12/03/1998 | 576

“Tocando el viento”

Escena Uno: La mujer de un minero, al borde del desalojo y del despido, va al supermercado. Cuando llega a la caja, el dinero no le alcanza, descarta un producto. Le siguen faltando unos centa­vos. La cajera, también esposa de un minero, le perdo­na los centavos y por debajo del papel de la suma le alcanza un billete. Las manos se juntan para algo más que una transacción comercial. Solidaridad de clase.


Escena Dos: El minero, al borde del desalojo y del despido, anima fiestas infantiles vestido de payaso. Pero ya no le quedan chistes que contar. “Entonces les contaré una historia de Dios”, les anuncia a los niños. “Cuando Dios terminó de hacer el mundo, quedaban algunos cuerpos y no había cerebros ni corazones para rellenarlos. Vino el ayudante de Dios y le dijo: ‘¿Qué hacemos con esto?’, y Dios le contestó: ‘Cosélos igual’, y así nació el Partido Conservador”.


El nuevo cine inglés nos ofrece, con Tocando el viento, dirigida por Mark Hermán, un retrato de la política de Margaret Thatcher y el Partido Conserva­dor inglés, que terminó cerrando 240 minas de carbón, dejando en la miseria a todos sus trabajadores y a pueblos enteros que vivían de esa actividad económica.


La película no trata de mostrar las grandes luchas obreras contraía desocupación ni los grandes debates, ni asambleas, ni manifestaciones. Al contrario, se trata de una mina que carnerea una lucha general contra los cierres en toda Inglaterra, tras la esperanza de que así no cerrará. Así cuando le llega su turno, el gobierno encuentra a los trabajadores desarmados, desorganizados, sin espíritu de lucha y solos. El direc­torio que hace, justamente, es enfrentar a esos obreros que no han luchado con las consecuencias de su acción.


La película se centra en las vivencias de un grupo, antipatronal y antiburocrático, que no son siquiera activistas, sencillamente obreros convencidos de que la mina debe seguir abierta. Sin embargo, la falta de claridad política hacia dónde ir los hunde en la inacción. Frente a la pasividad de los hombres se destacan las mujeres, activas en uno u otro sentido: las mujeres son las únicas que arman piquetes contra el cierre de la mina y, como la mujer de Harry, increpan a sus maridos por no luchar como antaño. Una mujer es, también, la que cree que presentando un informe económico sobre la viabilidad de la mina, el cierre podría ser revisado. Otra mujer es, finalmente, la que encamina a su marido hacia el cobro del retiro voluntario.


El objetivo principal del film es mostrar la vida, personal, familiar, íntima, de todos esos trabajadores que poco tiempo después quedarán en la calle. Se muestra cómo se deshacen los lazos de amistad, cómo se desgarra la vida familiar, cómo se pierde la perspec­tiva de la vida. Como un efecto de rebote, ese desgarra­miento de la vida familiar es un llamado de alerta contra los que no luchan escudándose en un supuesto beneficio personal.


La mayoría opta por la indemnización, porque de esa manera soluciona su problema individual inme­diato. Pero sólo es una manera de que todos juntos vayan hacia el precipicio, más lentamente. Con el retiro voluntario, algunos pondrán un ‘micro emprendimiento’, otros pagarán deudas, pero el pueblo en su conjunto se irá muriendo de a poco, pues la mina es el corazón económico que alimenta directa o indirec­tamente a todos.


es por eso que uno de los personajes reflexiona después de la derrota: “Si fuéramos focas, habría­mos luchado por nuestra sobrevivencia. Pero somos seres humanos, con nuestras pequeñas historias y miserias”. Es decir: si el trabajador no tuviera encima la enorme carga ideológica capitalis­ta, si no lo bombardearan con la tradición, con la iglesia, con el respeto al amo, si no le inculcaran desde chico el individualismo extremo y no lo hicieran co­rrer detrás de cada moneda, los obreros todos lucha­rían por su sobrevivencia, por su vida, por su susten­to.


La pregunta, entonces, es: ¿cómo superar las pe­queñas miserias individualistas, las pequeñas histo­rias que traban nuestra lucha si no es mediante la conformación de una instancia superior que canalice nuestra experiencia general, histórica, y nos permita orientamos en este mar de confusiones donde han vivido eternamente los esclavos?


Quizás la película tenga aspectos estéticamente cuestionables. Pero indudablemente lo mejor es esa mirada sobre la vida cotidiana que comparte con otras joyas del actual cine inglés, como Riff-Raff o Secretos y mentiras. Quizás se le hagan demasiadas concesiones a Hollywood: la historia del muchachito y la muchachita, la tendencia a compensar los sinsabores de la vida con victorias ‘espirituales’ y ‘morales’, cierta ten­dencia épica y simbólica, el abuso de la música para ‘encarrilar’ el estado de ánimo del espectador. Pero es una película fuerte. Que quiere conmover y lo logra. Que no deja a nadie indiferente y representa una pequeña y humilde lección sobre las angustias y las perturbaciones que padecen quienes son víctimas de la decadencia capitalista.


 

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