05/11/2020

Su casa: una película sobre el horror de la experiencia migrante

El debut cinematográfico del director Remi Weeks, que puede verse en Netflix, aborda la crisis migrante confrontando fantasmas, traumas y el miedo a la deportación.

La elección del terror como vehículo expresivo para retratar la “experiencia negra” ha ido en aumento en los últimos años. La sensación de horror y de pavor creada por la combinación de la disrupción de lo desconocido y fantasmagórico, con la amenaza real de las injusticias sociales, genera un terreno predilecto para que directores negros puedan crear sus historias frente al limitado margen que el cine mainstream permite.

Es esta tendencia en la que se monta el director Remi Weeks para su debut fílmico Su casa (His House), una historia sobre la experiencia de los migrantes y refugiados africanos mientras intentan lidiar con el trauma, la sensación de otredad y la burocracia estatal.

El film sigue a una pareja sudanenses, Rial (Wunmi Mosaku) y Bol (Sope Dirisu), quienes luego de una caótica travesía desde un pueblo pobre en el sur de Sudán hasta el cruce por el océano -donde pierden a su hija- para atravesar la frontera, se encuentran en un centro de refugiados y están por ser liberados. Serán asignados a una casa en Essex (Reino Unido), mientras su pedido de asilo es considerado. Su nuevo hogar se encuentra devastado, con una precoz instalación eléctrica, paredes derruidas y vecinos poco amigables a los extranjeros. Los oficiales del departamento de inmigración insisten en que están libres bajo fianza y que no se les permite trabajar u obtener un ingreso extra del que les dé la asistencia social. Si deciden irse o si no se adaptan estarán en condiciones de ser deportados. “Sean de los buenos”, los instan los oficiales. La indiferencia y frialdad del Departamento de Estado es enfatizado a lo largo del film. Pero el peligro también tiene forma fantasmal. Criaturas que viven en las paredes de la casa parecen haberlos seguido desde África, acechando a todo momento con ruidos y manifestaciones. De esta forma, la pareja se encontrará acorralada por la amenaza de la presión social y de lo sobrenatural, donde el terror puede provenir de un espectro o de un oficial de la ley.

Remi Weeks toma de su propia vivencia como hijo de migrantes, y de la que traen las organizaciones de ayuda a refugiados, para retratar el sentimiento de enajenación y de otredad ante el duro proceso que impone el Estado a quienes abandonan su país. “Hay un lado que quiere asimilarse y ser aceptado por una cultura que es ambivalente hacia uno. Existe otra parte que quiere rechazarlo, que es orgulloso de donde viene, que quiere rebelarse contra las normas. Esto siempre ha sido tema de conversación con mi familia y amigos: ¿qué partes de nosotros son inglesas y qué partes de otros lugares?”, señalaba el director a The Guardian (25/10)

Esta dualidad será reflejada en cómo la pareja aborda su nueva realidad. Bol se forzara a encajar en sociedad frente al terror de volver a Sudán, a la par de su búsqueda frenética por el origen de los espectros que lo acechan para intentar expulsarlos. “Empezamos de cero. Volvemos a nacer. Esta es mi casa”, pasa de ser una afirmación a un mantra para Bol. Esta necesidad de encajar también se encuentra con la dura realidad de los límites impuestos por el Estado. ¿Cómo es posible que se adapte un extranjero a una sociedad nueva en viviendas precarias, sin posibilidad de trabajar y en condiciones de arresto domiciliario?. Cuando Bol, visiblemente agobiado por el estrés del acecho de lo sobrenatural y de la confrontación con sus propios demonios, pide ser relocalizado a otra vivienda, es cuando la indiferencia estatal es más visible. Como es repetido a lo largo del metraje, están buscando cualquier excusa para deportarlo.

Rial, por su parte, se mantendrá en calma, aceptando la realidad de que este nunca será su hogar completamente, afirmándose en sus raíces africanas, y que los fantasmas no son sino una maldición de sus tierras, instándolos a pagar las deudas que los han llevado a su nuevo destino. Este sentimiento de otredad frente a las raíces étnicas, el choque cultural, es especialmente explorado por el director. Frente a la inspección de una enfermera, ella explicará, para incomodidad de la trabajadora de salud, que está marcada por los símbolos tribales de las facciones en conflicto en el sur de Sudán. Esta fue la forma de salir indemne del conflicto armado que se desarrolla entre las tribus. Pero la identificación física que era una garantía precaria ahora lo es menos. Como muestra la película, al acercarse a un grupo de jóvenes negros londinenses por direcciones frente a la desorientación que produce las calles de un pueblo desconocido, solo recibe insultos. “Regresa a África, maldita sea”, gritan los adolescentes afirmando que la solidaridad no entiende de color. Este enfoque también habla del trauma de los refugiados. Finalmente, como Rial le explica a Bol, “después de todo lo que padecimos, de lo que vimos que el hombre es capaz, ¿crees que le temo a los ruidos de la noche?”.

En el centro de la escena se encuentra entonces, durante el recorrido del film, esas preguntas: ¿de quién es la casa? ¿De quienes han decidido habitarla? ¿De los traumas que los confrontan al caer la noche? ¿O de una sociedad y Estado ajeno al que deben rendirle cuentas?

La casa es una película que llega en un momento oportuno para colocar el eje nuevamente en la crisis social que atraviesan los migrantes y refugiados en Europa, y en particular en Reino Unido. Hace casi un año en Essex, donde transcurre el film, un contenedor refrigerado fue encontrado con 39 inmigrantes muertos por el congelamiento. Hace pocos días se conoció la noticia de que cuatro personas, incluyendo dos niños, murieron ahogados y por hipotermia al intentar cruzar el canal que comunica a Francia. El éxodo migratorio hacia la Unión Europea, escapando de las sequías y las guerras civiles -atizadas por el imperialismo- tiene una parada especial en Reino Unido. La falta de documentos para transitar, junto a la flexibilización, generaban las condiciones para la explotación de los migrantes en el mercado laboral en negro. A su vez, la necesidad de desmantelar el campo de refugiados La Jungla, ubicado en Calais (al norte de Francia), donde las condiciones de infraestructura son de extremo precarias y los desalojos violentos de la policía extreman la crisis sanitaria, han impulsado a muchos a cruzar el Canal de la Mancha hacia las costas inglesas.

Sumado al agravante de la pandemia, el proceso alrededor del Brexit ha llevado a un endurecimiento de la política antimigratoria. Las rutas legales de acceso para quienes buscan llegar al territorio a pedir asilo han ido cerrándose, mientras que la normativa que ampara las reuniones familiares en el territorio de la Unión Europea, expira el 31 de diciembre. El gobierno de Boris Johnson está trabajando en convenios bilaterales con los países europeos, empezando con Francia, para deportar a los refugiados a los países de donde inmigran, por más que estos no sean sus países de origen, y los proyectos del gobierno británico de abordaje sobre la crisis migrante por fuera de los límites de la UE lejos están de dar una salida positiva al problema.

Así la ópera prima de Remi Weeks centra la visión en el padecimiento de quienes navegan en el precario sistema migratorio. Donde el pavor de la supervivencia a la pobreza y la guerra se vuelven manifestaciones espectrales y el acecho del Estado, expectante ante un motivo para la deportación, configura un relato sobre la experiencia migrante que, como menciona el actor Sope Dirisu en una entrevista, “es más un documental de lo que quisiéramos que fuera” (Yahoo! News, 28/10).

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