golpe, porque la mayoría de ellos son los que bancan a los políticos actuales y son los que siguen manejando el país.


Pero también es cierto que desde el momento mismo que comenzaron las desapariciones, muchas personas se empezaron a mover, a juntarse, a unirse para tratar de encontrar una salida. Y es en esa unión, en ese compartir dolores y temores, que se fortalecieron los ánimos, se establecieron los contactos que hubieran impedido ese inexplicable aislamiento del protagonista.


Aunque la película y su entorno periodístico sospechosamente elogioso quieren hacérnoslo creer, la militancia combativa no fue la responsable del golpe del '76 (…) La dictadura militar vino a imponer un modelo político-económico que iba a ser resistido y que necesitaba precisamente de ese imperio del terror para imponerse.


Las condiciones sociales en los inicios de la década de '70 eran de una gran efervescencia. Por todos lados la gente se agrupaba para reclamar. En los barrios, en las fábricas, se les decía basta a la precarización y a la explotación. La gente se organizaba y democráticamente elegía a sus portavoces.


En ese clima surge la seccional de ATE Castelar. Fue un sindicato que surgió luchando y que demostró ser realmente un representante de los trabajadores del Inta. Creció gracias a ese apoyo y no, como se pretende, a la infiltración de elementos foráneos.


El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria era un reducto que "pertenecía" a lo que se daba en llamar la oligarquía terrateniente. Hasta la llegada de ATE Castelar, los trabajadores eran manejados como peones de estancia. El sindicato puso freno a esta situación. Los que terminamos siendo elegidos para representarlos surgimos de ese mismo entorno. La amplia mayoría asumimos el compromiso político a partir de esa experiencia sindical.


No es "mesianismo", como se pretende dar a entender en la película, es humanismo en el más real sentido de la palabra. Los hombres somos seres sociales, vivimos con, por y para los otros.


Los militantes de entonces tenemos responsabilidades políticas y la mayoría las asumimos. Cada organización política lo hizo a su manera, con las limitaciones que su propia ideología le permitió.


Pero hay algo que es indiscutible: cada uno fue responsable consciente de sí mismo y había elegido ese camino para actuar. Es una falta de respeto hacia Marta hablar de ella como una persona ingenua. En los muchas veces fogosos debates que mantuvimos por nuestras diferencias políticas, demostró siempre su gran inteligencia y una racional convicción. Fue siempre una compañera firme y confiable, que supo eludir el faccionalismo. Esto se puede apreciar en todas y cada una de las conversaciones.


Queda confuso el verdadero interés de Nicolás Prividera. Probablemente no haya ninguno en particular, salvo dejar traslucir sus prejuicios hacia los protagonista de la historia. Como participante de ella, quiero rescatar el volver a ver a Marta en hermosas imágenes, el volver a escuchar a viejos compañeros, pero, principalmente, haberme hecho ver, aunque demasiado tenuemente, los reflejos de esa extraordinaria experiencia que fue el sindicato de ATE Castelar en el Inta.

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